"A vida é o que fazemos dela. As viagens são os viajantes. O que vemos, não é o que vemos, senão o que somos."
Fernando Pessoa
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martes, 7 de junio de 2011

Como en las guerras, no se sabe quién ganó...

- ¿Recuerdas aquel verano? -dijo él.

Ella mojaba galletas como quien sumerge recuerdos, que vuelven a salir a la superficie, sí, pero más blandos, deformados, más fáciles de tragar, aunque infinitamente menos apetecibles: -Mmmsí.

-Yo tenía sueño, y tú calor.

En la ola de leche con mijagas la vio: esa ola de calor que no sólo invadió la ciudad, sino también el periódico, el río, su esquina (la de él), su sábana (la de ella) y mis oídos.

-Y también a mí, a ti y a ella- eso lo dijo en voz alta.

- ¿Decías? -dijo él.

- Sensateces desincronizadas.

- ¿Decías? -repitió -y eso que él nunca repetía.

- Que añoro aquello que logró encender las farolas.

- ¿Decías? -volvió a decir, irreconocible.

- Que ahora tengo que irme, porque aún no he logrado ver bien de qué color es la luna, y ya sabes lo importante que son los colores. Antes no sabía que las ortigas picaban. Quizá en una de estas tardes que nos encontremos, acaso en la última, yo ya habré visto el color de la luna, y quizás, sólo quizás, a ti aún te quede algún ramo... de otra cosa.

- Eres abrazable- dijo él, mientras pensaba realmente otra cosa.

- "Eres abrazable", pensó ella, y dijo: -Ahora tengo que irme.

Desafortunadamente, nunca tuvieron relojes.

jueves, 15 de mayo de 2008

Nuestra historia


Esta noche Lyon está callado. Y yo también. Esta noche Lyon y yo estamos callados y esa es la mejor forma que tenemos de comunicarnos. No hace falta que le diga nada; él ya sabe.

Lyon me está mirando, de frente, y yo lo estoy mirando a él, estoy intentando mirarlo entero, quiero decir abarcarlo todo, desde mi piso 16. De noche, Lyon me pertenece más que en ningún otro momento del día, porque es cuando se asienta, cuando se serena, cuando se calla y nos quedamos en silencio él y yo, y ya he dicho que esa es la manera más honesta que tenemos de hablarnos. La Fourvière, allá arriba en la colina, también callada (ya hace horas que dejé de escuchar desde aquí sus campanas), me está diciendo que esté tranquila, no es que no debiera estarlo, es que me lo dice cada noche, como una oración sedante (pero esta noche es especial porque ya hacía tiempo que habíamos quedado Lyon y yo, en una cita íntima, un rendez-vous de printemps). La Croix Rousse, a lo lejos, me está guiñando el ojo de forma descarada, y el guiño me llega con cascadas de colores. La Catedral, más allá del Rhône y de la Saône, me susurra que su actividad favorita sigue siendo esperarme, y me invita a oler sus viejas imágenes mentales y a ver los últimos olores de la temporada, los que están en los árboles iluminados. Y oigo a la rue de Saint Jean desde aquí prometerme nuevas músicas de acordeón rebotando en el empedrado. Dice que se siente orgullosa al saberse mi calle preferida. A mí me gusta que ella se sienta así, ya sabía que era una presumida.

Estoy contenta de que nadie más nos entienda, a Lyon y a mí, no es una lengua fácil la nuestra, aunque yo la haya aprendido de una manera tan natural. Pero Lyon me dice que no se trata de eso, que no debo pensar así. Dice que a él no le gustan las exclusividades. Dice mucho pero en el fondo sé que está sonriéndose para adentro, y tiene una sonrisa traviesa. Ése es mi Lyon (le he enseñado a sonreír en español). Porque le conozco, yo le sigo la corriente.

A veces creo que Lyon se enciende y se alza en el horizonte sólo para mí, sólo para que yo lo disfrute desde el balcón, con o sin compañía. Él nunca me lo ha confirmado, y aunque fuese verdad nunca me lo diría, Lyon no es de esa clase de ciudades. Pero son de ese tipo de cosas que se saben de manera innata, como que las hormigas hablan todo el rato en las filas o que hay meses que no están rellenos más que de segundos.

Aún me acuerdo del día en que lo conocí. Parece que fue ayer, y hace tanto sin embargo. Yo era aún muy pequeña, incluso más que ahora. Y él estaba aquí esperándome, dándome la bienvenida, pero sin aspavientos, seria y cálidamente, como es él, consolándome en silencio y diciéndome que no tuviese miedo. Yo no tardé en agarrarme de su mano porque era lo que tenía, y nunca me defraudó, siempre ha sabido soltarme la mano a tiempo. Ahora me dice que está muy orgulloso y que confía en mí. Pero me lo dice de esa forma tan quieta, tan solemne, tan suya, que estoy creyéndome que de verdad confía en mí. También yo confío en él, confío en él y en sus luces, en él y en su lluvia, en él y su viento, en él y en sus ríos. Confío en que nunca dejará de ser acogedor y, sobre todo, en que nunca dejará que se le note que lo es.

No quiero que nadie hable mal de él, yo sé que él me defendería con todas sus armas. Y sus armas son letales: tiene armas de croissant, de olor a pan, de frío junto al río, armas de hierba con tierra, de cafés calientes, de calles cosmopolitas, de jardines escondidos. Y cuando siente que debe luchar de una manera más seria, Lyon se personifica en alguno de sus habitantes favoritos, a veces lo hace en hombres africanos dueños de restaurantes rojos que van a hacer sus compras en supermercados pequeños. Y entonces, ya sí, entonces Lyon es irredutible.

Siento el aliento de Lyon en mi espalda y ya no pienso que es sólo mío. Lyon me ha enseñado que las cosas más bonitas se comparten, y entonces son aún más ricas. Lyon dice que me quiere, pero también quiere a otros. Y yo he aprendido a quererlo por querer a los demás.

Digo todo esto porque a veces, aunque Lyon y yo sepamos hablarnos en silencio, a veces a Lyon le gustaría poder hablar también con los otros, porque tiene tanto que decir…tiene mucho que decir.

Si Lyon pudiese hablar…

sábado, 26 de abril de 2008

Mariposas don't cry Part II (I do)


Viejas paradas

ir

ausente

ausente

detenerse

(Samuel Beckett)


Ella me enseñó a comer pamplemousses y a imitar el acento londinense.
Ella llegó un día de septiembre con sus gafas de sol y su chaqueta de cuadros tan British y nos perdimos juntas por primera vez (por primera vez ella) en el metro de Lyon. Y, aún así, me quiso. Por mi parte no hay misterio: ella es tan fácil de querer.

Un día comenzó a leer mi blog para probar su español.

- Marta, si escribieras un libro, ¿de qué hablarías? ¿De algo de ficción, de tu vida, de ficción basada en tu vida?

- No sé, mariposa. Prefiero las historias creíbles a las verídicas. I guess I’m always influenced by myself. And now, by you, mariposa.

A Mariposa le gustan las palabras. Sus preferidas en español son “mariposa”, “paloma” y “chiquita”. En francés aún está en train de chercher, y las busca afanosamente.

Me gustaría hablarles de su mano inglesa. Una mano que va explorando entre los viejos periódicos del salón, que colecciona revistas inútiles, que se extiende siempre ante los diarios gratuitos de la mañana y de la tarde, y que rebusca incluso entre los papeles reciclados sólo para rellenar crucigramas, adivinar palabras, juntar las letras.

Y a veces esa mano se mueve rápido, como quien come helado por ansiedad, con el crucigrama a un lado y su diccionario de sinónimos al otro, pero ella sólo busca saciar la sed de letras dejándome un tesoro gráfico bajo su cama.

Déjenme hablarles de una mano protectora que guarda la leche en el frigorífico cada vez que la uso o que me tapa la tarrina de queso de untar que siempre dejo abierta para que no nos estropeemos (ni el queso ni yo).

Una mano que amasa y luego hace en el horno galletas mágicas.

Una mano de niña que quiere ser mamá pero que sigue siendo niña.

Una mano de una persona que huele a lago. No sé si alguna vez han tenido la oportunidad de oler uno, pero si los lagos huelen a algo estoy segura de que huelen a ella. Quizás es el olor de todas las personas frescas, lisas y algo ingenuas. Yo no lo sé porque no he conocido a mucha gente así, pero lo intuyo.

No es muy común que los demás me cambien de color, pero ella lo ha hecho. Ha pasado en pocos meses del amarillo al marrón.

- Marta, dime otra vez de qué color era yo.

- Mariposa, tengo algo que decirte. Has cambiado de color, no suele ocurrirme, pero ahora eres marrón.

- ¿Y qué significa eso?

- No significa nada.

- Tiene que significar algo. ¿Quién más es marrón?

- Mmm… mi padre es marrón.

- Ahh, entonces es que ahora me ves un poco como a alguien de tu familia.

Y sonríe.
Y yo asiento.
Mi familia de Lyon…

Hemos intercambiado ropa, compartido cereales, reciclado vidrio, llorado, reído a carcajadas, hemos gritado, comprado regalos, pasado horas en los probadores, hemos tenido conversaciones que empezaban en francés y seguían en inglés para terminar en español, hemos comprado baguettes, muchas baguettes, nos hemos resfriado y disfrazado, hemos bailado encima de la mesa, hecho fajitas e infinidad de fotos desde el balcón, nos hemos esperado para cenar (casi siempre ella), hemos llegado tarde (casi siempre yo), nos hemos cargado la tele, hemos visto películas españolas en francés con subtítulos en inglés, hemos tomado taxis a casa, pedido pizza, compartido almohada, nos hemos mutuamente maquillado y compartido colores como buenas amigas, hemos tomado apuntes y vino, hecho la compra, decorado la casa por Navidad y por cumpleaños, hemos comprado champagne francés y chocolate belga, nos hemos abrazado casi cada noche, hemos tomado el sol, salido de la Part Dieu con más bolsas de las necesarias, hemos bebido chocolate caliente dentro de una manta, y hemos cogido el metro en la dirección equivocada… pero siempre habíamos regresado a casa.

Y ahora, sí… Europa es una aldea, el mundo es un pañuelo, la globalización, las redes, los vuelos baratos, el ciclo de la vida… también la luna, por qué no, que parece ser que es igual por todos lados…

Pero lo cierto es que chez nous ce n’est plus chez nous.


And that's all. And that's sad.

martes, 1 de abril de 2008

Roquefort y chocolate

Porque si es posible comer roquefort con chocolate, también se pueden mezclar una canción de Sabina con un libro de Milan Kundera:


El libro, a pesar de que su autor era checo, fue escrito en francés con el título de L'ignorance, y en él se gastan letras y letras reflexionando sobre una palabra: la nostalgie. Dice, por ejemplo:


Les Tchèques, à côté du mot nostalgie pris du grec, ont pour cette notion leur propre substantif, stek, et leur propre verbe; la phrase d'amour tchèque la plus émouvante: stýská se mi po tobe: j'ai la nostalgie de toi.


Que Kundera me perdone, que voy a intentar traducir:


"Los checos, además de la palabra nostalgia tomada del griego, tienen para este concepto su propio sustantivo: stek, y su propio verbo; la frase de amor checa más emotiva: stýská se mi po tobe: tengo nostalgia de ti".


Plus leur nostalgie est forte, plus elle se vide de souvenirs. (...) Car la nostalgie n'intensifie pas l'activité de la mémoire, elle n'éveille pas de souvenirs, elle se suffit à elle-même, à sa propre émotion, tout absorbée qu'elle est par sa seule souffrance.


"Cuanto más fuerte es su nostalgia, más se vacía de recuerdos. Porque la nostalgia no aumenta la actividad de la memoria, no despierta los recuerdos, se basta a ella misma, a su propia emoción, tan absorta que sólo existe por su propio sufrimiento".


Otro extracto:


Toutes les prévisions se trompent, c'est l'une des rares certitudes qui a été donnée à l'homme. Mais si elles se trompent, elles disent vrai sur ceux qui les énoncent, non pas sur leur avenir mais sur leur temps présent.


"Todas las previsiones se equivocan, esa es una de las pocas certezas que ha sido dada al hombre. Pero si se equivocan, dicen la verdad sobre aquellos que las dicen, no sobre su futuro sino sobre su tiempo presente".


Y no sé por qué todo esto me recuerda a una de mis canciones favoritas de Joaquín Sabina:




http://es.youtube.com/watch?v=tVxLQppfnds


Si alguna vez he dado más de lo que tengo
me han dado algunas veces más de lo que doy,
se me ha olvidado ya el lugar de donde vengo
y puede que no exista el sitio adonde voy.


A las buenas costumbres nunca me he acostumbrado,
del calor de la lumbre del hogar me aburrí,
también en el infierno llueve sobre mojado,
lo sé porque he pasado más de una noche allí.

En busca de las siete llaves del misterio,
siete versos tristes para una canción,
siete crisantemos en el cementerio,
siete negros signos de interrogación.

En tiempos tan oscuros nacen falsos profetas
y muchas golondrinas huyen de la ciudad,
el asesino sabe más de amor que el poeta
y el cielo cada vez está más lejos del mar.

Lo bueno de los años es que curan heridas,
lo malo de los besos es que crean adicción;
ayer quiso matarme la mujer de mi vida,
apretaba el gatillo… cuando se despertó.

Con siete espinas de la flor del adulterio,
siete carreteras delante de mí,
siete crisantemos en el cementerio,
siete veces no, siete veces sí.

Me enamoro de todo, me conformo con nada;
un aroma, un abrazo, un pedazo de pan
y lo que buenamente me den por la Balada
de la Vida Privada… de Fulano de Tal.

Siete crisantemos en el cementerio,
siete despedidas en una estación,
siete crisantemos en el cementerio,
siete cardenales en el corazón.


Termino con otro fragmento del mismo libro:

Si j'étais médecin, j'établirais, sur son cas, ce diagnostic: "Le malade souffre d'une insuffisance de nostalgie."


Que viene a decir algo así como:

"Si yo fuera médico, el diagnóstico de su caso sería: el enfermo sufre de una insuficiencia de nostalgia"

A mí, esta canción de Sabina, siempre me ha parecido nostálgica.





La foto es de Praga, en honor al libro.