"A vida é o que fazemos dela. As viagens são os viajantes. O que vemos, não é o que vemos, senão o que somos."
Fernando Pessoa

lunes, 27 de junio de 2011

Saber jugar


“Educados en el silencio, la tranquilidad y la austeridad,
de repente se nos arroja al mundo;
cien mil olas nos envuelven,
todo nos seduce, muchas cosas nos atraen,
otras muchas nos enojan y, de hora en hora,
titubea un ligero sentimiento de inquietud;
sentimos y lo que sentimos
lo enjuaga la abigarrada confusión del mundo”
(Goethe)




martes, 21 de junio de 2011

Esto no es...

No es un adiós. Aunque lo parezca, bella, aunque lleve semanas despidiéndose de ti en un acuerdo secreto del que sólo tú y el asfalto os habéis dado cuenta. No es un adiós.


No es una espía. Aunque le diga a los otros lo que quieren oír, y eso coincida con lo que tú le contaste, no es una espía.


No es una certeza. Aunque se lo dijera anoche al espejo del cuarto de baño mientras se cepillaba los dientes, en el  momento en el que se encontró súbitamente guapa (más que de costumbre). No era una certeza.


No es un viejo. Aunque sus manos tiemblen al buscar la llave que olvidó en la puerta, y repita que antes, mucho antes, las cosas eran más difíciles, pero más bellas. Él no es un viejo.


No es un error. Aunque durante tres segundos quedaras paralizada al darte cuenta de que te habías equivocado de cepillo de dientes, dudando sobre si debías parar o continuar cepillándolos, para finalmente inclinarte por esto último. No fue un error.


No es una mancha. Aunque ambos sintierais salir el líquido y derramarse sobre el tejado y, más tarde, sobre el tejido, entrelazando vuestros sueños. No es una mancha.


No es una decisión. Aunque se diera cuenta de que, en el fondo, ya estaba tomada. Y de que algún día debería dejar de considerar las decisiones como un agrio suplicio y empezar a tomarlas como el bocado dulce que son, pues al fin y al cabo no constituyen más que una prueba viva de su libertad. No es una decisión (es otra cosa).


No es lluvia. Aunque al quedarte fuera, sin techo, sin paraguas, sin tejados, sin balcones, sin él, sin chubasquero, sin su gorro prestado te mojaras. Sabes que eso no es lluvia.


No es un final. Aunque tu urraca quiera despedirse de ti, aunque te pares a ver series que no tienes ganas de ver, y aunque sueñes con melones y guitarras, escobas y fotografías… y con coches de fórmula uno. No es un final; es un principio… de un cuento, de una novela, de un poema, de una carta, de la lista de la compra, de lo que quieras… Es un principio. 



lunes, 13 de junio de 2011

De curas neozelandeses casados


Si usted quiere hacer una ensalada porque, por ejemplo, las tuberías de su termo hayan decidido explotar lanzando, à droite et à gauche, borbotones de agua caliente, a lo volcán islandés, hasta inundar la cocina y, con ella, esa placa de cristal en la que se hace de comer, además de todos los enchufes gastronómicos que existen en esta estupieléctrica sociedad en la que (sobre)vivimos; si usted, decía, quiere hacer una ensalada porque, además de que se acerca el verano (nadie lo diría), no le queda otro remedio, entonces, seguramente, usted se dará cuenta de que le faltan tomates. 

Y, ¿qué hace uno cuando se ve en la necesidad de comer tomates? De forma habitual, se va a la frutería, al supermercado o a la plaza (ese lugar al que ya pueden acceder diariamente 5 millones de personas en España). Otras veces, si estás en un pueblo simpático, te los regalan (¡horror!). Yo, sin embargo, preferiría ir a buscarlos a un campo vallado y, si es posible, a un campo en el que no haya tomates; y, si es posible, a un campo al que haya que llegar atravesando un río (sin puentes); y, si es posible, a un río que tenga pirañas; y, si es posible, que haya un perro furioso al lado de la tomatera; y, el placer máximo, que exista un 50% de posibilidades de que los tomates tengan e.coli, aunque sólo sea un poquito. Y, por supuesto, lo ideal es hacerlo especialmente cuando no sea época de tomates.

A veces me da por pensar que el sabor de esos tomates supera al de cualquier otro lugar del globo. El resto de las personas cree que lo pienso siempre. A veces, las personas más estúpidas hacen gala de una lógica aplastante. A veces, las personas más ilógicas pueden llegar a parecer estúpidas. No lo son. De todas formas, je ne suis pas toujours de mon avis, como diría aquel (no siempre soy de mi opinión).
Antes pensaba que aún era posible; ahora tengo la certeza de que no puedo ir a fruterías. 

Aunque a veces suceda que, en mitad de la acera, un olor te paralice…un olor a tomates tiernos, a tomates prometedoramente nostálgicos, a tomates hermosos y desincronizados... Si eso sucediera, se sale rápido de la ciudad -si no se sabe cómo, o si no hay medio de hacerlo, mejor-  y se trata de coger un tomate desde una montaña rusa mientras llueve. Delicioso… ou pas. Siempre queda volver a la acera y tratar de recuperar el olor… el olor reconfortante a piso al que sólo se puede llegar de noche en ascensor.

miércoles, 8 de junio de 2011

Lecciones de puntuación

Ella le despidió con puntos suspensivos.
Él pensó que era una coma.
El punto llegó pronto para ambos,
tan pronto como él vio la nueva frase,
que ella había escrito en el cuaderno
del nº2,
sin un solo signo de interrogación.
La pregunta de si era punto
y seguido no era planteable;
ambos habían gastado ya
la única exclamación posible.

martes, 7 de junio de 2011

Como en las guerras, no se sabe quién ganó...

- ¿Recuerdas aquel verano? -dijo él.

Ella mojaba galletas como quien sumerge recuerdos, que vuelven a salir a la superficie, sí, pero más blandos, deformados, más fáciles de tragar, aunque infinitamente menos apetecibles: -Mmmsí.

-Yo tenía sueño, y tú calor.

En la ola de leche con mijagas la vio: esa ola de calor que no sólo invadió la ciudad, sino también el periódico, el río, su esquina (la de él), su sábana (la de ella) y mis oídos.

-Y también a mí, a ti y a ella- eso lo dijo en voz alta.

- ¿Decías? -dijo él.

- Sensateces desincronizadas.

- ¿Decías? -repitió -y eso que él nunca repetía.

- Que añoro aquello que logró encender las farolas.

- ¿Decías? -volvió a decir, irreconocible.

- Que ahora tengo que irme, porque aún no he logrado ver bien de qué color es la luna, y ya sabes lo importante que son los colores. Antes no sabía que las ortigas picaban. Quizá en una de estas tardes que nos encontremos, acaso en la última, yo ya habré visto el color de la luna, y quizás, sólo quizás, a ti aún te quede algún ramo... de otra cosa.

- Eres abrazable- dijo él, mientras pensaba realmente otra cosa.

- "Eres abrazable", pensó ella, y dijo: -Ahora tengo que irme.

Desafortunadamente, nunca tuvieron relojes.

viernes, 27 de mayo de 2011

Siento el retraso. Estaba ocupada buscando el negro


No se puede encerrar en sábanas blancas; más bien en los pliegues, en las arrugas, en las manchas de después (como si pudieran existir manchas de antes). Se ve mucho mejor en las bóvedas, en la oscuridad que aplasta y que ayuda a dormir bien. Medio de transporte de ese polvito que nos espía, ese que se llena de ideas, de lágrimas, de risas y de histerias, simplemente por estar ahí, revoloteándonos. Pero no es habitual ver el polvito. A diferencia de a él, al que sí que distingues; siempre, claro está, que se den las oportunas circunstancias como… un hueco en un árbol. ¿Qué árbol? Sí, en Madrid también hay árboles. No son nada bucólicos, es cierto, pero nos permiten verlo. Sobre todo si tienen grietas.

También se ve en las alcantarillas, en el cuarto de la basura, en el interior de las catedrales y, a veces, en el metro. Siempre se está riendo. No siempre provoca la risa, es verdad. Ni siquiera la sonrisa. Pero ¿no basta con que haya algo que siempre se esté riendo? He llegado a verlo en los lugares más insospechados: en el fondo del mar, cuando la sal me deja abrir los ojos; en la carretilla de un albañil; entre las teclas de mi ordenador; en una cuna dormida.

Una vez lo vi en una tubería. Una muy vieja, muy vieja, que debía hacer fluir un agua gran reserva. Lo he visto en los baños del tren e incluso, de manera bastante insolente, en una de esas bolas de agua con nieve.

La mejor de todas fue cuando la vi en una mejilla por la que ya habrían pasado seguro más de cien. Una mejilla en donde se daban las apropiadas oscuras circunstancias para poder capturarlo. Feliz, como siempre.

La insolación de una pulga. Nítido, claro, como en las tardes de siesta.

Y, cuando por fin lo ves… ¿Cómo apartar la vista?, ¿cómo pensar en otra cosa, descifrar números, meses, líneas, curvas… o siquiera colores? Porque él no tiene color. Es su razón de ser. Y me dice: “sígueme con tu retina, no con tu pestaña; trata de ver mi extremo, pero sólo uno … el otro no existe”. Y yo, que quiero seguir imaginando cosas, imaginando casas, imaginando casos, imaginando quesos.

Quiero hablarles de la imposibilidad de distinguirle –a él, al rayito de luz- si no es sobre un fondo negro como una fresa. Y lo mejor de todo es que su única virtud consiste, precisamente, en ser.

Rectifico: no se puede encerrar. De todos modos, ¿para qué? Al fin y al cabo, es.

martes, 22 de febrero de 2011

¿Por dónde queda el mar?

Despegar...peu importe si es en un avión retrasado o desde un cañón que gira en todas direcciones. El color de las luces es lo único que cambia: amarillas o rojas. Y, voilà, despega y no parece que sea un aller-retour, parece más bien que vuela por encima de un cielo lleno de aceitunas de plástico. El puzzle, en ese río, tiene sentido. Aún no puede distinguir la figura que se forma porque está demasiado cerca, como en un cuadro impresionista, pero sí que entiende que las piezzas encajan.
En la ribera del Sena, una niña pelirroja se acuerda de Walter Blythe y lanza al agua una hoja que no está muerta. El barco vegetal va en sentido contrario a la corriente, y la niña comprende que peces multicolores la arrastran desde abajo. Peces luciérnagas que siguen los rastros de luz en la espuma porque, a pesar de la niebla, esta vez la luna sí que estaba tontamente llena. La hoja viva pasa por debajo de un puente anónimo porque esa noche los nombres de los puentes han dejado de tener importancia. Ni siquiera mañana la tendrán. Los nervios de la hoja, llenos de savia mojada, bailan un baile que es una mezcla de vals y de salsa, y la niña, celosa, se descalza y corre al otro lado del puente, pero no desde arriba, como siempre hizo, sino atravesándolo desde abajo. No tiene miedo; no le hace falta seguir la hoja con la mirada: sabe que le estará esperando al otro lado porque huele a un verde diferente al del río.
La hoja, muerta ya por el esfuerzo, no tiene nada más que decirle; resplandece frágilmente mientras la niña la lleva de nuevo a su regazo: una feuille morte como ella quería. Y, sentada debajo del puente que nunca tuvo nombre porque nunca lo necesitará, la acaricia suave, muy suavemente, porque está resfriada y se llama Laura, y hace mucho tiempo ya que tomó una decisión. "Cuánto hemos cambiado desde la última vez que te vi", le susurra nerviosa. "Je voudrais bien te manger".


Al día siguiente, la mañana la encontró en el quai, en un nuevo despertar de colores sin magdalenas. De colores importantes y definidos: rojo, azul, verde y amarillo. Et quoi d'autre?

lunes, 31 de enero de 2011

Des étoiles

La inmensidad del mar, el olor suave de los pinos mezclándose con la sal bajo un cielo cuajado de estrellas. Son todas para ti, te susurran las ramas. Míralas, vuela, viaja entre ellas y encuéntrala. Encuentra la Osa Mayor: esas cuatro estrellas con colita que tan bien conoces. Es un regalo, es para ti. El mapa lo llevas dentro. Ella te espera, es amiga tuya, y quiere que la encuentres. Encuéntrala, o mejor, búscala. Y, segura, alzas tu mirada y la buscas, y la buscas, y la buscas… Y no la encuentras. Qué raro, con lo bonitas que están esta noche todas las estrellas.

Y, de repente, no hay agujas de pino sino baldosas. Y en un techo demasiado blanco, desde unos apliques de luz mal colocados, la Osa Mayor te encuentra. Y tú la descubres rápido porque papá te enseñó a buscarla, en la sierra, en cálidas noches de agosto.

Lo que nunca te dijo es
que también se podía ver en techos pálidos
en una fría noche de enero. En otra latitud.


Con la estrella polar en el suelo.


viernes, 3 de diciembre de 2010

Pero

pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero, pero... Sí, pero.
Y, además, cruzo los brazos.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Diario

Cualquiera diría que Jules Renard me estaba adelantadamente leyendo el pensamiento:



"Hay momentos en que la vida abusa; el arte debe guardarse de toda exageración.

Nubes: como si tuviéramos sobre la cabeza un mar furioso.
Nubes pálidas, casi blancas, que se destacan de la negrura y parecen el humo de los truenos.

El horizonte se encoge. Los prados verdes, de un verde bilioso que hace daño a los ojos y al corazón. Tranquilidad al crepúsculo, e incluso jirones de azul.
Se ven algunos que acuden a la llamada de la tormenta, atraídas a su centro.
Allá abajo se libra la batalla.
Una región relativamente tranquila, donde se agrupan tropas frescas de nubes.
Ni una gota de lluvia sobre mi cabeza; a cierta distancia, árboles ahogados por la lluvia.
Es el cuerpo a cuerpo. Lo anuncia un cañonazo. Bramar de granizo.
Fondos rojos, cóleras azules, rabias amarillas, y este continuo guiñar los ojos.
Un combate de nubes, algunas vuelven como heridas, vacías.
Las pequeñas escapan, luego regresan. De otro confín acude un ejército de lluvia, numeroso y denso. 
Y todo es tan impresionante que el cuaderno se cierra sobre el lápiz.
Al anochecer, las nubes volvieron de la batalla, cojeando, desangrándose, las unas a toda prisa, las otras apenas arrastrándose.
Allí, en el horizonte, el sol daba vueltas como una rueda de carro perdida, sobre el agua ensangrentada.
La orilla desborda, y los bueyes, inquietos, atraviesan el mar."

martes, 26 de octubre de 2010

Razones para no escuchar música

Música. Me dicen que vuelva con una frase y a mí lo único que se me ocurre es “música”. Pero qué irónica sorpresa. La música: eso que hay que evitar oír. O, al menos, que hay que manejar con precaución, con mucha precaución. Porque o es frágil, o pincha, o suena mucho, o no suena a nada.

En una ocasión, un rubio aficionado a las bicis (todo lo contrario a mí) me dijo: “La música, ahhh, la música… La música, tía, es lo que siempre está ahí. Tus grupos favoritos, tía, los cantantes que siempre te han acompañado, tía, ellos siempre estarán ahí. Cuando todo lo demás falle, cuando todo a tu alrededor se desmorone, tía, la música que te hace vibrar estará ahí esperándote (tía).” Durante cinco segundos estuve de acuerdo con él.

Si esta mañana hubiese estado escuchando música, comme d’habitude, cuando la flor de la ducha golpeó mi cabeza, todo habría sido mucho más confuso, y de seguro habría estropeado para siempre “Soma” de los Strokes, en el futuro probablemente asociada a una situación de patosa indefensión. Si, en el momento de abrir la pequeña ventana de mi ídem habitación, hubiera estado escuchando algo de mi Ale (sólo por probar si funcionaba lo que aseguraba el rubio de más arriba) me habría perdido el maravilloso acontecimiento de hoy, a saber: el trascendental paso en la vida de la niñita del segundo, cuya ventana de la cocina también da al patio, y que en este martes, por fin, ha decidido dar un respiro a su papá y beberse diligentemente su colacao, sin rechistar y haciendo creer a sus ingenuos vecinos que mañana no volverá a llorar. Si, al subirme a mi autobús verde, hubiera ido escuchando “Step Into My Office, Baby” no habría oído al conductor preguntarme por qué no vine ni un solo día de la semana pasada, yo no habría podido contestarle, él me habría tomado por una maleducada y nunca más habría vuelto a acceder a mi petición de bajarporfavorunpoquillolacalefacciónquemeahogoenestehorno. Si, más tarde, hubiera preferido escuchar a Kurt diciéndome “My girl, my girl, don’t lie to me” en lugar de prestar atención a mi compañera de viaje, no habría podido saber que el horóscopo de hoy me recomendaba cautela en mis palabras y, por tanto, quién sabe qué sarta de sandeces habrían salido de mi boca en este día (ni más ni menos, la sarta de sandeces que merecían salir de mi boca en este día). Si luego, en el metro, hubiera tenido “You and your heart” en los auriculares, no habría podido escuchar cómo un chico barbudo le contaba a una bonita pelirroja (sin duda, para impresionar) que ha comenzado una exposición de Renoir en no sé qué museo , yo no habría podido anotar mentalmente mirar en internet los horarios, no habría podido dejarlo para más tarde hasta que se acabara la muestra, y no habría podido conservar en mi memoria “aquella exposición que no recuerdo bien si visité o no, quizás sí, ah sí ya me acuerdo, creo que me gustó”. Si, al fin, al caer la tarde en mi salón, hubiera estado escuchando “Cry to me”, no habría podido darme cuenta de lo mucho que añoraba escribir en este blog, y mi humor estaría a la altura del día de hoy: gris tirando a negro, a pesar de que hoy sea martes y marrón.

El silencio, aunque a algunos bichos que conozco les ponga nervioso, qué bien suena…

Y diré algo, puesto que la libertad de expresión existe (en mi blog, claro): los músicos no saben escribir. Es más, los músicos escriben horrorosamente mal. Dicho esto, intuyo que no faltarán personas ansiosas de corroborar que yo canto peor. Muchísimo peor. Les invito a que escuchen esta canción:

http://www.youtube.com/watch?v=dYlAwvz8uwc

Pero no hagan nada más, por favor, sobre todo no se duchen, sólo escuchen, sin más. Porque si un amplificador (sin válvulas) se une a un pedal (boutique) para conectarlo a una guitarra (Fender) con pastillas (humbucker) y acompañar a un micrófono (cardioide) mientras se usa un cabezal (con twitters) y se mezcla todo con una consola de 24 (canales) para acabar editando con Pro Tools (HD), entonces se deja de escuchar música y, así, convendrán conmigo en que es preferible el silencio, sobre todo aquél que pone nerviosos a ciertos bichos feos.

miércoles, 7 de abril de 2010

Nube

Era un terrón de azúcar entre los dedos del pie, almíbar en las raíces, el sueño más empalagoso que nunca nadie soñó soñar. Pero es que así era.

Nube era bella. Sus pestañas servían de reposo a las cigüeñas, sus mejillas eran pegajosas y su voz de color amarillo claro tirando a celeste.

Ella nunca sabría que guardaba un trébol en su ombligo, ni que las hormigas dormían apacibles con sólo sentir su presencia.

Sí, podría haberlo sabido, sobre todo porque sus alas eran de terciopelo blanco, expresamente traído del otro lado del planeta y, cuando él regaba su jardín, podía verse el arcoiris en sus rodillas.

Pero las semillas que vivían en sus cabellos supieron que nunca verían el sol, ni siquiera una vela. Y los hoyuelos de sus codos se enteraron de que no podrían lucir de morado, ni de naranja, ni de rojo... ni de color berenjena.

Los duendes del bosque han hecho una contra-fiesta y se derraman lágrimas unos a otros para aliviarse del calor (los duendes no tienen glándulas sudoríparas) porque es agosto y los señores del pueblo talaron todos los árboles y el sol lanza rayos implacables, y este año no están seguros de que venga alguna pequeña nube a darles un pequeño respiro.

Y yo no sé qué decirles, porque no puedo asegurarles de que el reciente cambio de hora no haya afectado a las horas. Y el tiempo nunca ha retrocedido de forma inexorable.
Y porque ya lo saben, ellos ya lo saben: que el poderoso sol a veces echa en falta alguna nube.

viernes, 31 de julio de 2009

faut pas trop savoir






They didn't know it was impossible, so they did it

Como no sabían que era imposible, lo hicieron

Mark Twain






M.C. Escher: Belvedere (1958)

jueves, 30 de julio de 2009

Les Feuilles Mortes

El escenario se llena de sombra negra que no es oscuridad sino ignorancia de luz.

Las luciérnagas intentan hacerse notar pero se olvidan de mover las alas.

De pie, en la escena de un antiguo teatro romano, desliza un saxofón que viene del caribe.

Sus labios acarician el metal y lo sabe. Que cualquier pequeño suspiro se convertirá en huracán para los cientos de oídos que se clavan en él. Abre sus pulmones, se llena del aire seco de la noche y piensa en su mamá cocinando plátanos calientes. Sabe que tiene un auditorio, y que no puede soplar desvaídamente, sino convertir en melodía cada partícula de aire que se aloja en las paredes de su estómago.

Un auditorio que no sólo abre bien las orejas sino que sobre todo lee en sus manos, le investiga su pecho, le escudriña los ojos y esta dispuesto a soltar amarras y dejar caer un par de lágrimas por menos de una hoja bailando.

Las columnas de mármol se vuelven pacientes. Todo lo demás es mentira.

Qué suerte que le escuchen antes de comenzar a soplar. Qué suerte enorme.

Y entonces, sentada en las gradas de piedra ahogando una sonrisa por ellos, por los que confunden progresismo con un patetismo qui n’est plus comique, se me ocurre que la Humanidad, al fin y al cabo, es capaz de tocar el saxofón.

Yo no soy capaz. Y le escribo a una luciérnaga que no conozco y que no tiene auditorio.

Allí donde algún actor romano de alguna tragedia griega aguardaba su momento de gloria (los momentos que se aguardan se espera que sean gloriosos) antes de recorrer el pasillo de piedra, vi una luciérnaga y pensé en ella, y luego en ellos, en los cómicos, en los que tienen de su parte a los muros, que les devuelven siempre lo que quieren escuchar: un eco de sí mismos. Una tragedia griega en un anfiteatro romano. Qué mala suerte para la luciérnaga.



A la parte alta de las gradas llegó mejor. El negro cubano me sorprendió lanzando al aire un puñado de hojas muertas, Les Feuilles mortes de una noche de verano al saxofón.

Y sentí que la luciérnaga que no conozco se merecía aquellas notas tanto como yo, unas notas que seguramente habrá escuchado antes, como yo. Vivement la mirada rizada de la izquierda.


Allí donde solía situarse el coro debería haber estado ella


“En las noches cálidas, es posible ver a las luciérnagas hembras iluminarse para atraer a los machos que sobrevuelan. Si se sienten amenazadas, desactivan la luz. Generan luz mediante un órgano especial situado bajo la cutícula (ectodérmico), situado en la parte inferior del abdomen, en intervalos de 6 a 8 segundos. Esta luz se produce por un proceso de oxidación de la luciferina en presencia de la enzima luciferasa, que ocurre muy rápidamente. Este proceso recibe el nombre de bioluminiscencia y emite una luz brillante con poca elevación de la temperatura. Algunas especies emiten la luz con esquemas definidos de variación en los intervalos y el número de destellos”.

Santa wikipedia: en las noches cálidas, es posible ver a las luciérnagas hembras iluminarse para atraer a los machos que sobrevuelan. Si se sienten amenazadas, desactivan la luz.


Así que, al fin y al cabo, las luciérnagas tienen su propia luz, aunque por periodos prefieran ocultarla. Entonces son ellos, los cómicos pasados de rosca, los que más necesiten un puñado de hojas muertas para poder seguir, porque ignoran la luz y hace ya tanto tiempo que comenzaron a comprar bombillas en el supermercado para alumbrarse. Lástima por ellos. Pena en los dos sentidos que tiene la palabra, en el español de España y en el de Latinoamérica.

Que la luciérnaga que no conozco me perdone. Ojala hubiera podido enviarle un puñado de feuilles mortes.


Vivement esa mirada rizada de la izquierda


La petite fille aux feuilles mortes (Edouard Boubat)

sábado, 17 de enero de 2009

Marie

"Ne m'embrasse pas, ma chèrie, ne m'embrasse pas: aujourd'hui je suis malade" (no me beses hoy, querida, que estoy enferma).
La que repite esto sin cesar en la puerta del colegio trabaja allí pero no es profesora. Ella se encarga de cuidar a los niños en la cantine, durante el almuerzo, y también a los que se quedan después de clase a hacer los deberes porque sus papás trabajan. Como la hija de ella.
"Ne m'embrasse pas, ma chèrie". Repite a los niños que llegan, y que la miran indiferente: "no te beso, ¿y qué? Mejor". También repite eso a las mamás, que sonríen con la mitad de la boca, mirándola sin verla, sumidas en sus preocupaciones, y saliendo momentáneamente a la superficie del patio del colegio para escuchar de lejos a la pesada esa que siempre les da dos besos y que hoy dice no sé qué de que no puede besarles. Tant mieux. Y ahora por qué no salen sus hijos, con la de cosas que tienen que hacer...


Ella me mira con cejas de circunstancias, con sus ojos cómicos de rimmel seco que le hace lucir unas pestañas apelotonadas de payaso. Vuelve a explicarme que no puede besar a nadie porque está resfriada, y el rimmel negro en sus pestañas me commueve.


Bromea con los profesores que salen al patio, pero no todos comparten su sentido del humor. Ella me explica las bromas cuando se han ido, por si acaso yo tampoco lo comparto. Me dice que no lo hace para ser mala, sino para reir: "J'suis pas méchante, moi, c'est juste pour rigoler, juste pour rigoler...". Y termina siempre igual: "Hay que buscarse las ocasiones para reir, porque las ocasiones para llorar vienen solas y nunca faltan". Esta frase la repite siempre mirando a un lugar que debe de estar justo delante de ella pero que yo nunca veo. Y en esos momentos me doy cuenta de lo forzado de sus bromas.


Como si fuera la mamá de todos, riñe siempre a los niños que tiran sus ropas al suelo ("ahhh, c'est ta maman qui lave, pas toi, eh?"), abraza mucho a aquellos que vienen a abrazarla, obliga a todos a volver a ponerse los abrigos y pelea con los que pegan patadas a sus mochilas ("ahhh, c'est ta maman qui achète, pas toi, eh?"). Es de la escuela vieja. Cuando ella iba al colegio, no pasaban esas cosas, los niños cuidaban todo lo que traían, porque no tenían tantas cosas además, y respetaban siempre a los profesores. Pero ella los quiere igual, aunque no sean como los de antes, los pequeños mostruitos.


A veces también se enfada con ellos, como el día en que un niño le dijo que se sentía triste porque su profesora, que era muy guapa, no había podido venir, y debía sustituirla otro profesor. Ese profesor y yo estábamos charlando al lado de ellos en el momento en el que ella hizo la pregunta fatal: "¿Y no te gusta este profesor?" El niño miró al susodicho de arriba abajo (debo decir a su favor que se tomó su tiempo para reflexionar) y respondió que no, que prefería a su profesora, que era más guapa que él. El aludido y yo estallamos en carcajadas, pero a Marie no le hizo gracia alguna y le dijo al niño que era una falta de educación hablar mal de una persona delante de ella, que nunca debía decirse si se prefería a uno u otro.
El profesor puso en palabras mis pensamientos: "pero mujer, la culpa es nuestra, por preguntar". Pero ella siguió erre que erre porque, aunque gaste muchas bromas, en realidad se toma el mundo muy en serio.


El profesor y yo seguimos hablando:


"si uno pregunta, tiene que estar preparado para oír la respuesta".


"Es como cuando te preguntan que si quieres más a tu padre o a tu madre", le digo.


"Sí, hay muchas preguntas que no deben hacerse, muchas".


"Y, si se hacen, la respuesta es culpa del que pregunta", añado yo.

lunes, 12 de enero de 2009

lunes, 5 de enero de 2009

Queridos Reyes Magos


Queridos Reyes, como bien sabéis vosotros, como ocurre cada año, la persona que, comiéndose uno de vuestros roscones (ya sea de nata, de cidra o de trufa) se encuentre con esa sorpresita plastificada y pringosa que se chupa con fruición para limpiarla -o porque la trufa está muy rica-, esa persona, como decía, deberá pagar el rosco al año siguiente. Un amigo me ha dicho que eso es demasiada planificación.

A veces está bien tener algún plan. A veces está bien anticipar las cosas agradables. A veces está bien tener algún plan, aunque no sea agradable. Otras veces, no hay nada como perderse de noche por la carretera y al amanecer enterarse de donde uno cayó rendido. No hay nada como parar el coche y bajar en un lugar oscuro con un par de linternas en los bolsillos. De todos modos, hace falta planear no tener plan. Afortunadamente, los planes se pueden cambiar. De esta manera, aunque uno planee comprar un roscón de reyes doce meses después, siempre es posible robarlo, cocinarlo, alegar que no tienes dinero, confesar tu mala memoria o desaparecer y dejar que otros lo compren por ti. No tener plan es un plan. Afortunadamente, también eso se puede cambiar. Y viceversa.

Queridos Reyes Magos, ¿podéis traerme unos cuantos planes con reserva de modificación? Con un par de ellos me vale, que hay que repartir.

domingo, 4 de enero de 2009

Chapoteando


¿Cuándo fue que los charcos dejaron de ser algo divertido, sitios en los que empaparse los zapatos que no eran para el agua, agua en la que verse reflejada hasta que alguien tira una piedra, pequeños lagos en los que dejar caer el paraguas para luego partirse de la risa, fatalidades del destino que te duchaban de agua con barro esperando el autobús y te hacían sentirte la heroína torpe de una película enfadada ante el mundo pero con una sonrisa estúpida?


¿En qué momento los charcos dejaron de ser eso para convertirse en desperfectos de la acera?


Con ella, los charcos siguen siendo espejos, aunque el resto del mundo crea que se trata de una foto del revés, de una más de sus fotos boca abajo, boca abajo como ella.


Es tan excepcional la lluvia en Sevilla que cuando cae deja a la Giralda en el suelo.