"A vida é o que fazemos dela. As viagens são os viajantes. O que vemos, não é o que vemos, senão o que somos."
Fernando Pessoa
lunes, 27 de junio de 2011
Saber jugar
martes, 21 de junio de 2011
Esto no es...
lunes, 13 de junio de 2011
De curas neozelandeses casados
miércoles, 8 de junio de 2011
Lecciones de puntuación
Ella le despidió con puntos suspensivos. Él pensó que era una coma.
El punto llegó pronto para ambos,
tan pronto como él vio la nueva frase,
que ella había escrito en el cuaderno
del nº2,
sin un solo signo de interrogación.
La pregunta de si era punto
y seguido no era planteable;
ambos habían gastado ya
la única exclamación posible.
martes, 7 de junio de 2011
Como en las guerras, no se sabe quién ganó...
Ella mojaba galletas como quien sumerge recuerdos, que vuelven a salir a la superficie, sí, pero más blandos, deformados, más fáciles de tragar, aunque infinitamente menos apetecibles: -Mmmsí.
-Yo tenía sueño, y tú calor.
En la ola de leche con mijagas la vio: esa ola de calor que no sólo invadió la ciudad, sino también el periódico, el río, su esquina (la de él), su sábana (la de ella) y mis oídos.
-Y también a mí, a ti y a ella- eso lo dijo en voz alta.
- ¿Decías? -dijo él.
- Sensateces desincronizadas.
- ¿Decías? -repitió -y eso que él nunca repetía.
- Que añoro aquello que logró encender las farolas.
- ¿Decías? -volvió a decir, irreconocible.
- Que ahora tengo que irme, porque aún no he logrado ver bien de qué color es la luna, y ya sabes lo importante que son los colores. Antes no sabía que las ortigas picaban. Quizá en una de estas tardes que nos encontremos, acaso en la última, yo ya habré visto el color de la luna, y quizás, sólo quizás, a ti aún te quede algún ramo... de otra cosa.
- Eres abrazable- dijo él, mientras pensaba realmente otra cosa.
- "Eres abrazable", pensó ella, y dijo: -Ahora tengo que irme.
Desafortunadamente, nunca tuvieron relojes.
viernes, 27 de mayo de 2011
Siento el retraso. Estaba ocupada buscando el negro
martes, 22 de febrero de 2011
¿Por dónde queda el mar?
En la ribera del Sena, una niña pelirroja se acuerda de Walter Blythe y lanza al agua una hoja que no está muerta. El barco vegetal va en sentido contrario a la corriente, y la niña comprende que peces multicolores la arrastran desde abajo. Peces luciérnagas que siguen los rastros de luz en la espuma porque, a pesar de la niebla, esta vez la luna sí que estaba tontamente llena. La hoja viva pasa por debajo de un puente anónimo porque esa noche los nombres de los puentes han dejado de tener importancia. Ni siquiera mañana la tendrán. Los nervios de la hoja, llenos de savia mojada, bailan un baile que es una mezcla de vals y de salsa, y la niña, celosa, se descalza y corre al otro lado del puente, pero no desde arriba, como siempre hizo, sino atravesándolo desde abajo. No tiene miedo; no le hace falta seguir la hoja con la mirada: sabe que le estará esperando al otro lado porque huele a un verde diferente al del río.
La hoja, muerta ya por el esfuerzo, no tiene nada más que decirle; resplandece frágilmente mientras la niña la lleva de nuevo a su regazo: una feuille morte como ella quería. Y, sentada debajo del puente que nunca tuvo nombre porque nunca lo necesitará, la acaricia suave, muy suavemente, porque está resfriada y se llama Laura, y hace mucho tiempo ya que tomó una decisión. "Cuánto hemos cambiado desde la última vez que te vi", le susurra nerviosa. "Je voudrais bien te manger".
Al día siguiente, la mañana la encontró en el quai, en un nuevo despertar de colores sin magdalenas. De colores importantes y definidos: rojo, azul, verde y amarillo. Et quoi d'autre?
lunes, 31 de enero de 2011
Des étoiles
miércoles, 8 de diciembre de 2010
viernes, 3 de diciembre de 2010
Pero
Y, además, cruzo los brazos.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Diario
martes, 26 de octubre de 2010
Razones para no escuchar música
Música. Me dicen que vuelva con una frase y a mí lo único que se me ocurre es “música”. Pero qué irónica sorpresa. La música: eso que hay que evitar oír. O, al menos, que hay que manejar con precaución, con mucha precaución. Porque o es frágil, o pincha, o suena mucho, o no suena a nada.
En una ocasión, un rubio aficionado a las bicis (todo lo contrario a mí) me dijo: “La música, ahhh, la música… La música, tía, es lo que siempre está ahí. Tus grupos favoritos, tía, los cantantes que siempre te han acompañado, tía, ellos siempre estarán ahí. Cuando todo lo demás falle, cuando todo a tu alrededor se desmorone, tía, la música que te hace vibrar estará ahí esperándote (tía).” Durante cinco segundos estuve de acuerdo con él.
Si esta mañana hubiese estado escuchando música, comme d’habitude, cuando la flor de la ducha golpeó mi cabeza, todo habría sido mucho más confuso, y de seguro habría estropeado para siempre “Soma” de los Strokes, en el futuro probablemente asociada a una situación de patosa indefensión. Si, en el momento de abrir la pequeña ventana de mi ídem habitación, hubiera estado escuchando algo de mi Ale (sólo por probar si funcionaba lo que aseguraba el rubio de más arriba) me habría perdido el maravilloso acontecimiento de hoy, a saber: el trascendental paso en la vida de la niñita del segundo, cuya ventana de la cocina también da al patio, y que en este martes, por fin, ha decidido dar un respiro a su papá y beberse diligentemente su colacao, sin rechistar y haciendo creer a sus ingenuos vecinos que mañana no volverá a llorar. Si, al subirme a mi autobús verde, hubiera ido escuchando “Step Into My Office, Baby” no habría oído al conductor preguntarme por qué no vine ni un solo día de la semana pasada, yo no habría podido contestarle, él me habría tomado por una maleducada y nunca más habría vuelto a acceder a mi petición de bajarporfavorunpoquillolacalefacciónquemeahogoenestehorno. Si, más tarde, hubiera preferido escuchar a Kurt diciéndome “My girl, my girl, don’t lie to me” en lugar de prestar atención a mi compañera de viaje, no habría podido saber que el horóscopo de hoy me recomendaba cautela en mis palabras y, por tanto, quién sabe qué sarta de sandeces habrían salido de mi boca en este día (ni más ni menos, la sarta de sandeces que merecían salir de mi boca en este día). Si luego, en el metro, hubiera tenido “You and your heart” en los auriculares, no habría podido escuchar cómo un chico barbudo le contaba a una bonita pelirroja (sin duda, para impresionar) que ha comenzado una exposición de Renoir en no sé qué museo , yo no habría podido anotar mentalmente mirar en internet los horarios, no habría podido dejarlo para más tarde hasta que se acabara la muestra, y no habría podido conservar en mi memoria “aquella exposición que no recuerdo bien si visité o no, quizás sí, ah sí ya me acuerdo, creo que me gustó”. Si, al fin, al caer la tarde en mi salón, hubiera estado escuchando “Cry to me”, no habría podido darme cuenta de lo mucho que añoraba escribir en este blog, y mi humor estaría a la altura del día de hoy: gris tirando a negro, a pesar de que hoy sea martes y marrón.
El silencio, aunque a algunos bichos que conozco les ponga nervioso, qué bien suena…
Y diré algo, puesto que la libertad de expresión existe (en mi blog, claro): los músicos no saben escribir. Es más, los músicos escriben horrorosamente mal. Dicho esto, intuyo que no faltarán personas ansiosas de corroborar que yo canto peor. Muchísimo peor. Les invito a que escuchen esta canción:
http://www.youtube.com/watch?v=dYlAwvz8uwc
Pero no hagan nada más, por favor, sobre todo no se duchen, sólo escuchen, sin más. Porque si un amplificador (sin válvulas) se une a un pedal (boutique) para conectarlo a una guitarra (Fender) con pastillas (humbucker) y acompañar a un micrófono (cardioide) mientras se usa un cabezal (con twitters) y se mezcla todo con una consola de 24 (canales) para acabar editando con Pro Tools (HD), entonces se deja de escuchar música y, así, convendrán conmigo en que es preferible el silencio, sobre todo aquél que pone nerviosos a ciertos bichos feos.
jueves, 15 de abril de 2010
miércoles, 7 de abril de 2010
Nube
Nube era bella. Sus pestañas servían de reposo a las cigüeñas, sus mejillas eran pegajosas y su voz de color amarillo claro tirando a celeste.
Ella nunca sabría que guardaba un trébol en su ombligo, ni que las hormigas dormían apacibles con sólo sentir su presencia.
Sí, podría haberlo sabido, sobre todo porque sus alas eran de terciopelo blanco, expresamente traído del otro lado del planeta y, cuando él regaba su jardín, podía verse el arcoiris en sus rodillas.
Pero las semillas que vivían en sus cabellos supieron que nunca verían el sol, ni siquiera una vela. Y los hoyuelos de sus codos se enteraron de que no podrían lucir de morado, ni de naranja, ni de rojo... ni de color berenjena.
Los duendes del bosque han hecho una contra-fiesta y se derraman lágrimas unos a otros para aliviarse del calor (los duendes no tienen glándulas sudoríparas) porque es agosto y los señores del pueblo talaron todos los árboles y el sol lanza rayos implacables, y este año no están seguros de que venga alguna pequeña nube a darles un pequeño respiro.
Y yo no sé qué decirles, porque no puedo asegurarles de que el reciente cambio de hora no haya afectado a las horas. Y el tiempo nunca ha retrocedido de forma inexorable.
Y porque ya lo saben, ellos ya lo saben: que el poderoso sol a veces echa en falta alguna nube.
viernes, 31 de julio de 2009
faut pas trop savoir
jueves, 30 de julio de 2009
Les Feuilles Mortes
El escenario se llena de sombra negra que no es oscuridad sino ignorancia de luz.
Las luciérnagas intentan hacerse notar pero se olvidan de mover las alas.
De pie, en la escena de un antiguo teatro romano, desliza un saxofón que viene del caribe.
Sus labios acarician el metal y lo sabe. Que cualquier pequeño suspiro se convertirá en huracán para los cientos de oídos que se clavan en él. Abre sus pulmones, se llena del aire seco de la noche y piensa en su mamá cocinando plátanos calientes. Sabe que tiene un auditorio, y que no puede soplar desvaídamente, sino convertir en melodía cada partícula de aire que se aloja en las paredes de su estómago.
Un auditorio que no sólo abre bien las orejas sino que sobre todo lee en sus manos, le investiga su pecho, le escudriña los ojos y esta dispuesto a soltar amarras y dejar caer un par de lágrimas por menos de una hoja bailando.
Las columnas de mármol se vuelven pacientes. Todo lo demás es mentira.
Qué suerte que le escuchen antes de comenzar a soplar. Qué suerte enorme.
Y entonces, sentada en las gradas de piedra ahogando una sonrisa por ellos, por los que confunden progresismo con un patetismo qui n’est plus comique, se me ocurre que
Yo no soy capaz. Y le escribo a una luciérnaga que no conozco y que no tiene auditorio.
Allí donde algún actor romano de alguna tragedia griega aguardaba su momento de gloria (los momentos que se aguardan se espera que sean gloriosos) antes de recorrer el pasillo de piedra, vi una luciérnaga y pensé en ella, y luego en ellos, en los cómicos, en los que tienen de su parte a los muros, que les devuelven siempre lo que quieren escuchar: un eco de sí mismos. Una tragedia griega en un anfiteatro romano. Qué mala suerte para la luciérnaga.
A la parte alta de las gradas llegó mejor. El negro cubano me sorprendió lanzando al aire un puñado de hojas muertas, Les Feuilles mortes de una noche de verano al saxofón.
Y sentí que la luciérnaga que no conozco se merecía aquellas notas tanto como yo, unas notas que seguramente habrá escuchado antes, como yo. Vivement la mirada rizada de la izquierda.
Allí donde solía situarse el coro debería haber estado ella
“En las noches cálidas, es posible ver a las luciérnagas hembras iluminarse para atraer a los machos que sobrevuelan. Si se sienten amenazadas, desactivan la luz. Generan luz mediante un órgano especial situado bajo la cutícula (ectodérmico), situado en la parte inferior del abdomen, en intervalos de
Santa wikipedia: en las noches cálidas, es posible ver a las luciérnagas hembras iluminarse para atraer a los machos que sobrevuelan. Si se sienten amenazadas, desactivan la luz.
Así que, al fin y al cabo, las luciérnagas tienen su propia luz, aunque por periodos prefieran ocultarla. Entonces son ellos, los cómicos pasados de rosca, los que más necesiten un puñado de hojas muertas para poder seguir, porque ignoran la luz y hace ya tanto tiempo que comenzaron a comprar bombillas en el supermercado para alumbrarse. Lástima por ellos. Pena en los dos sentidos que tiene la palabra, en el español de España y en el de Latinoamérica.
Que la luciérnaga que no conozco me perdone. Ojala hubiera podido enviarle un puñado de feuilles mortes.
Vivement esa mirada rizada de la izquierda
La petite fille aux feuilles mortes (Edouard Boubat)
sábado, 17 de enero de 2009
Marie
La que repite esto sin cesar en la puerta del colegio trabaja allí pero no es profesora. Ella se encarga de cuidar a los niños en la cantine, durante el almuerzo, y también a los que se quedan después de clase a hacer los deberes porque sus papás trabajan. Como la hija de ella.
"Ne m'embrasse pas, ma chèrie". Repite a los niños que llegan, y que la miran indiferente: "no te beso, ¿y qué? Mejor". También repite eso a las mamás, que sonríen con la mitad de la boca, mirándola sin verla, sumidas en sus preocupaciones, y saliendo momentáneamente a la superficie del patio del colegio para escuchar de lejos a la pesada esa que siempre les da dos besos y que hoy dice no sé qué de que no puede besarles. Tant mieux. Y ahora por qué no salen sus hijos, con la de cosas que tienen que hacer...
Ella me mira con cejas de circunstancias, con sus ojos cómicos de rimmel seco que le hace lucir unas pestañas apelotonadas de payaso. Vuelve a explicarme que no puede besar a nadie porque está resfriada, y el rimmel negro en sus pestañas me commueve.
Bromea con los profesores que salen al patio, pero no todos comparten su sentido del humor. Ella me explica las bromas cuando se han ido, por si acaso yo tampoco lo comparto. Me dice que no lo hace para ser mala, sino para reir: "J'suis pas méchante, moi, c'est juste pour rigoler, juste pour rigoler...". Y termina siempre igual: "Hay que buscarse las ocasiones para reir, porque las ocasiones para llorar vienen solas y nunca faltan". Esta frase la repite siempre mirando a un lugar que debe de estar justo delante de ella pero que yo nunca veo. Y en esos momentos me doy cuenta de lo forzado de sus bromas.
Como si fuera la mamá de todos, riñe siempre a los niños que tiran sus ropas al suelo ("ahhh, c'est ta maman qui lave, pas toi, eh?"), abraza mucho a aquellos que vienen a abrazarla, obliga a todos a volver a ponerse los abrigos y pelea con los que pegan patadas a sus mochilas ("ahhh, c'est ta maman qui achète, pas toi, eh?"). Es de la escuela vieja. Cuando ella iba al colegio, no pasaban esas cosas, los niños cuidaban todo lo que traían, porque no tenían tantas cosas además, y respetaban siempre a los profesores. Pero ella los quiere igual, aunque no sean como los de antes, los pequeños mostruitos.
A veces también se enfada con ellos, como el día en que un niño le dijo que se sentía triste porque su profesora, que era muy guapa, no había podido venir, y debía sustituirla otro profesor. Ese profesor y yo estábamos charlando al lado de ellos en el momento en el que ella hizo la pregunta fatal: "¿Y no te gusta este profesor?" El niño miró al susodicho de arriba abajo (debo decir a su favor que se tomó su tiempo para reflexionar) y respondió que no, que prefería a su profesora, que era más guapa que él. El aludido y yo estallamos en carcajadas, pero a Marie no le hizo gracia alguna y le dijo al niño que era una falta de educación hablar mal de una persona delante de ella, que nunca debía decirse si se prefería a uno u otro.
El profesor puso en palabras mis pensamientos: "pero mujer, la culpa es nuestra, por preguntar". Pero ella siguió erre que erre porque, aunque gaste muchas bromas, en realidad se toma el mundo muy en serio.
El profesor y yo seguimos hablando:
"si uno pregunta, tiene que estar preparado para oír la respuesta".
"Es como cuando te preguntan que si quieres más a tu padre o a tu madre", le digo.
"Sí, hay muchas preguntas que no deben hacerse, muchas".
"Y, si se hacen, la respuesta es culpa del que pregunta", añado yo.
lunes, 12 de enero de 2009
lunes, 5 de enero de 2009
Queridos Reyes Magos

A veces está bien tener algún plan. A veces está bien anticipar las cosas agradables. A veces está bien tener algún plan, aunque no sea agradable. Otras veces, no hay nada como perderse de noche por la carretera y al amanecer enterarse de donde uno cayó rendido. No hay nada como parar el coche y bajar en un lugar oscuro con un par de linternas en los bolsillos. De todos modos, hace falta planear no tener plan. Afortunadamente, los planes se pueden cambiar. De esta manera, aunque uno planee comprar un roscón de reyes doce meses después, siempre es posible robarlo, cocinarlo, alegar que no tienes dinero, confesar tu mala memoria o desaparecer y dejar que otros lo compren por ti. No tener plan es un plan. Afortunadamente, también eso se puede cambiar. Y viceversa.
Queridos Reyes Magos, ¿podéis traerme unos cuantos planes con reserva de modificación? Con un par de ellos me vale, que hay que repartir.
domingo, 4 de enero de 2009
Chapoteando

¿En qué momento los charcos dejaron de ser eso para convertirse en desperfectos de la acera?
Con ella, los charcos siguen siendo espejos, aunque el resto del mundo crea que se trata de una foto del revés, de una más de sus fotos boca abajo, boca abajo como ella.
Es tan excepcional la lluvia en Sevilla que cuando cae deja a la Giralda en el suelo.



