"A vida é o que fazemos dela. As viagens são os viajantes. O que vemos, não é o que vemos, senão o que somos."
Fernando Pessoa
lunes, 13 de junio de 2011
De curas neozelandeses casados
viernes, 27 de mayo de 2011
Siento el retraso. Estaba ocupada buscando el negro
lunes, 1 de septiembre de 2008
Ajosto
Podría decir que fue por falta de medios técnicos, y diría media verdad (y no quiero mentir dos veces si digo la otra mitad, como diría Machado).
Así que cargaré de responsabilidades los hombros del mes de agosto, el mes más lleno de culpas de todo el calendario.
Si tengo que sacar alguna conclusión dejaré hablar a Pessoa:
“Me gustaría estar en el campo para que me pudiera gustar estar en la ciudad. Me gusta, sin eso, estar en la ciudad, pero con eso mi gusto serían dos”.
Un mes que se evapora con la rapidez del perfume barato, que ha permanecido espeso y persistente como una tormenta de verano, que ha zarandeado lo inamovible, ha soplado sobre lo que nadie había pedido, ha desaparecido entre ramas y vuelto a aparecer como un rayo, descompasado, a destiempo, con ritmo propio, habitual e imprevisible, pero ha sobrevivido al fin un nuevo año… el pobre mes de agosto. No hay derecho a que lo vapuleen de esa manera cuando nos regala regularmente magníficas estampas de la ciudad vacía… y sin embargo la fluidez no se siente hasta que no llega el eficaz septiembre, azul y activo.
Sí, agosto nos paraliza y no siempre tenemos la capacidad para apreciarlo (o se nos ha olvidado cómo paralizarnos).
Aunque también es cierto que se viven millones de agostos diferentes y, para ser del todo justos, me consta que en algunas partes del planeta ha habido más actividad de lo acostumbrada por estas fechas. Y es que, para alegría de las empresas periodísticas, terror de los becarios obligados a buscar temas en las conchas de las playas, y desgracia de los lectores, en este mes es cuando más prensa se lee. Y esto es algo que no se le escapa a uno de los lectores habituales del blog.
“La lectura de los periódicos, siempre penosa desde el punto de vista estético, lo es con frecuencia también desde el moral, incluso para quien tenga escasas preocupaciones morales.
Las guerras y las revoluciones –hay siempre una u otra en curso- llegan, en la lectura sobre sus efectos, a causar no horror sino tedio. (…) No hay ideal que valga el sacrificio de un tren de hojalata. (…) Ante el curso inimplorable de las cosas, (…) el tedio de contemplar sin utilidad lo que no se realiza nunca, qué puede hacer el sabio sino pedir el reposo, el no tener que pensar en vivir, pues basta tener que vivir, un poco de lugar al sol y al aire y al menos el sueño de que hay paz del otro lado de los montes”
Apuesto a que el lector al que he hecho referencia tiene algo que decirle al respecto a esta quasi licenciada de pacotilla.
Agosto ha dejado de ser morado por un año, y ha sido a, ha sido, jota, ha sido o, ha sido ese, y ha sido te, ha sido eso y mucho más, muchísimas ciruelas más.
Y a mí me acaba de salir una entrada de mes de agosto.
Por eso le doy una calurosa bienvenida al mes de septiembre. Por el bien de todas las letras del abecedario.
jueves, 15 de mayo de 2008
Nuestra historia

Lyon me está mirando, de frente, y yo lo estoy mirando a él, estoy intentando mirarlo entero, quiero decir abarcarlo todo, desde mi piso 16. De noche, Lyon me pertenece más que en ningún otro momento del día, porque es cuando se asienta, cuando se serena, cuando se calla y nos quedamos en silencio él y yo, y ya he dicho que esa es la manera más honesta que tenemos de hablarnos. La Fourvière, allá arriba en la colina, también callada (ya hace horas que dejé de escuchar desde aquí sus campanas), me está diciendo que esté tranquila, no es que no debiera estarlo, es que me lo dice cada noche, como una oración sedante (pero esta noche es especial porque ya hacía tiempo que habíamos quedado Lyon y yo, en una cita íntima, un rendez-vous de printemps). La Croix Rousse, a lo lejos, me está guiñando el ojo de forma descarada, y el guiño me llega con cascadas de colores. La Catedral, más allá del Rhône y de la Saône, me susurra que su actividad favorita sigue siendo esperarme, y me invita a oler sus viejas imágenes mentales y a ver los últimos olores de la temporada, los que están en los árboles iluminados. Y oigo a la rue de Saint Jean desde aquí prometerme nuevas músicas de acordeón rebotando en el empedrado. Dice que se siente orgullosa al saberse mi calle preferida. A mí me gusta que ella se sienta así, ya sabía que era una presumida.
Estoy contenta de que nadie más nos entienda, a Lyon y a mí, no es una lengua fácil la nuestra, aunque yo la haya aprendido de una manera tan natural. Pero Lyon me dice que no se trata de eso, que no debo pensar así. Dice que a él no le gustan las exclusividades. Dice mucho pero en el fondo sé que está sonriéndose para adentro, y tiene una sonrisa traviesa. Ése es mi Lyon (le he enseñado a sonreír en español). Porque le conozco, yo le sigo la corriente.
A veces creo que Lyon se enciende y se alza en el horizonte sólo para mí, sólo para que yo lo disfrute desde el balcón, con o sin compañía. Él nunca me lo ha confirmado, y aunque fuese verdad nunca me lo diría, Lyon no es de esa clase de ciudades. Pero son de ese tipo de cosas que se saben de manera innata, como que las hormigas hablan todo el rato en las filas o que hay meses que no están rellenos más que de segundos.
Aún me acuerdo del día en que lo conocí. Parece que fue ayer, y hace tanto sin embargo. Yo era aún muy pequeña, incluso más que ahora. Y él estaba aquí esperándome, dándome la bienvenida, pero sin aspavientos, seria y cálidamente, como es él, consolándome en silencio y diciéndome que no tuviese miedo. Yo no tardé en agarrarme de su mano porque era lo que tenía, y nunca me defraudó, siempre ha sabido soltarme la mano a tiempo. Ahora me dice que está muy orgulloso y que confía en mí. Pero me lo dice de esa forma tan quieta, tan solemne, tan suya, que estoy creyéndome que de verdad confía en mí. También yo confío en él, confío en él y en sus luces, en él y en su lluvia, en él y su viento, en él y en sus ríos. Confío en que nunca dejará de ser acogedor y, sobre todo, en que nunca dejará que se le note que lo es.
No quiero que nadie hable mal de él, yo sé que él me defendería con todas sus armas. Y sus armas son letales: tiene armas de croissant, de olor a pan, de frío junto al río, armas de hierba con tierra, de cafés calientes, de calles cosmopolitas, de jardines escondidos. Y cuando siente que debe luchar de una manera más seria, Lyon se personifica en alguno de sus habitantes favoritos, a veces lo hace en hombres africanos dueños de restaurantes rojos que van a hacer sus compras en supermercados pequeños. Y entonces, ya sí, entonces Lyon es irredutible.
Siento el aliento de Lyon en mi espalda y ya no pienso que es sólo mío. Lyon me ha enseñado que las cosas más bonitas se comparten, y entonces son aún más ricas. Lyon dice que me quiere, pero también quiere a otros. Y yo he aprendido a quererlo por querer a los demás.
Digo todo esto porque a veces, aunque Lyon y yo sepamos hablarnos en silencio, a veces a Lyon le gustaría poder hablar también con los otros, porque tiene tanto que decir…tiene mucho que decir.
Si Lyon pudiese hablar…
viernes, 18 de abril de 2008
Piezas antiguas
Pasa porque nunca pasó.
Las puestas de sol no pueden llegar antes de que el sol se ponga.
Hay asteroides más cercanos que tu barrio.
A alguien antes de mí le gustaban los pamplemousses.
Hablamos de una tarde, de ninguna en especial, una tarde con las mismas nubes y el mismo sol de siempre, con las mismas horas de siempre, con las mismas hormigas que se dirigen en la misma dirección al mismo hormiguero de siempre, una tarde cualquiera, a años luz de todo lo que importaba cuando importaba, como si fuese un extraterrestre en un pequeño pueblo de Huelva o un señor con boina paseando por la vía láctea, una tarde, decía, en la que te llega un abrazo que tenías que haber recibido hace mucho tiempo, porque así es Correos, mucho antes de las múltiples reencarnaciones que van ocurriendo en los meses impares, un abrazo que nunca estuviste dispuesto a recibir, un abrazo por siglos rechazado. En una tarde así, de esas excesivamente normales, las lagunas antiguas cobran sentido, y cada color es exactamente del color que tiene que ser, que no es el color aceptado socialmente de forma unánime sino el amarillo para el naranja y el amarillo para el amarillo. Sin presiones, de forma natural, que es la única manera en la que pueden crecer las marcas y los colores genuinos.
Los abrazos no son físicos pero pueden ser reveladores, reveladores de todos y cada uno de los puentes que otros han alzado, de los puentes de madera pequeños e inestables, de los largos puentes de chicle que no puedes cruzar solo, de los puentes que se van deshaciendo a cada salto. Y un abrazo de las antípodas que te haga abrazar de golpe a todos aquellos que hicieron puentes humanos gratuitos cuando una niña (contraria a un chupa chups, es decir, con más pies que cabeza) se afanaba en romperlos con minuciosidad y mimo, sólo crece en lo alto de un baobab, y no es divisable desde todos los ángulos sino que uno tiene que estar cercano a la boa que se traga un elefante. Veo justo citar aquí a El Principito:
“Cada día yo aprendía algo nuevo sobre el planeta, sobre la partida y sobre el viaje. Esto venía suavemente al azar de las reflexiones. "
Si han leído el libro se acordarán fácilmente de cuando El Principito llega al asteroide 325 y comienza a hablar con el rey, y le pide…
“-Me gustaría ver una puesta de sol... Déme ese gusto... Ordénele al sol que se ponga...
-Si yo le diera a un general la orden de volar de flor en flor como una mariposa, o de escribir una tragedia, o de transformarse en ave marina y el general no ejecutase la orden recibida ¿de quién sería la culpa, mía o de él?
-La culpa sería de usted -le dijo el principito con firmeza.
-Exactamente. Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar -continuó el rey. La autoridad se apoya antes que nada en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, el pueblo hará la revolución. Yo tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.
-¿Entonces mi puesta de sol? -recordó el principito, que jamás olvidaba su pregunta una vez que la había formulado.
-Tendrás tu puesta de sol. La exigiré. Pero, según me dicta mi ciencia gobernante, esperaré que las condiciones sean favorables.
-¿Y cuándo será eso?
-¡Ejem, ejem! -le respondió el rey, consultando previamente un enorme calendario-, ¡ejem, ejem! será hacia... hacia... será hacia las siete cuarenta. Ya verás cómo se me obedece.”
Quiero hablarles de un libro cuya existencia conozco hace apenas unos días. Un libro que casi da sentido a este blog. Las cosas primero pasan y después tienen sentido. A veces tardan años en tener sentido; a veces, hay que esperar menos. El libro se llama, en francés, Pamplemousse y lo escribió Yoko Ono en los años sesenta. Yoko Ono, además y antes de ser la mujer de John Lennon, parece ser que era bastante activa en el mundo del arte contemporáneo. No es fácil explicar de qué va el libro, más bien el contenido se va construyendo en nuestra cabeza mientras leemos. Son textos breves, sencillos, directos, de palabras pequeñas:
MIRROR PIECE
Instead of obtaining a mirror,
obtain a person.
Look into him:
Use different people.
Old, young, fat, small, etc.
En lugar de conseguir un espejo,
consigue una persona.
Mírala:
Utiliza personas diferentes:
Viejas, jóvenes, gordas, pequeñas, etc.
Las piezas del puzzle tardan en encajar, quizá porque no era tan obvio que cada fragmento estaba taaaaan repartido. Pero es agradable saber que se pueden seguir reuniendo piezas en una tarde cualquiera, piezas antiguas, de valor, honestas.
Si alguna persona (alta, chiquita, miope, de Marte o de algún asteroide) que lea esta entrada puede añadir algo más acerca del libro o de su autora le invito a que lo haga. Creo que mis explicaciones han quedado excesivamente vagas.
Intenten esto:
DAWN PIECE
Take the first word that comes across
your mind.
Repeat the word until dawn.
Coged la primera palabra que os venga
a la mente.
Repetidla hasta el amanecer.
Al amanecer me voy a Ámsterdam. Si me entero de algo interesante por allí prometo contarlo a la vuelta.
jueves, 10 de abril de 2008
Apología de la relajación

Una de las diferencias más esenciales entre los españoles y el resto de Europa no es la paella ni los toros ni las chicas morenas, ni siquiera esa insufrible certeza de que cuando alguien dice a las cinco en Bellecour quiere decir a las cinco y veinte y un poquito más. Para describir la diferencia más fundamental, paradójicamente, me viene a la cabeza una expresión foránea: el “easy going” de los ingleses. Los españoles somos los más “easy-going” del planeta. En nuestro idioma sería algo así como un “aaaahhh, na pasa náaa, hombree”, abriendo mucho la boca en horizontal y aliñando todo con un movimiento de desplazamiento de la mano desde la mitad de la cara hacia fuera.
Veamos un ejemplo práctico, el supuesto de que nuestra maleta pese más kilos de lo permitido para el vuelo:
Aeropuerto de París: “mademoiselle, desolée pero su valise pesa dos quilos trescientos cuarenta y ocho gramos más de lo que permite la ley, ¿desea sacar alguna de sus pertenencias o pasar amablemente por la ventanilla de à côté a desembolsar ocho euros el quilogramo?
Aeropuerto de Sevilla: “ahhhh, niña, llevas un poquillo de sobrepeso (seis quilos), anda, cuidaillo en el avión.”
Otro rasgo, en cierta forma derivado, del “easy-going” del que hablaba antes: el rechazo que sentimos por la palabra NO.
Los españoles, de momento, decimos a todo que sí, y luego ya se verá. Que te invitan a una fiesta el viernes: “sí, sí, claro que voy, me llevo una botella de vino”, que tus compañeros de piso te preguntan que si vas a comer con ellos el viernes a las ocho: “síiii, cenamos juntos, yo pongo el vino”, que unos colegas de la facultad te proponen alquilar una peli para el viernes: “ahh, parfait, vosotros la alquiláis y yo compro vino”. Previamente, durante la semana ya habías dicho que sí a una celebración de cumpleaños, un partido de fútbol nocturno, y la inauguración de una nueva discoteca para extranjeros (todo, claro está, para el mismo viernes). Allí estaremos los españoles, aunque sea en espíritu. Después lo malo es que siempre, en alguna parte, falta vino. Un alemán, un polaco, un suizo, un austríaco, un inglés, incluso un francés te dirán, simplemente, no. Pero quizá nosotros nos creamos poseedores del don de la ubicuidad, o simplemente se trata de la aversión que nos produce la idea de querer privar al resto del mundo de nuestra fantástica presencia.
Si un, pongamos, austriaco, te dice que va a venir a tu casa a las nueve con una amiga es que va a venir a tu casa a las nueve con una amiga. Si un español te dice que va a venir a tu casa a las nueve con una amiga significa que puede venir, que puede no aparecer sin más, o que puede presentarse a las doce de la noche con siete colegas más.
Semos misteriosos.
No hace mucho un amigo alemán me contó algo curioso. Parece ser que, tiempo atrás, los científicos germanos se preguntaron cómo podía ser que, siendo los alemanes los más respetuosos con las leyes del mundo mundial y los que mejor y con más rigurosidad aplican las normas de tráfico, pudieran tener una tasa de accidentes y atropellos muy superior a la de Italia, un país mediterráneo (y, reconozcámoslo, con ciertas similitudes a mi nuestra España) en el que los conductores se pasan por el forro del abrigo las enseñanzas del libro de la autoescuela y, por ende, la mayoría de las señales de peligro, prohibición y límites varios. Después de un tiempo observando obviedades (no sé cuánto les llevó exactamente –no soy alemana-), se dieron cuenta de que, efectivamente, y para mayor sorpresa de las mentes del norte, los italianos se saltaban muchísimos más semáforos. Con un ligero matiz: cuando un italiano llega a un semáforo en verde, mira y, si no viene nada, pasa; si el mismo italiano llega a un semáforo en rojo, mira y, si no viene nadie pasa. Cuando un alemán llega a un semáforo en rojo, se para; si el mismo alemán llega a un semáforo en verde, continúa a la misma velocidad sin detenerse, así esté cruzando la infanta Leonor o Stephen Hawking en silla de ruedas. No es que los alemanes sean más malos que nadie, no. Lo que pasa es que no conciben que las otras personas puedan transgredir las normas, y están convencidos de que el significado de un semáforo en rojo es igual para todo el mundo. Podríamos decir que son demasiado serios, cuadriculados o de mente estrecha, pero de lo que verdaderamente pecan los alemanes es de ser unos optimistas empedernidos que creen en la inmaculada perfección del género humano.
Por eso yo, en aras de un mundo mejor, más tranquilo y más barato (al menos en los aeropuertos) me declaro firme defensora del easy-going, del laisser faire o de cómo cada uno quiera llamarlo. Y si el precio es no estar nunca segura de nada, tampoco es cosa grave: el misterio es una de las cosas más importantes de la planète, hasta un alemán debería poder reconocer eso.
lunes, 17 de marzo de 2008
Como nunca
- La respuesta es sí.
- No he hecho ninguna pregunta.
- Bueno, pues la respuesta es sí.
- Y yo no tengo ni idea de cuál puede ser la pregunta.
Por ejemplo.
Por ejemplo, ahora que tenemos tiempo (duración de las cosas sujetas a mudanza), vamos a contar… obviedades:
Obviedad número uno: la clave para aprender a escribir es cocinar.
Obviedad número dos: la clave para aprender a cocinar es escribir.
Obviedad número tres: la clave para no equivocarte es equivocarte.
Obviedad número cuatro: los tapones de corcho se expanden cuando quedan liberados del cuello de la botella.
Obviedad número cinco: la clave para ver es mirar.
Obviedad madre: las obviedades hay que decirlas cuando hay tiempo (época durante la cual vive alguien o sucede algo).
Silvio Rodríguez toca la guitarra (http://www.youtube.com/watch?v=MuoDJp-8RSk):
“No hay nada aquí,
sólo unos días que se aprestan pasar,
sólo una tarde en que se puede respirar,
un diminuto instante inmenso en el vivir,
después mirar la realidad… y nada más…”
Pero “nada más” es demasiado. Habría que llamar a la policía. Habría que llamarla para detenerla, o para que detuvieran las esferas que están llenas de llamas que tiemblan y que aparecen de forma inesperada, como las tiendas de marionetas en Praga o las canas en la cabeza. Como si existiese una chimenea y se pudiera estar junto al fuego ahora que va a comenzar la primavera. Precisamente, ahora que va a comenzar la primavera, c’est nul de mourir en printemps (es un poco imbécil morirse en primavera), que repetían en una canción que escuché por la radio el otro día. No hay nada como hablar en voz alta para no tener que hablar en voz baja.
Goofy acaba de decirle a Mickey:
"Avant de prononcer ma sentence, avez-vous quelque chose à dire?"
Mickey siempre fue más inteligente:
"Sans être mauvaise langue, il n'y a aucune idée de la stratégie à adopter"
Parece que es como siempre pero en realidad es como nunca: y esta entrada parece estar escrita por un pez sumergido en H2O.
martes, 11 de marzo de 2008
Días de lluvia
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve (…)”
La lluvia debería poder escribirse. Creo que el desasosiego de la lluvia tiene que ver con la impotencia de escuchar caer las gotas una a una y no poder hacer nada por ellas, ni obligar a alguien a escribirlas para que, al menos, logren seguir vivas en algún sitio. En Lyon, la lluvia no se parece en nada a los violentos y rapidísimos chaparrones que son habituales en el lugar de donde vengo. Aquí la lluvia es lenta, paciente, y creo que es más mayor.
Y es un
toc
toc
toc
A mí me parece que alguien está tratando de cazar alguna historia con una máquina de escribir, pero sin mucho ánimo, y se le va escurriendo en cada tecla:
toc
toc
toc
Y tengo ganas de agarrar las manos de quienquiera que esté intentando lloverse en el papel y dar un poco de ritmo a las pulsaciones, y hacer una lluvia joven, parecida a la de Sevilla. Pero el empeño por agarrar las historias y que no se escapen no sé si es más complicado que intentar controlar la velocidad de la lluvia.
“Llueve
sobre la arena, sobre el techo
el tema
de la lluvia:
las largas eles de la lluvia lenta
caen sobre las páginas (…)”
(Neruda)
Es curioso: a veces, las historias de papel se rebelan y adquieren autonomía y uno va luchando con las palabras, con las letras, coges a una té del palo de arriba y la reconduces y mientras se va colando un puñado de efes y no puedes prestarle atención a todas a la vez, así que las dejas hacer. Es una paradoja que sea más fácil imponer tu disciplina a las historias de verdad que a las otras, o a lo mejor es que lo que escribes es lo de mentira pero comienza a parecer más real que lo real, o a lo mejor es que primero escribes y luego es verdad, antes que primero ocurre y luego lo escribes. Y es que, si no se puede comprobar, ¿qué más da que sea verdad o mentira? Con que sea verdad durante un minuto ya es bastante. Y es verdad cuando se lee. De verdad.
Igual pasa con la lluvia. ¿Cuándo se puede decir que llueve? Ayer caía agua del cielo (eso que es azul y a veces tiene nubes y está encima de nuestras cabezas), pero espaciada, sin decisión, y alguien miró hacia arriba y dijo: “llueve”, y otro alguien le respondió: “esto no es lluvia”. Eso me recordó al título de un poema (lo vi hace poco en una sinagoga de Praga) que una niña judía de ocho años había escrito en su cuaderno antes de morir en Auschwitz:
It all depends on how you look at it
Pues claro, eso ya se sabía, me diréis, y es cierto, nada puedo hacer, hoy es día lluvioso y de clichés. A veces pienso que al planeta le falta un poco de absoluto y de determinación en la lluvia. Sobran relativismos y días soleados, quizá no aquí y ahora, pero sobran. Dicen por ahí que el problema de esta era es y será (cada vez más) la escasez de agua. Yo creo que hay dos: la escasez de agua y de certezas.
“Bruscamente la tarde se ha aclarado
Porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado
El tiempo en que la suerte venturosa
Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado (…)”
(Jorge Luis Borges)
Si la lluvia de Lyon fuera música sería jazz, si fuera una ciudad de las que existen sería Cracovia, si fuese un cuadro sería alguno de Chagall y si fuese un día sería hoy. Y si fuese un cuento sería uno largo, sin capítulos, con muchas páginas y letras grandes, sin clímax, con ilustraciones en blanco y negro y final incierto (o abierto, que le dicen ahora). El punto en donde uno debe empezar a preocuparse es cuando las gotas de lluvia dejan de ser segundos para convertirse en minutos. Ahí sí, la cosa es grave.
Recomendación para hoy: un chubasquero.
miércoles, 23 de enero de 2008
Un día amarillo
Un espejo azul de mueble antiguo de cuarto de baño con una pequeña puerta de imán que no acaba de encajar le devolvía su reflejo de hombre que se afeita con mucho cuidado, empujando con la lengua la parte interna de la mejilla que tiene que quedar tersa y preparada para la hoja con mango azul. Dulcemente, con paciencia, como a él le gusta hacerlo todo.
“Pimienta y Cenicienta”. La niña era- es- más rápida y menos paciente.
“Pues mira a ver si puedes escribir algo” (el abuelo de la niña era albañil)
La niña pensó en herramientas relucientes, de colores que deslumbran, de plásticos transparentes, de metales que brillan como papel de celofán…
Ni lo intentó. Demasiada poesía en esas tres palabras para poder encerrarlas en un poema. Resbalosas como peces.
Hoy es un día amarillo. Ayer fui a recorrer las calles de Lyon intentando adivinar cuáles son las losetas que tienen pasado español. Las hay de distintas formas y tamaños, despicadas, con pisadas del número 36 y del 42, mojadas, con huellas de cemento, con manchas de barro, con palomas hambrientas, con niños que las pisan con un solo pie, con hormigas…
Pero me falta información. Sólo hace muy poco he sabido que mi abuelo albañil, en su periplo por el país galo, pasó una temporada aquí (semanas, meses, años…on ne sait jamais) y contribuyó en la construcción de una ciudad de la que me estoy enamorando desesperanzadamente. Y hubiese querido encontrar sus huellas en un día como hoy, en el que ya veo claro que firmes raíces irremediables están saliendo de mis pies y entrelazándose por debajo de las losetas que él puso, cualesquiera que sean.
Y me hubiera gustado saber si también él la amó. Si alguna vez simplemente paseó por ella acariciándola, si entró en una de las abundantes floristerías y pidió una “fleg” para regalar a alguien, si consiguió cruzar algún puente sin detenerse cuando te requiere el Rhône, si miró de noche hacia la Fourvière y algún muro blanco le devolvió la sonrisa, si estuvo esperando a alguien que se retrasó a los pies de la catedral, si se topó con alguna banda de músicos disfrazados (aquí no hay músicos que no lo estén) por las calle de Saint Jean y le regalaron, quizás, La Boheme… A mí me la regalaron. Y sonó completamente amarilla, por lo que ha sido un gran regalo de cumpleaños (amarilla es la canción, los eneros, los miércoles, los número 23 y los años que cumplo).
Pero nunca sabré realmente lo que pasó como nunca supe por qué su casa olía siempre a bolitas de alcanfor, por qué tenía tantos cuadros de pájaros que abren o cierran las alas según la posición del que los mira, por qué su enorme mueble de pared oscuro transmitía una tristeza antigua que sólo desaparecía al fijar los ojos en aquel frasco brillante con una pegatina hipnotizadora del Curro de la Expo, por qué había en su entrada vidrieras de colores como las de las iglesias y en la mía nos conformábamos con un cristal transparente. Dicen que la realidad supera muchas veces la ficción, pero luego es la imaginación la que supera todo lo demás.
Sea como sea, hoy, después de todo, después de que se me escaparan las palabras resbalosas como peces, hoy intuyo que él y yo tenemos un secreto compartido.
Y lo intuyo por un motivo fundamental: la palabra “chiquita” es amarilla. Y él lo sabía.
Lyon y su magia y sus "luces que no son normales" fotografiados por Fino (http://flickr.com/photos/fino22)
jueves, 27 de diciembre de 2007
Puentes de... a...
Los puentes son los muebles de las ciudades que más me fascinan. Los puentes, por supuesto, que tienen agua debajo (los otros puentes sólo me fascinan cuando los miro hacia arriba; desde el otro ángulo son amenazantes).
A los puentes, siempre he querido agradecerles su franqueza: uno pone un pie en uno de los extremos, avanza, pone el otro, continúa y, -si no le da a uno por arrojarse a las profundidades fluviales- se alcanza la orilla opuesta y en paz. Voilà. Y, en la mitad, siempre está el medio. Transparentes puentes.
Continuamente pisoteados, los puentes tienen la curiosa capacidad de dividir dos tierras y, a la vez, vincularlas. Te dicen: "precisamente porque debo unirlas de forma permamente, recuerda que son distintas à jamais".

En los puentes, en fin, puedes aprender a querer a una ciudad, las puertas siempre están abiertas, disminuye la velocidad, hay vaho en la boca o sudor en las axilas, el sol tarda más en ponerse, aún te queda la llegada, los besos duran más y son fluviales, se ve la ciudad doble, te deslumbran las calvas de los piragüistas, llueve más de lo permitido, no se está en ninguna parte, la sed es más urgente, es más difícil encender un cigarrillo, hay dos lunas llenas, se recogen excusas para llegar tarde, la niebla es más espesa, escupir no está mal visto, huele a río y a pescado, y, la mayoría de las veces, te despeinas. Y si te asomas más de la cuenta... un puente es vértigo pasado por agua.
domingo, 16 de diciembre de 2007
El planeta en el bolsillo
Yo no sé mucho del aire frío que corre cuando las boulangeries comienzan a cocer baguettes en el horno. No sé mucho del aire pero lo intuyo, y a veces lo adivino.
A veces un elefante cabe en una maleta y otras veces no hay espacio para una onza de chocolate. Todo depende. Depende de lo que queramos llevar con nosotros.
Siempre has pensado que los dioses, los antiguos dioses, son los únicos que pueden decirte dónde comienza el océano y termina la tierra. Y un buen día descubres que no existen líneas de demarcación. Pero tú ni siquiera sabes para qué sirve el océano.
Ne t’en fais pas. Sólo tienes que escribir en letras grandes en los muros para que no se te olvide. Muchas de las hojas picudas que crujen en el suelo y que te gusta pisar y que se deshagan sólo están hechas de casualidades. Nunca se sabe cuál será la que no toque la acera porque se te quede enredada en el pelo. A veces sorprende.
Es difícil mirar por la ventana. Es muy fácil mirar el cristal; lo complicado es intentar fijar la vista en los tejados rojos. Y en los marrones.
“¿Merece la pena?” es una pregunta caduca. La respuesta es inevitable. La respuesta es: inevitable.
Y el cielo rosa de frío se llenó de nubes y comenzó a verterse. Una niña echó de menos estar tumbada en la alfombra y, agotada hasta la extenuación, mirar los ratones de la Cenicienta. Pero a veces la madera reconforta. La madera es mucho más calida que una fila de dientes mojados de sal. Parce que j’étais faible, j’ai été intransigeant , dijo una vez Charles de Gaulle. No es raro tener miedo a la vulnerabilidad. Y el miedo es el motor del mundo, aunque a veces lo paralice. Afortunadamente, la luna tiene los mismos cráteres desde cualquier vidrio.
Tienes que aprender que no soportas el sabor del café y que la pasta de dientes la prefieres líquida. No se puede dudar sobre ciertas cosas. Como, por ejemplo, que las ciudades no existen, ni las carreteras ni los puestos de cromos. Y da igual lo que digan. No hace falta ir a Finlandia en bicicleta para saber que tienes principios. Es cierto que el cajón se llenó de polvo y las termitas se han comido una buena parte del tirador. Sólo digo que si buscas los principios podrás encontrar los finales sin dificultad. Y da igual lo que digan.
El agua vuelve ineficaces a las personas: inviertes demasiado esfuerzo en mover el puño y acabas golpeando a alguien sin hacerle daño. Gasto inútil de energía.
Menos mal que bajo la tinta se puede reír a carcajadas.
Cuando estás al volante y el paisaje se vuelve borroso porque los ojos se llenan de lágrimas, ¿es mejor sonreír o dejar de conducir un momento?
La nieve aún no ha llegado a Lyon pero es curioso como puedes sentir calor en las manos a diez grados bajo cero. Serán las castañas.
Con la que está cayendo últimamente…
En cualquier caso, siempre he dicho que tendrían que existir amapolas naranjas.
Pero, para no mentir, las rojas son tan bonitas…
lunes, 10 de diciembre de 2007
Voyeuse
sábado, 10 de noviembre de 2007
De cómo vivir con un hombre y no morir en el intento
Pongamos que se llama Chuky y que ha venido hace poco más de quince días de un viaje de tres meses por Estados Unidos para partir en dos la increíble armonía femenina (sí, esas palabras son compatibles) que reinaba en nuestra casa.
Los rastros de una presencia masculina fueron fácilmente discernibles tan pronto como puso uno de sus pies chez nous, que ahora es también chez lui (para ser fiel a la verdad, ya lo era antes porque, para más inri, Chuky es el propietario).
Un macuto con ropa sucia y libros desperdigados encima de la cama de NUESTRO salón, que, a partir de ahora es, además, SU dormitorio, nos dieron la bienvenida de forma física. Cuatro llamadas a la una de la noche anunciando borracho su llegada para las cinco de la mañana hicieron el resto. Desde ese momento lo esperamos con los brazos abiertos (con los brazos abiertos bajando 16 pisos para poder abrir al propietario sin llave de la casa sin porterillo). Chuky, y él lo sabe, es como las lentillas: uno necesita acostumbrarse a ellas poco a poco, por lo que hay que ponerlas en contacto con el cuerpo de forma gradual. Por eso, el primer día sólo lo vimos una hora, tiempo suficiente para vaciar los bolsillos de sus pantalones guarros de dólares americanos, preguntar qué habíamos hecho con su colonia de Hugo Boss y reírse felizmente cada vez que una de nosotras abría la boca (Chuky es feliz, siempre). Al segundo día me lo encontré en el portal como oveja descarriada esperando a que alguien le abriese, después de haber pasado la noche fuera. Ese día le aguantamos más de tres horas. Recuerdo que por aquella época yo aún me preguntaba si al día siguiente lavaría toda su ropa, sucia desde Nueva York. Ahora, cuando la miro, pienso en lo ingenua que era y me pongo nostálgica por la inocencia perdida.
Chuky no ha fregado un solo plato desde que semivive con nosotras (aclaro que a veces no le vemos el pelo en varios días), pero tiene una sonrisa encantadora.
Chuky ya terminó de estudiar y, a parte del alquiler que le soltamos menstrualmente (hasta ahora no ha sido muy regular), no tiene ingresos. Al poco tiempo de llegar estuvo toda una mañana pegado al teléfono. Como le escuchaba decir “llamo por lo del anuncio”, le pregunté que si buscaba trabajo. “No, es que quiero comprarme un coche”.
La tercera noche invitó a sus amigos a casa. Yo ese día tenía otra fiesta. A la mañana siguiente, el olor a cerveza llegaba hasta mi habitación. El espectáculo del salón era desolador. Mientras estaba aún semidormidaenpijama preguntándome si el contenedor de vidrio del edificio tendría espacio para todas esas botellas, Chuky se me acerca y dice “¿Sabes que anoche vomité?”. Acto seguido anuncia que se va y que volverá tarde. La respuesta a mi indignada exclamación de “¡¡Chuky has visto cómo está esto!!” fue “tengo que irme a comprar un coche”. “¿Otro?”. “Sí, éste es para un amigo”.
Creo que es el primer chico que me deja sin palabras a la segunda conversación que mantenemos.
Chuky sólo se alimenta de pasta, cocerla es la única actividad en vertical que le he visto hacer en la casa. Mi compañera de piso inglesa, que tiene un gran espíritu maternal, le aconsejó que tenía que comer fruta. “No me interesa comer sano y, además, la fruta hay que pelarla.” Pero todo lo adereza con una gran sonrisa y una simpática mirada de ojos azules. Tiene el perfil del novio encantador que a la primera de cambio se liga a tu mejor amiga pero sin mala intención.
Mi colloc francesa se horroriza cada vez que Chuky entra a ducharse porque utiliza su delicado jabón facial exfoliante piel sensible para restregárselo por el cuerpo y olvidarlo en el fondo de la bañera que nunca lava. A mí, que sólo uso gel, me preocupan más los continuos y abundantes pelos de su barba por todo el lavabo o el espejo blanqueado cada noche de pasta de dientes.
Chuky dice que va a arreglar pronto la cisterna del aseo que lleva más de un mes cerrado por motivos obvios y cuyo olor comienza a percibirse ya desde el pasillo. También asegura que llamará bientot a un electricista para que nos proporcione la maravillosa oportunidad de ducharnos con luz. Pero el tiempo para Chuky es un concepto relativo.
La continuación de la historia de los calzoncillos sucios que va amontonando al lado de la almohada me intriga bestialmente. Cuando se agote toda su provisión, ¿les dará la vuelta o esperará a que se sequen para reutilizarlos?
Chuky, por otra parte, está convencido de que los recipientes que se utilizan para beber tienen incorporado el GPS hasta la cocina. Ante tanta seguridad, nos hizo dudar, e hicimos la prueba de no mover su taza de café del suelo del salón hace una semana. No sé qué pasará; de momento mantenemos la fe.
El otro día, una lista que decía “Cosas que hacer” imantada en la puerta del frigorífico me hizo pensar que aún podía reformarse. Las actividades que no debía olvidar eran: correr, llamar a Steve por lo de la fiesta, hacer arreglar la cisterna y la luz (nótese la forma impersonal del verbo) comprar vodka, ir a por el coche nuevo y ¿lavar la ropa de la cama? (así, tal y como lo he escrito, con signos de interrogación incluidos).
Ante tal despliegue de actividades, ¿cómo no perdonarle que aparezcan en la maison mochilas asquerosas por doquier que sólo recuerda de quiénes son pasados dos días, que el olor de la parte del salón que rodea su cama se empiece a extender por el resto del piso, que no sepa cómo funciona el lavavajillas, que me avergüence en fiestas de mis amigos entrando por la ventana, que transmita en voz alta reflexiones del tipo “estoy pensando que nunca te he visto borracha” o que aún no haya hecho una puñetera copia de la llave de la casa?
miércoles, 7 de noviembre de 2007
Adiós, Lili
martes, 6 de noviembre de 2007
La china que no era la mía

Esta mañana hablaba con una amiga en el atrium (eso le dicen) de mi facultad y la dejé momentáneamente con la palabra en la boca para ir a dialogar con el mundo asiático: “¡Espera, que he visto a mi chinita!”.
jueves, 1 de noviembre de 2007
miércoles, 31 de octubre de 2007
Indignación

La Facultad de Comunicación de Sevilla no sabe hacer muchas cosas (casi todas las cosas) pero tiene una capacidad extraordinaria para provocar indignación. De ello se encarga toda una rama de funcionarios cuidadosamente seleccionados que logran, día tras día, semana tras semana, año tras año, con una constancia de hormiguita digna de admiración, sacar de sus casillas a la persona más calma y difícilmente indignable del mundo (que, por por otra parte, no soy yo).
Nadie está a salvo: da igual que quieras irte (o estés) de Erasmus, haciendo tu matrícula, pidiendo información básica o tratando de averiguar quién es la persona a la que, según su cargo chorra, le toca atenderte. En primer lugar, no están. En segundo lugar, no es él, es otro (otro que no está). En tercer lugar, no saben. Y lo peor es que, las tres cosas, son ciertas. Los pobres no tienen capacidad ni para mentir.
Podría escribir un post kilométrico pero voy a contenerme porque es tarde y me supongo que usted cenará a las nueve.
En mayo, el que era responsable de Relaciones Internacionales (llamémosle, Croma -de "cromañón", lo entenderíais si viéseis su foto) decidió dimitir. Ya hacía casi 9 meses que había elegido el cargo, había cobrado todo lo que tenía que cobrar y el mejor momento para retirarse y no tener que llevar a cabo las aburridas funciones que le correspondían era ése, justo cuando empieza el papeleo Erasmus. En mi espléndida Facultad aceptan su dimisión y no lo sustituyen. Total, ¿para qué? Tenemos un decano (no me da la gana escribirlo con mayúscula) que, salvando las distancias, es como Sarkozy: todo lo quiere abarcar. El problema es que el pobre no tiene ni puñetera idea de cómo hacer nada, salvo retocarse la barba. Durante los meses de mayo, junio, julio, agosto y septiembre no hay nadie que pueda firmar nada, que pueda solucionar nada, que sepa algo.
decano.
Secretario del decano.
Vicedecana de alumnos (dos).
Vicedecana de Innovación.
Vicedecana de Organización y Desarrollo Institucional.
Vicedecana de Relaciones Institucionales.
Vicedecano de Innovación Docente (este último es Croma, que se cambió a un puesto menos molesto y mucho más definido).
Imaginación para crear cargos vacíos con grandes sueldos no se les puede negar.
A mí, mi Facultad de Periodismo (en lo sucesivo, trataré de evitar el adjetivo posesivo "mi" junto a "facultad" porque me da vergüenza) me ha enviado a una Facultad de Ciencias Políticas en la que he tenido que quebrarme la cabeza para buscar asignaturas mínimamente parecidas (trabajo que, según la Universidad de Sevilla, no tendría que haber hecho yo sino Croma, el barbudo o vete tú a saber quién, pero el asunto Universidad de Sevilla da para otros veinte posts).
Desde que llegué a Francia he enviado trescientas veces el acuerdo de estudios (por correo, con papel y sellos, porque en el lugar donde todos los profesores hablan sin cansarse y sin variar el contenido- aunque varíe el año y el título de la asignatura- de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación no saben cómo manejar un fax) y he obtenido cero respuestas útiles y otras trescientas en la línea de la Facultad, es decir, indignantes. El vaso andaba ya desbordado desde hace meses, pero esta mañana han conseguido que el agua llegue hasta el Ródano cuando me han llamado para decirme que el acuerdo de estudios 301 no es válido, así lo ha decidido la "comisión" (momento en el que solté una sonora carcajada al imaginarme sentados alrededor de una mesa al Croma desperezándose cual orangután en la jaula, a la rubia secretaria del decano limándose las uñas, al querido Becario de Relaciones Internacionales leyendo el 20 Minutos mientras murmura "mmm, noséyodeso..." y al Ilustrísimo o Magnífico señor decano pegando palmas "no se preocupen ustedes que desto se encarga un servidor".
El motivo de que la Facultad haya decidido rumbosamente telefonearme a Francia y pagar una llamada internacional es el de decirme que hay otra asignatura más que no van a convalidarme (ya van cinco). La asignatura en cuestión se llama Técnicas y Procesos Audiovisuales. Queridos compañeros periodistas, ¿os suena de algo el programa?:
1. La información audiovisual. Elementos diferenciadores. Visión global de la información. Macrodiscurso-microdiscurso. Componentes expresivos y narrativos en los medios audiovisuales. Trabajo en equipo. Distintos componentes del equipo.
Pues bien, para los que no lo sepan, es la quinta vez que damos una asignatura como ésta en lo que llevamos de carrera. La capacidad para poner distintos títulos al mismo contenido creo que es exclusiva de este magnífico centro del saber en el que sobran muchas, muchísimas personas que se hacen llamar profesores y faltan profesionales con conocimientos, interés y vocación de enseñar que se merezcan sus sueldos. De eso te das cuenta cuando asistes aquí a clases y ves a profesores explicando con pasión, sabiendo de lo que hablan, haciendo callar a todos y motivando a unos alumnos que aplauden a mitad de los discursos. Y yo avergonzada de decir de dónde vengo y de que sepan que arrastro conmigo la educación que arrastro.
Mañana tendré que hablar de nuevo con la amable y competente señorita responsable de Relaciones Internacionales de mi Facultad de Lyon, Linda Rauzada, que, una vez más, no dará crédito a sus ojos ni a sus oídos, y yo sólo podré agachar la cabeza y seguir preguntándome si éste será siempre el sino de los españolitos.
El otro día, uno de los componentes de lo que es una auténtica comisión de alumnos extranjeros aquí en Lyon me preguntó si yo estaría dispuesta a explicar a los alumnos que el año que viene hacen sus estudios fuera del país cómo funciona la Universidad de mi ciudad.
Mejor que no lo haga. Mejor, mejor, mejor.
