"A vida é o que fazemos dela. As viagens são os viajantes. O que vemos, não é o que vemos, senão o que somos."
Fernando Pessoa

lunes, 18 de febrero de 2008

Si el poeta eres tú


Feliz Cumpleaños a Manu (por adelantado porque las circunstancias lo requieren)



Digamos que el Ché era a Pablo Milanés lo que Manu es a mí.
Nota: el pajarito del vídeo no es culpa mía, pero bueno, después de todo las canciones son para escucharlas, y no para mirarlas.

domingo, 17 de febrero de 2008

Historia de un ascensor

Si no cada tarde, sí muchas tardes subía yo con ellos en el ascensor. Era una pareja joven, rondando los treinta años, que se paraba en el piso número doce, por lo que compartían conmigo tres cuartas partes del trayecto hasta mi casa, que no es poco. Él tenía el aspecto de un hombre amable y cansado. Ella era rubia y, ahora que caigo, puede que tuviese unos cuantos años menos que él. “Llegan juntos pero no vienen juntos”, creo que algo así fue lo que pensé. Intercambiamos algunos “bonjours” y otros tanto “bonne soirée” y, en principio, no despertaron mi curiosidad como sí lo habían hecho otros habitantes del bloque. Mi curiosidad, efectivamente, se estimuló el día en que subí con él sola en el ascensor (ya se sabe eso de que no es noticia “perro-muerde-hombre” y que sí lo es “hombre-muerde-perro”). Nuestra soledad ascensorial se volvió habitual hasta el martes pasado, día en que rompió la cotidianeidad al entrar en el ascensor con un amigo. Comenzaron a hablar y, hasta ese momento, no supe que él no era francés, y que nunca lo había sido. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que ellos dos jamás habían hablado en mi presencia en ninguna de nuestras subidas. Ese día, él contaba a su amigo (imaginé) aventuras de algún viaje, porque había puesto ojos como de recuerdo. Su compañero le escuchaba atento y, yo no sé en qué hablaban, algo peor que el alemán, pero la frase que provocó el silencio de ambos y que acabó de un tajo con la conversación, a mí me pareció entenderla, a mí me pareció que él dijo algo así como: “Cuando estaba con ella, hasta me olvidaba de hacer fotos, y eso que el escenario era inmejorable”.



Cuando estaba con ella, hasta me olvidaba de hacer fotos, y eso que el escenario era inmejorable.
Pero una mañana ya no estaba. Había dejado la taza azul del desayuno junto al fregadero, y comprendí que nunca regresaría cuando observé que la había llenado de agua hasta arriba.
En cierto modo, lo esperaba. Pero, igual, sentí el tic tac del reloj de pared de nuestro salón golpearme en las sienes y, por primera vez, tuve plena conciencia de que el paso del tiempo era más lento que doloroso.
Irremediable es algo que no se puede remediar, pero ahora estoy buscando en alguno de sus diccionarios la palabra para nombrar lo que no se quiere remediar. A veces era el movimiento de sus manos alisando la mesa lo que me impedía comenzar a llevar a cabo las maniobras básicas para salvarnos. Otras veces abría la boca, movía los labios, soltaba palabras, tomaba aire para no ahogarme, y caía derrotado por el esfuerzo.
He quitado su champú de reflejos dorados de la bañera. Ahora recuerdo que en su pelo se multiplicaba por cinco el olor de su cuerpo, un olor a especias y a exposición de muebles nuevos.
Nuestras últimas conversaciones ni siquiera estallaban. El salón nos tomaba de la mano como a dos niños pequeños y respirábamos aire de globo, incapaz de renovarse. Ella no quería mirarme y yo nunca la miraba porque no quería que supiese lo mucho que deseaba mirarla. Entonces yo, con la vista fija en el sofá rojo que tanto nos había costado elegir, le preguntaba qué libro tenía ahora entre las manos. Se lo preguntaba porque sabía que de esa forma conseguiría atraer su mirada, aunque fuese una mirada arrogante. Y me contestaba despectivamente, como si el hecho de que yo no hubiera leído su libro me colocase automáticamente en otra dimensión distinta a la suya. Y entonces decía “no es nada”, sin tomarse siquiera la molestia de explicarme, regodeándose aún más en su convencimiento del caso perdido que yo era. O sonreía pedagógicamente y se aclaraba la garganta cuando preguntaba el título, o una pequeña sinopsis, cuando me empeñaba en demostrarle que yo no era tonto, aunque no perteneciese a su mundo.

Allí es donde se ha ido ahora, y me ha dejado la inquietante taza junto al fregadero. Y me ha dejado la marca de su barra de labios en el borde, a sabiendas de que yo la vería y la rozaría con los dedos, y trataría de posar mis labios en el mismo trozo de porcelana, como ahora estoy haciendo. Siempre dejándolo todo bien atado, a pesar de que hayamos dejado de mirarnos hace demasiado tiempo. Pero siempre le gustó jugar, y a mí siempre me gustó seguirle el juego.

jueves, 14 de febrero de 2008

Quand on est con, on est con (cuando se es tonto, se es tonto)

Quand on est con, on est con (cuando se es idiota, se es idiota), una de las grandes e irremediables verdades del universo que nos cantó un día George Brassens, alguien así como un trovador graciosillo y nada con de la France d’antan. Cuando digo d’antan me refiero a que fue en la decadencia de la segunda gran posguerra, allá por los años 50, cuando Brassens comenzó a hablar al mundo de relaciones humanas y de problemas sociales con letras inteligentes cargadas de ironía. Dicen de él que era reservado y que le gustaba estar solo, un rasgo que cada vez me semble más una virtud, aunque sólo sea por hallarse en un peligro de extinción más probable que el lince ibérico. Hasta que no le pidieron que cantase sus canciones, él sólo escribía las letras. Debió pensar quizá que su voz sólo era válida en el ámbito doméstico, pero lo que no sabía era que estaba inaugurando la era de los cantautores, era en la que la voz, para cantar, al final es lo de menos. De todos modos, Brassens, más que nada, era poeta (recibió el Premio de Poesía de la Academia Francesa).

A George Brasses le enviaron a Alemania en el 43, con el Servicio de Trabajo Obligatorio que había montado el gobierno de Vichy para proveer de mano de obra a los alemanes; en el 44 volvió a Francia de permiso y no regresó jamás. Una pareja le escondió en su casa, donde se quedaría hasta 1966. A ellos les dedicó varias canciones ("La cane de Jeanne" o "Chanson pour l'auvergnat") y será en ese hogar, rodeado de múltiples gatos a los que adora, donde compondrá gran parte de su repertorio. Y esto lo hará, bien sur, a su manera : sin ayuda de la guitarra que luego llevará siempre entre las manos, y sin ningún tipo de conocimientos de solfeo, Brassens compondrá sus melodías sin importarle un pimiento el respeto de las reglas de la escritura musical. Con el texto en mente, hará nacer el ritmo de la canción golpeando con sus puños en las esquinas de las mesas.

Anarquista, anti religioso, rebelado contra una sociedad que consideraba hipócrita y con un desprecio absoluto por las convenciones sociales, sus letras van a escandalizar al comienzo a un público que aún no estaba acostumbrado a que hablasen sobre ellos, y aún menos, a que hablasen mal. Pero pronto, y muy a su pesar, se convertiría en un cantante bastante popular y reconocido por todos. Los franceses lo idolatran, dicen, por su simplicidad, por ser impertinente pero no provocador, por retratarles sin piedad pero con ternura al fin y al cabo. Y también llegó al público español, aunque allí, como siempre ocurre, llegó traducido. De ello se encargaron, entre otros, Paco Ibáñez, que versionó una de las canciones más famosas: La mala reputación ("La mauvaise réputation") o Javier Krahe que hizo lo propio con, por ejemplo, La Tormenta ("L'orage").

Mi colloc francesa fue la que despertó mi curiosidad cuando me dijo que la chanson Les copains d'abord es la más bonita que conoce sobre la amistad. Comencé así a indagar en su biografía y, como suele ocurrirme, se me olvidó qué buscaba. Quizás cosas como que sólo tuvo una mujer de su vida, una chica de Estonia llamada Joha Heiman. Por común acuerdo, nunca vivieron bajo el mismo techo, pero permanecieron juntos hasta la muerte del cantante. Él la llamaba Püppchen (que en alemán quiere decir “pequeña muñeca”) y de ella dirá: Ce n'est pas ma femme, c'est ma déesse (“no es mi mujer; es mi diosa”).

Y, ya metida en materia, como hoy es 14 de febrero y llevo varios días con un empalago de corazones de chocolate en las patisseries, indigestión de rosas rojas en las floristerías, hartazgo de ofertas de viajes de enamorados en las agences de voyages y empacho de menús especiales para dos en los restaurants, tenía dos opciones: o morirme de sobredosis de azúcar o sucumbir; y he sucumbido: me he vestido entera de rojo y os estoy dejando esta canción de George Brassens que se llama Les amoureux des bancs publics.

http://www.youtube.com/watch?v=UlmyNpn_mnc

Les amoureux qui s'bécott'nt sur les bancs publics
Bancs publics, bancs publics
En s'fouttant pas mal du regard oblique
Des passants honnêtes
Les amoureux qui s'bécott'nt sur les bancs publics
Bancs publics, bancs publics
En s'disant des "Je t'aime" pathétiques
Ont des p'tit's gueul' bien sympatiques


Pero bueno, dejando a un lado esto que llaman el día de los enamorados y a mi (por otra parte, querida) compañera de piso inglesa deseándonos a todos un Happy Valentine, yo lo que quería remarcar hoy es que, como dice George Brassens, quand on est con, on est con. Et c’est tout.
Animo a que se le eche un vistazo, apenas dos minutillos. Aunque sólo sea por escuchar dos conceptos inmejorables: con caduque y con débutant, creo que se entienden bien. Lo que viene a decir es una perogrullada tan sabia... que qué más da que se tengan 20 años o 60, que cuando se es tonto...

lunes, 4 de febrero de 2008

Rencontre fortuite

Foto tomada por Fino


-¿Te imaginas que un día, avec le temps qui passe, nos encontramos casualmente en París?

- ¿Cómo sería?

- Tú saldrías de una boulangerie de Montmartre con un croissant crujiente entre las manos. Fuera estaría lloviendo, pero no tanto como para abrir el paraguas que siempre olvidas. Se te caería algo al suelo, como habitualmente. Un boli, los guantes, unas llaves…

- Tú habrías ido a Montmartre a visitar a un amigo, porque ese no es tu barrio ni tu quartier. El piso alquilado en el que vives daría a los jardines de les Tuleries, aunque en el fondo prefieres Montmartre porque está en una colina. Estarías caminando, leyendo en Le Monde un estudio de una universidad norteamericana que ha descubierto que de cada cien canciones que salen nuevas al mercado, ochenta y cinco contienen la palabra amor. Y estarías pensando que el mundo es tonto, y triste, y previsible.

- Entonces tú te agacharías para recoger las llaves o los guantes, pero se te caería otra cosa al suelo, quizás tu gorra, y se te estropearía en el pavimento sucio y mojado de París.

- Sí, de la rue Pizay. Y tú pensarías “qué desastre de chica”, y te detendrías delante de mí, pero no por curiosidad ni para ayudarme, sino para poder seguir pensando que qué desastre de chica, pero parado.

- Al principio no me reconocerías. O, mejor, no te reconocería yo a ti. Quizás porque tendrías el pelo corto, o liso, o rizado y quizá por eso no te reconocería.

- Tú habrías cambiado de abrigo y me preguntarías qué hacía yo en París. Yo no sabría qué responderte y me reiría, porque ese es el gesto más fácil cuando no sabes algo o se te olvidan las cosas.

- A esas alturas ya estaríamos los dos empapados.

- Y, quizás, en lo que dura un pestañeo, con los ojos cerrados imaginaríamos que estábamos en alguno de los puentes de Lyon.

- Pero no te lo diría.

- Yo a ti tampoco.

- Yo miraría tu croissant y si había cambiado tu forma de mover las manos, y trataría de adivinar en tu bolso o en tu ropa si estabas de paso, si venías sola o si tendrías el tiempo y las ganas de tomar un café conmigo.

- Pero no te atreverías a decírmelo y dudarías porque sabrías que en la mesa te aguardaría una avalancha de preguntas espesas para mojar en la taza. Así que sería yo la que acabaría invitándote a ti, porque, al fin y al cabo, mi croissant se me estaría mojando.

- Y yo aceptaría irreflexivamente. Pero no a un café a la francesa. Sólo a un café. Para que no hubiera nada que pudiera ser previsible.

miércoles, 30 de enero de 2008

El cuarto


A Lucía le encanta su cuarto en los días en los que la inunda un sentimiento verde de placer y de satisfacción encubierta. En esos días, las paredes la abrazan y se siente acogida en sus manos tibias y fuertes, porque, si los cafés tienen orejas, los dormitorios tienen manos con palmas anchas y huecas. Todo parece papel pintado, todo es papel pintado, y huele a pan y a madera. Y aunque Lucía sabe que los niños la esperan para jugar en la calle, y aunque Lucía ve desde su ventana como corean su nombre para que baje y baje, una fuerza irresistible de olor de hogar la atrapa y la encadena a su cuarto amistosamente. Puntos de colores en el techo para enumerar. Lucía no quiere que nadie la apresure. Lo que más le gusta de su cuarto es su calor de albergue, la capacidad que tiene para invitar a té y a plumas, y cómo selecciona a sus huéspedes de esa forma tan personal. Lucía, a su cuarto, nunca le lleva la contraria.


Otras veces, cuando las luces se apagan y no hay luna, son hormigas las que van subiendo en fila india por los muros de su habitación y, como aún es pequeña, Lucía tiene miedo. Pero lo que verdaderamente le da miedo a Lucía es dejar de ver un día desde el cachito de almohada donde ha crecido ese rincón que ha sido cocina, decorado, ciudad, departamento y estudio de fotografía.

martes, 29 de enero de 2008

Burbujas reales


Para M. y para J., aunque M. tenga que traducírselo a J.
Me hubiera gustado poder decir en alemán que aprendí a montar en bicicleta. Quizás algún día, mon cher J.



Yo sé
que el tierno amor escoge sus ciudades
y cada pasión toma un domicilio,
un modo diferente de andar por los pasillos
o de apagar las luces.

Y sé
que hay un portal dormido en cada labio,
un ascensor sin números,
una escalera llena de pequeños paréntesis.

Sé que cada ilusión
tiene formas distintas
de inventar corazones o pronunciar los nombres
al coger el teléfono.
Sé que cada esperanza
busca siempre un camino
para tapar su sombra desnuda con las sábanas
cuando va a despertarse.

Y sé
que hay una fecha, un día, detrás de cada calle,
un rencor deseable,
un arrepentimiento, a medias, en el cuerpo.

Yo sé
que el amor tiene letras diferentes
para escribir: me voy, para decir:
regreso de improviso. Cada tiempo de dudas
necesita un paisaje.

(Luis García Montero)




"A partir de nuestra vida afectiva hemos inventado valores y ahora queremos tener los sentimientos adecuados. Sentimientos que son, por lo tanto, creaciones nuestras también. Esta inadecuación entre los sentimientos reales que tenemos y los que nos parece adecuado tener, somete nuestra vida afectiva a una tensión que pueden enriquecernos o destruirnos."


(El laberinto sentimental)


Esto último es sólo para M. No volveré a tocar más estos temas en el blog, son palabras que no aceptan ser escritas. Pero ellos son especiales; ellos, Lyon y las bicicletas.

miércoles, 23 de enero de 2008

Un día amarillo


Cierto día, un hombre muy guapo preguntó a una niña de once años. “Oye, a ti que te gusta escribir, ¿qué palabra rima con herramienta?”
Un espejo azul de mueble antiguo de cuarto de baño con una pequeña puerta de imán que no acaba de encajar le devolvía su reflejo de hombre que se afeita con mucho cuidado, empujando con la lengua la parte interna de la mejilla que tiene que quedar tersa y preparada para la hoja con mango azul. Dulcemente, con paciencia, como a él le gusta hacerlo todo.
“Pimienta y Cenicienta”. La niña era- es- más rápida y menos paciente.
“Pues mira a ver si puedes escribir algo” (el abuelo de la niña era albañil)
La niña pensó en herramientas relucientes, de colores que deslumbran, de plásticos transparentes, de metales que brillan como papel de celofán…
Ni lo intentó. Demasiada poesía en esas tres palabras para poder encerrarlas en un poema. Resbalosas como peces.

Hoy es un día amarillo. Ayer fui a recorrer las calles de Lyon intentando adivinar cuáles son las losetas que tienen pasado español. Las hay de distintas formas y tamaños, despicadas, con pisadas del número 36 y del 42, mojadas, con huellas de cemento, con manchas de barro, con palomas hambrientas, con niños que las pisan con un solo pie, con hormigas…

Pero me falta información. Sólo hace muy poco he sabido que mi abuelo albañil, en su periplo por el país galo, pasó una temporada aquí (semanas, meses, años…on ne sait jamais) y contribuyó en la construcción de una ciudad de la que me estoy enamorando desesperanzadamente. Y hubiese querido encontrar sus huellas en un día como hoy, en el que ya veo claro que firmes raíces irremediables están saliendo de mis pies y entrelazándose por debajo de las losetas que él puso, cualesquiera que sean.

Y me hubiera gustado saber si también él la amó. Si alguna vez simplemente paseó por ella acariciándola, si entró en una de las abundantes floristerías y pidió una “fleg” para regalar a alguien, si consiguió cruzar algún puente sin detenerse cuando te requiere el Rhône, si miró de noche hacia la Fourvière y algún muro blanco le devolvió la sonrisa, si estuvo esperando a alguien que se retrasó a los pies de la catedral, si se topó con alguna banda de músicos disfrazados (aquí no hay músicos que no lo estén) por las calle de Saint Jean y le regalaron, quizás, La Boheme… A mí me la regalaron. Y sonó completamente amarilla, por lo que ha sido un gran regalo de cumpleaños (amarilla es la canción,
los eneros, los miércoles, los número 23 y los años que cumplo).

Pero nunca sabré realmente lo que pasó como nunca supe por qué su casa olía siempre a bolitas de alcanfor, por qué tenía tantos cuadros de pájaros que abren o cierran las alas según la posición del que los mira, por qué su enorme mueble de pared oscuro transmitía una tristeza antigua que sólo desaparecía al fijar los ojos en aquel frasco brillante con una pegatina hipnotizadora del Curro de la Expo, por qué había en su entrada vidrieras de colores como las de las iglesias y en la mía nos conformábamos con un cristal transparente. Dicen que la realidad supera muchas veces la ficción, pero luego es la imaginación la que supera todo lo demás.

Sea como sea, hoy, después de todo, después de que se me escaparan las palabras resbalosas como peces, hoy intuyo que él y yo tenemos un secreto compartido.

Y lo intuyo por un motivo fundamental: la palabra “chiquita” es amarilla. Y él lo sabía.
Lyon y su magia y sus "luces que no son normales" fotografiados por Fino (http://flickr.com/photos/fino22)

lunes, 21 de enero de 2008

Boris


Boris huele mal. Boris era mi compañero el semestre pasado en una asignatura muy interesante que se titulaba Tratamiento de la Información sobre los Recursos Humanos y el Empleo, y también en EEUU en el siglo XX. Pero, sobre todo sobre todo, Boris era mi compañero en Historia de Rusia.

Boris no se lava mucho, más bien no se lava nada, eso se nota a leguas (así que en el banco de al lado la experiencia es extra-intra-corporal). Digamos que Boris no conoce jabón.
Si se afeitara la larga barba y pusiera un poco de orden en la enmarañada melena, probablemente tendría una cara agradable. Pero cuesta horrores hacer esa abstracción.

Boris tiene los ojos grandes y la cabeza llena de ideas. Y las botas muy sucias. Será por eso que se las quita en cada clase y en cada fiesta y nos enseña a todos sus calcetines. Al fin y al cabo, pensará, su olor no es mucho más desagradable cuando está sin zapatos que cuando los lleva puestos.

Boris es decidido y sabe lo que quiere. Boris quiere a Marx. Boris se empeñó en que en la exposición que teníamos que preparar juntos sobre el coste del trabajo y los salarios añadiéramos “la opinión de Karl Marx sobre las deslocalizaciones y las multinacionales, que nunca nadie la menciona”. “¿No será, Boris”, le dije yo, “que Marx no tenía opinión porque no había multinacionales?”
“No, no, pero la tendría si viviese, y eso es lo que voy a decir yo”. Y lo dijo, y también le dijo al profesor que sabía que él quería que hablásemos sobre las multinacionales y las empresas y sus mecanismos para ganar dinero, y su contribución al PIB de la nación y todas esas cosas, pero que, como las empresas le importaban una mierda, él iba a hablarles del Estado. Y yo fui la sucia capitalista de nuestro trabajo que intentó salvar la asignatura.

Boris también quiere otras cosas. Por ejemplo, hacer todo el rato la revolución. Boris ha organizado cada una de las Asambleas Generales del IEP para intentar bloquear la facultad y protestar contra la ley de Sarkozy, ha hecho campaña pour le blocage y, como no lo ha conseguido (no ha sido su culpa, el chaval desbordaba entusiasmo pero ha chocado de frente con el ala Zaplana de mi fac), se ha ido a liderar los bloqueos de otras Facultades camaradas. No hay una sola vez que hable con él y no me entregue algún panfleto de manifestaciones, viñetas contra el gobierno, revistas político-satíricas fabricadas por él y sus amigos o papeles (algo más que) críticos con la policía. Boris me hace sentir siempre que estoy en un capítulo de Cuéntame y juro que durante algunos minutos me veo en sepia. Él no ha corrido delante de los grises pero es cara habitual entre los policiers lyoneses. Tan familiar es para ellos que la última vez quisieron tenerlo más rato y se lo llevaron a la comisaría. Si yo fuese una cuentista, la historia, que se ha podido leer en los periódicos de toda la France, sería más o menos así:

Érase una vez un grupo de estudiantes reunidos en la Universidad Lumière 2 que deciden atrincherarse y pasar allí la noche para protestar contra un presi malo. Y he aquí que a uno se le ocurre que con tanto gasto de energía y de determinación iban a pasar más hambre que el perrounciego y que alguien tendría que ir a comprar comida. Y he aquí que todos coinciden en que tienen mucho apetito y muy poco dinero. Y de repente, a alguna cabeza pensante se le apaga la bombilla y expone un plan obvio y meridiano: “sólo tenemos que ir al Leaderprice, llenar varios carritos de suculentos manjares, salir sin pagar, que pa eso somos estudiantes, volver a la fac y llenarnos la tripita”. Era el crimen perfecto, aún se preguntan cómo pudo fallar. El caso es que la mala suerte quiso que unos policías muy astutos, provistos sin duda de aparatos de high technology y con la inestimable ayuda de algún topo infiltrado, se enterasen del sucio asunto y detuviesen a 13 de los estudiantes reunidos. De entre los 13 detenidos había al menos uno que no había participado en los hechos y que, sin embargo, fue el primer arrestado, acusado de ser el cabecilla de todo el tinglado: mi Boris. Los escépticos policías no creyeron a Boris cuando este les dio su argumento irrefutable de por qué era imposible que él estuviese implicado en el robo: él nunca jamás ha pisado ni pisará un supermercado, templo del consumismo; él sólo compra en tiendas biológicas respetuosas con el medio ambiente (voilà, creo que en ese tipo de tiendas no venden jabón). El descojone de los policías no le evitó a Boris una estancia de dos noches entre rejas ni, según su versión, gritos continuos, desagradables interrogatorios o duras represalias cuando, después de todo, se negó a hacerse el test de ADN que le pedían. Ahora está pendiente de juicio y tiene que pasar cada semana por comisaría para firmar en un papel. Pero lo que más le duele a Boris es que le hayan confundido con una de esas personas irresponsables que van y compran en los supermercados de este nuestro sistema.

Cuando no está bloqueando universidades, Boris viaja. Boris ha ido a Finlandia en bicicleta para no contaminar. Tardó tres meses en llegar y, durante el trayecto, para estar en comunión con la naturaleza, siempre que encontraba un campo clavaba su tienda de campaña en el cálido suelo polaco, lituano, ruso, etc. y disfrutaba de la brisa nocturna de aquellas tierras. Cuando no encontraba campo pedía refugio en casas de desconocidos amables e, imagino, resfriados o con sentido del olfato poco desarrollado. Con eso se ganó el respeto de todos los alumnos del IEP, los de derechas y los de izquierdas, que utilizan mucho, cuando hablan de él, una palabra cuyo significado, más allá de su uso en sintaxis y gramática, a menudo se me escapa: la coherencia.

Yo no sé si Boris será coherente o no, pero nunca le pidas apuntes si no tienes una lupa de lente extra grande en casa: ha desarrollado una increíble capacidad de escribir con miniaturas que llama letras el contenido entero de un semestre en un solo folio por delante y por detrás. Supongo que con eso, por lo menos, habrá salvado un cuarto de tronco de árbol.

A cambio de todos esos disgustos que me da, Boris me ha prestado varios libros ininteligibles de macroeconomía de la solidaridad, de las deslocalizaciones y el capitalismo, y de la globalización económica y cultural. También me ha enseñado que el periódico comunista francés se llama l’Humanité.

Que no se lave no significa que no sea educado. Boris lo es, y siempre pregunta antes de sentarse en la silla vacía que está a tu lado.
Boris también pregunta otras cosas: en la última clase quiso que alguien le dijese para qué sirve el trabajo. Nadie respondió. Por eso yo siempre trato de responderle a las preguntas fáciles como que sí, que sí que puede sentarse a mi lado.

Boris siempre está muy atento en las clases y, aunque su inteligencia se le nota desde casi tan lejos como su mal olor, Boris siempre dice que no sabe y quiere que se lo expliquen todo. Es cierto: Boris está un poco pasado de moda

A pesar de ello, o quizás por ello, Boris me cae bien. Pero no tiene remedio: Boris huele mal.

miércoles, 16 de enero de 2008

Nada más difícil

“Siempre se dice aquello que uno necesita decir, y que no entenderá el otro; el hablar es cosa destinada a uno mismo” (Proust)


Y una mierda.



Fragmento de ¿Por qué escribir? de Jean Paul Sartre:

"El objeto literario es un trompo extraño que sólo existe en movimiento. Para que surja, hace falta un acto concreto que se denomina la lectura y, por otro lado, sólo dura lo que la lectura dure. Fuera de esto, no hay más que trazos negros sobre el papel. Ahora bien, el escritor no puede leer lo que escribe, mientras que el zapatero puede usar los zapatos que acaba de hacer, si son de su número, y el arquitecto puede vivir en la casa que ha construido. Al leer, se prevé, se está a la espera. Se prevé el final de la frase, la frase siguiente, la siguiente página; se espera que se confirmen o se desmientan las previsiones; la lectura se compone de una multitud de hipótesis, de sueños y despertares, de esperanzas y decepciones; los lectores se hallan siempre más adelante de la frase que leen, en un porvenir solamente probable que se derrumba en parte y se consolida en otra parte a medida que se avanza, en un porvenir que retrocede de página a página y forma el horizonte móvil del objeto literario. Sin espera, sin porvenir, sin ignorancia, no hay objetividad. Ahora bien, la operación de escribir supone una cuasi-lectura implícita que hace la verdadera lectura imposible. Cuando las palabras se forman bajo la pluma, el autor las ve, sin duda, pero no las ve como el lector, pues las conoce antes de escribirlas; su mirada no tiene por función despertar rozando las palabras dormidas que están a la espera de ser leídas, sino de controlar el trazado de los signos; es una misión puramente reguladora, en suma, y la vista nada enseña en este caso, salvo los menudos errores de la mano. El escritor no prevé ni conjetura: proyecta. Con frecuencia, se espera; espera, como se dice, la inspiración. Pero no se espera a sí mismo como se espera a los demás; si vacila, sabe que el porvenir no está labrado, que es él mismo quien tiene que labrarlo, y, si ignora todavía qué va a ser de su héroe, es sencillamente que todavía no ha pensado en ello, que no lo ha decidido; entonces, el futuro es una página en blanco, mientras que el futuro del lector son doscientas paginas llenas de palabras que le separan del fin. Así, el escritor no hace más que volver a encontrar en todas partes su saber, su voluntad, sus proyectos; es decir, vuelve a encontrarse a sí mismo; no tiene jamás contacto con su propia subjetividad y el objeto que crea está fuera de alcance: no lo crea para él. Si se relee, es ya demasiado tarde; su frase no será jamás a sus ojos completamente una cosa. El escritor va hasta los límites de lo subjetivo, pero no los franquea: aprecia el efecto de un rasgo, de una máxima, de un adjetivo bien colocado, pero se trata del efecto sobre los demás; puede estimarlo, pero no volverlo a sentir. Proust nunca ha descubierto la homosexualidad de Charlus, porque la tenía decidida antes de iniciar su libro. Y si la obra adquiere un día para su autor cierto aspecto de subjetividad, es que han transcurrido los años y que el autor ha olvidado lo escrito, no tiene ya en ello arte ni parte y no sería ya indudablemente capaz de escribirlo."

"No es verdad, pues, que se escriba para sí mismo: sería el mayor de los fracasos; al proyectar las emociones sobre el papel, apenas se lograría procurarles una lánguida prolongación. El acto creador no es más que un momento incompleto y abstracto de la producción de una obra; si el autor fuera el único hombre existente, por mucho que escribiera, jamás su obra vería la luz como objeto; no habría más remedio que dejar la pluma o desesperarse. Pero la operación de escribir supone la de leer como su correlativo dialéctico y estos dos actos conexos necesitan dos agentes distintos. Lo que hará surgir ese objeto concreto e imaginario, que es la obra del espíritu, será el esfuerzo conjugado del autor y del lector. Sólo hay arte por y para los demás."



Te vas convirtiendo en Allien y no eres capaz de ver más allá de tus propias narices (por cierto, se queda “narices”).

En lugar del miedo a la página en blanco habría que hablar del miedo a la página escrita.


Si no lo entienden, no sirve. Si no lo entienden, no sirve. Si no lo entienden, no sirve.


Escribir para el pueblo –decía mi maestro– ¡qué más quisiera yo! Deseoso de escribir para el pueblo, aprendí de él cuanto pude, mucho menos, claro está, de lo que él sabe. Escribir para el pueblo es escribir para el hombre de nuestra raza, de nuestra tierra, de nuestra habla, tres cosas inagotables que no acabamos nunca de conocer. Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España; Shakespeare, en Inglaterra; Tolstoi, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra. (...)

Siempre que advirtáis un tono seguro en mis palabras, pensad que os estoy enseñando algo que creo haber aprendido del pueblo.

(Antonio Machado. Juan de Mairena)

lunes, 31 de diciembre de 2007

Año Viejo

Feliz Año Nuevo, Bonne Année, Happy New Year, Frohes Neues Jahr, Felice anno nuovo, Šťastný Nový rok, Gott nytt år, Feliz Ano Novo, Sanat Yadid Saidun, Καλή Χρονιά,...





Berna Wang:



De aquí a un año
pueden pasar tantas cosas:


Que encontremos el amor de nuestra vida,
que lo perdamos (acaso una vez más),
que descubramos que, con todo,
no nos hacía tanta falta.


De aquí a un año
pasarán tantas cosas:
Que las pesadillas dejarán de serlo de pronto
que nos asustarán pesadillas nuevas,
que descubriremos que, con todo, es nuestro miedo (y no las pesadillas).


De aquí a un año es tanto tiempo.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Puentes de... a...

- ¿Cómo echar de menos una ciudad en la que nunca has estado?
- Eso es porque las ciudades no existen.
- ¿Cómo echar de menos algo que no existe?
- Basta con cerrar bien los oídos y apretar fuerte los párpados.
- No digo que cómo se hace. Eso ya lo sé. Digo que por qué ocurre.
- Siempre estás preguntando el porqué.
- ¿Sabes cómo se dice en francés "para siempre"?
- Siempre haces la pregunta equivocada.
- "À jamais".
-...
- ¿Nunca has arrojado al río una piedra y has corrido hacia el otro lado del puente esperando que la corriente te la devuelva? ¿Cuántas veces pasa?
- ¿Cuántas veces hay corriente suficiente?

Los puentes son los muebles de las ciudades que más me fascinan. Los puentes, por supuesto, que tienen agua debajo (los otros puentes sólo me fascinan cuando los miro hacia arriba; desde el otro ángulo son amenazantes).
A los puentes, siempre he querido agradecerles su franqueza: uno pone un pie en uno de los extremos, avanza, pone el otro, continúa y, -si no le da a uno por arrojarse a las profundidades fluviales- se alcanza la orilla opuesta y en paz. Voilà. Y, en la mitad, siempre está el medio. Transparentes puentes.
Continuamente pisoteados, los puentes tienen la curiosa capacidad de dividir dos tierras y, a la vez, vincularlas. Te dicen: "precisamente porque debo unirlas de forma permamente, recuerda que son distintas à jamais".


Los puentes son deixis; son un antes y un después en tu paseo. Y guardan debajo de las baldosas y de los adoquines unos polvos mágicos que se disparan hacia arriba cada vez que un pie se planta en el suelo, y luego quedan enganchados en el jersey (cuando es invierno). Se llaman "polvos del olvido" y son los responsables de que, cuando llegues al otro lado, se te haya borrado automáticamente de la memoria la parte de la ciudad que sigue bulliendo a tu espalda. Yo, al menos, cuando cruzo el puente de Triana, no pienso más que en el barrio que le da nombre, y sólo tengo ante mí el Vieux Lyon si atravieso el puente rojo. Lo que queda a mi nuca es el pasado. Y el pasado será el presente con sólo girarme 180 grados.




En los puentes, además, uno es siempre infiel. Estés en el que estés, nunca le miras a él; te pasas el recorrido observando a los otros, y, a veces, con nocturnidad y alevosía, detienes tu camino para poder contemplarlos lujuriosamente. Sólo si estás en Los Otros miras a Éste.




Los puentes, todos lo saben, tienen microclima propio. Quién, que haya ido a parar un agosto a Sevilla, no ha experimentado un sudor frío abrasador ante la perspectiva de tener que adentrarse, cual Llanero Solitario, en el puente de San Telmo para poder alcanzar una Plaza de Cuba que se antoja la tierra prometida? Yo doy fe que, a mitad del recorrido, cuando te pesan los párpados y se acentúan las dificultades respiratorias, y el puente parece duplicarse y triplicarse en tu propio rostro y los espejismos en forma de charco alcanzan la planta de tus pies, el esfuerzo que hay que hacer para mirar al frente y no arrojarse de cabeza al Guadalquivir es comparable al requerido para no dar media vuelta y salir pitando como un avestruz cuando se despliega ante ti, majestuoso, el Pont de la Guillotière de Lyon y anuncia vientos glaciales con escarcha del Rhône y diez grados menos de los cinco en negativo que marcan los termométros.

En los puentes, en fin, puedes aprender a querer a una ciudad, las puertas siempre están abiertas, disminuye la velocidad, hay vaho en la boca o sudor en las axilas, el sol tarda más en ponerse, aún te queda la llegada, los besos duran más y son fluviales, se ve la ciudad doble, te deslumbran las calvas de los piragüistas, llueve más de lo permitido, no se está en ninguna parte, la sed es más urgente, es más difícil encender un cigarrillo, hay dos lunas llenas, se recogen excusas para llegar tarde, la niebla es más espesa, escupir no está mal visto, huele a río y a pescado, y, la mayoría de las veces, te despeinas. Y si te asomas más de la cuenta... un puente es vértigo pasado por agua.

Me fascinan los puentes. Y echo de menos algunos en los que nunca he estado. Los puentes, a diferencia de las ciudades, sí que existen.

martes, 25 de diciembre de 2007

Dicen que hoy es Navidad

Mejor te invento






Estás alicaído, estás dudando,
no te alcanzan las pruebas ni las preces,
cada Dónde te ofusca, cada Cuándo.


Recorres el confort, las estrecheces
que quedaron atrás y es razonable
que reclames la vida que mereces,

las ventanas de paz, el techo estable.
Pero yo, te confieso, prefería
(cómo querés, hermano, que te hable?)

cuando tu vieja angustia estaba al día
con la angustia del mundo, cuando todos
éramos parte en tu melancolía.

Sé qué polvos trajeron estos lodos
pero saberlo no es la mejor suerte.
Inventaré quién sos. De todos modos.

Inventarte es mi forma de creerte.


(Mario Benedetti)

domingo, 23 de diciembre de 2007

es könnte auch anders sein


"Daba vueltas en la cama mientras Teresa dormía y se acordaba de lo que había dicho hacía tiempo en una conversación intrascendente. Estaban hablando de su amigo Z. y ella afirmó: Si no te hubiera encontrado a ti, seguro que me hubiera enamorado de él.

Ya en esa ocasión aquellas palabras le produjeron a Tomás una extraña melancolía. Y es que de pronto se dio cuenta de que era mera casualidad el que Teresa lo amase a él y no a su amigo Z. Se dio cuenta de que, además del amor de ella por Tomás, hecho realidad, existe en el reino de lo posible una cantidad infinita de amores no realizados por otros hombres.

Todos consideramos impensable que el amor de nuestra vida pueda ser algo leve, sin peso; creemos que nuestro amor es algo que tenía que ser; que sin él nuestra vida no sería nuestra vida. Nos parece que el propio huraño Beethoven, con su terrible melena, toca para nuestro gran amor su es muss sein! (Tiene que ser!)

Tomás se acordaba del comentario de Teresa sobre el amigo Z. y constataba que la historia del amor de su vida no iba acompañada del sonido de ningún es muss sein!, sino más bien por el de es könnte auch anders sein: también podía haber sido de otro modo."


"Cuando Tomás regresó de Zurich a Praga, le invadió una sensación de malestar al pensar que su encuentro con Teresa había sido producido por seis casualidades improbables.

¿Pero un acontecimiento no es tanto más significativo y privilegiado cuantas más casualidades sean necesarias para producirlo?

Sólo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje. Lo que ocurre necesariamente, lo esperado, lo que se repite todos los días, es mudo. Sólo la casualidad nos habla. Tratamos de leer en ella como leen las gitanas las figuras formadas por el poso del café en el fondo de la taza."


(La Insoportable Levedad del Ser. Milan Kundera)

sábado, 22 de diciembre de 2007

Compromiso


Hace algunos días, la conversación de tres personas alrededor de una botella de Côtes de Rhône en un bouchon lyonnais tomó los derroteros del artículo de Suso de Toro que transcribo a continuación. No mucho tiempo antes, una historia d’ailleurs había desencadenado también una discusión parecida en el sofá rojo de un piso 16 entre chicas Garibaldi. Las conclusiones a las que se llegaron… se me olvidaron.



- ¿Qué te pasa? Hoy pareces disgustado…
- Psé. Sí, estoy disgustado. Un poco. Ya lo veía venir…
- ¿Qué es lo que veías venir? ¿La subida del petróleo?
- No, hombre, no. Hablo de mis cosas. Hablo de cosas serias.
- Bueno. Que el petróleo suba es una cosa seria, afecta al pan, al gas, a los salarios…
- Sí, hombre, ya lo sé. Pero al final siempre vamos tirando, ¿no? No es el fin del mundo. No es eso. Es que mi hija se divorcia de su marido.
- Ah, bueno. Pensé que era otra cosa. Hombre, no hay para alegrarse, pero si la cosa iba mal…
- Sí, iba mal. La mujer y yo ya veíamos que llevaban un tiempo de morros. Pero ahora… Tienen una niña de dos años…
- Ya. Pero es peor que la niña crezca viendo a sus padres llevarse mal.
- No sé. No sé. Ya no entiendo nada.
- ¿Pero estás contra el divorcio?
- ¿Quién, yo? Quita, quita. El divorcio es lo mejor, cuando no hay solución es lo mejor. Pero, digo yo, ¿es que ahora nunca hay solución para los problemas de los matrimonios? Es que tiran la toalla en seguida. En cuanto llevan dos o tres años casados y ven que no se llevan bien ya se divorcian.
- ¿Y qué quieres que hagan? Es lo mejor; si no se entienden, divorcio y santas pascuas.
- Cómo se nota que no estás casado y no tienes hijos…
- ¿Y por eso no tengo razón?
- No sé. Yo creo que no. Creo que hay que luchar, ¿no? Antes de tirar la toalla.
- Lo dices por los niños.
- Lo digo por los hijos, claro. Eso lo primero. Ya sólo por eso habría que pensárselo bien, ¿no crees? Pero es que además lo digo por uno mismo.
- Pues por uno mismo lo mejor y más cómodo es cortar por lo sano.
- Pues no, no estoy de acuerdo.
- Ah, tú crees que hay que sufrir, ¿no? Venimos a este valle de lágrimas a sufrir… Oye, vida no hay más que una. Yo ya tengo más de treinta años y quiero disfrutar lo que pueda. Me queda toda la eternidad para portarme bien.
- Pero es que entonces no se puede contar nunca con nadie. Si cada uno va a lo suyo, ¿cómo vas a poder confiar en nadie, en que va a estar ahí cuando lo necesites? Es que así no se puede ni formar un contrato de sociedad, una empresa… Así no hay matrimonio que valga. Si no estás dispuesto a nada…
- ¿Pero a qué hay que estar dispuesto?
- A intentarlo en serio, a cumplir lo prometido. A todo, a algo, a prometer. Si no puedes prometer algo e intentar cumplirlo entonces es que no tienes palabra. No vales nada.
- Pero si no hay nada fijo, hombre. ¿Tú cuánto hace que trabajas en esta empresa?
- Nueve años.
- Bueno, pues ¿y si el año que viene te echan? No puedes confiar en nadie, ni en el futuro. No hay futuro. Lo mismo ocurre con las relaciones, te dejan o la dejas.
- Pero es que así no se puede pedir ni una hipoteca, si no hay confianza en el futuro. Si no hay un pacto de futuro.
- Desengáñate, ya nadie se compromete. No hay compromiso, un contrato no vale nada. Ni siquiera el de matrimonio. Lo que firmas no vale nada.
- Pero si nuestra palabra no vale nada, entonces ¿qué valemos? Si no somos capaces de comprometernos a nada, ¿qué valemos? No valemos nada.
- Pues a lo mejor valemos poco.
- Entonces no hay futuro. Así no hay futuro.
- Ay, qué equivocado te veo. Eres un hombre antiguo.

domingo, 16 de diciembre de 2007

El planeta en el bolsillo


El planeta entero cabe en un bolsillo. A veces, cuando ocurren ciertas cosas, es fácil guardarse el planeta en el bolsillo.
Yo no sé mucho del aire frío que corre cuando las boulangeries comienzan a cocer baguettes en el horno. No sé mucho del aire pero lo intuyo, y a veces lo adivino.
A veces un elefante cabe en una maleta y otras veces no hay espacio para una onza de chocolate. Todo depende. Depende de lo que queramos llevar con nosotros.
Siempre has pensado que los dioses, los antiguos dioses, son los únicos que pueden decirte dónde comienza el océano y termina la tierra. Y un buen día descubres que no existen líneas de demarcación. Pero tú ni siquiera sabes para qué sirve el océano.
Ne t’en fais pas. Sólo tienes que escribir en letras grandes en los muros para que no se te olvide. Muchas de las hojas picudas que crujen en el suelo y que te gusta pisar y que se deshagan sólo están hechas de casualidades. Nunca se sabe cuál será la que no toque la acera porque se te quede enredada en el pelo. A veces sorprende.
Es difícil mirar por la ventana. Es muy fácil mirar el cristal; lo complicado es intentar fijar la vista en los tejados rojos. Y en los marrones.
“¿Merece la pena?” es una pregunta caduca. La respuesta es inevitable. La respuesta es: inevitable.
Y el cielo rosa de frío se llenó de nubes y comenzó a verterse. Una niña echó de menos estar tumbada en la alfombra y, agotada hasta la extenuación, mirar los ratones de la Cenicienta. Pero a veces la madera reconforta. La madera es mucho más calida que una fila de dientes mojados de sal. Parce que j’étais faible, j’ai été intransigeant , dijo una vez Charles de Gaulle. No es raro tener miedo a la vulnerabilidad. Y el miedo es el motor del mundo, aunque a veces lo paralice. Afortunadamente, la luna tiene los mismos cráteres desde cualquier vidrio.
Tienes que aprender que no soportas el sabor del café y que la pasta de dientes la prefieres líquida. No se puede dudar sobre ciertas cosas. Como, por ejemplo, que las ciudades no existen, ni las carreteras ni los puestos de cromos. Y da igual lo que digan. No hace falta ir a Finlandia en bicicleta para saber que tienes principios. Es cierto que el cajón se llenó de polvo y las termitas se han comido una buena parte del tirador. Sólo digo que si buscas los principios podrás encontrar los finales sin dificultad. Y da igual lo que digan.
El agua vuelve ineficaces a las personas: inviertes demasiado esfuerzo en mover el puño y acabas golpeando a alguien sin hacerle daño. Gasto inútil de energía.
Menos mal que bajo la tinta se puede reír a carcajadas.
Cuando estás al volante y el paisaje se vuelve borroso porque los ojos se llenan de lágrimas, ¿es mejor sonreír o dejar de conducir un momento?
La nieve aún no ha llegado a Lyon pero es curioso como puedes sentir calor en las manos a diez grados bajo cero. Serán las castañas.
Es imposible hacer caso a todos a la vez. A veces, los primeros; a veces, los segundos; a veces, los terceros; a veces, ellas; muy pocas veces, tú. Y, a veces, los últimos serán los primeros.
Con la que está cayendo últimamente…
En cualquier caso, siempre he dicho que tendrían que existir amapolas naranjas.
Pero, para no mentir, las rojas son tan bonitas…

lunes, 10 de diciembre de 2007

Voyeuse

Es rubia o, al menos, su cabello no es demasiado oscuro. Tiene una estantería con libros, un gato, un equipo de música en el que se debe escuchar bastante bien a Gainsbourg y una mesa con revistas y papeles aún más desordenada que la mía. También tiene una maceta enorme y un marco que le pone límite a un rostro en blanco y negro.
Le gusta regar su planta y manosear las hojas hacia adelante y hacia atrás, como si estuviera acariciando a un gato. Pero al gato no lo toca nunca. Le gusta comer el helado que venden en tarrinas grandes con una cuchara pequeña. También le gusta apoyar la frente contra el cristal de la ventana, sobre todo cuando llueve (en esta última semana ha tenido sin duda el escenario perfecto).

Le da igual que las manecillas del reloj (no sé si será digital o no, pero prefiero imaginármelo con agujas) le avisen de que es minuit, las cinco de la madrugada o las siete de la mañana: su lámpara siempre está encendida. Sin embargo, desde hace varios días me tenía un poco inquieta: la habitación ha permanecido completamente a oscuras, incluso de noche. Y, paradójicamente, este fin de semana cada rincón de Lyon se ha iluminado con miles de luces de colores en su Fête de la Lumière.

Heuresement, ya he comprobado (con alivio) que no se me ha mudado la única persona del bloque que no parece extremadamente francesa, con esa mala costumbre que tienen de dormir cuando no hay sol. Ayer noche volvió a hacerse la luz: ella tenía, como siempre, la frente apoyada en el vidrio, pero también tenía unos brazos que le salían alrededor de la cintura y una cabeza semiasomándose por encima de su hombro.

Mi vecina ha conocido a alguien. Yo me alegro sobre todo por su gato, que ha pasado de ser ignorado a ser un receptor de múltiples caricias (la vida es injusta con los animales).

Ella vive, como yo, en un piso 16, y nuestros bloques forman algo así como un ángulo recto.

Intuyo que nos observamos mutuamente.

Pero qué habrá visto ella, eso ya es otra historia...
Por cierto, en Francia, las ventanas no tienen cortinas, y en la Fête de la Lumière, la gente coloca velas encendidas en los alféizares de las ventanas.

viernes, 30 de noviembre de 2007

Los fantasmas de París












Y me retuvo. Y la luna color viejo saxofón estaba allí (aunque algunos se empeñen en llamarla "sol"). Y allí estaba París, tan igual y tan distinta desde la última vez que la ví. Y merece la pena, las huelgas, las interminables esperas en el metro, el retraso de los trenes en la estación más fría del mundo (me falta mundo) sólo con mirar durante un segundo el ángulo más oscuro de Notre-Dame reflejado en el Sena desde el Puente de Las Artes. Sólo con tener a la vista todas las azoteas de París desde la colina del Sacré Coeur mientras un guitarrista francés pone la banda sonora y dos cordobesas se deshacen en sonrisas. Sólo con acercarme, una vez más, a la Ópera y buscar a ese fantasma, a Erik, en el palco número 5.

De él iba hablando hace poco mientras remontaba los Campos Elíseos destino Gare de Lyon y las luces azules en los árboles de la Avenida me decían lo que ya sabía: que echaría de menos París. A Erik y a su ciudad les dedico esta entrada:

Al llegar a este punto de su relato, parece que el Fantasma se puso de pie tan solemnemente, que el persa, que había vuelto a sentarse, tuvo que volver a levantarse, como obedeciendo al mismo impulso y comprendiendo que era imposible permanecer sentado en un momento tan solemne y hasta se quitó (el mismo persa me lo dijo) su gorro de astracán, a pesar de que tenía la cabeza afeitada.

–¡Sí! Me esperaba –prosiguió Erik, que se puso a temblar como una hoja, pero a temblar con una verdadera emoción solemne...–, me esperaba de pie, rígida, viva, como una verdadera novia que ha comprometido su salvación eterna...
Y cuando yo me adelanté, más tímido que una criatura, no me huyó... no, no... permaneció allí... me esperó... y hasta me parece, “Daroga”, que adelantó un poco, ¡oh!, muy poco, su frente como una novia viva... Y yo..., sí... ¡yo la besé!... Yo... ¡Yo... yo... ¡Y no cayó muerta... Permaneció sencillamente a mi lado... después que la hube besado así... en la frente...
¡Oh! “Daroga”, ¡qué bueno es besar a alguien! ¡Tú no puedes saber lo que es eso... ¡Pero yo... ¡yo... Mi madre, “Daroga”, mi pobre madre, no quiso nunca que yo la besara... Huía, arrojándome el antifaz... ni ninguna mujer, jamás, jamás, jamás consintió en ello... ¡Oh!, entonces, ¿verdad?, ante semejante felicidad lloré. Y caí llorando a sus pies... Y tú también estás llorando, “Daroga”... Y ella también lloraba... lloraba como un ángel...
Al contar estas cosas, Erik lloraba y el persa, en efecto, no podía contener sus lágrimas ante aquel hombre enmascarado, que con los hombros sacudidos por los sollozos y las manos oprimidas contra el pecho, ora jadeaba de dolor y ora de enternecimiento.


–...¡Oh!, “Daroga”, sentí sus lágrimas correr sobre mi frente. Eran cálidas... eran suaves... Corrían por debajo de mi máscara sus lágrimas e iban a mezclarse con las lágrimas de mis ojos... corrían hasta mis labios... ¡Oh!, sus lágrimas bañando mi cara. Escucha, “Daroga”, escucha lo que hice... Me arranqué la careta para no perder una sola de sus lágrimas...
Y no huyó... Y no cayó muerta... Permaneció viva llorando sobre mí... Junto conmigo... Lloramos juntos... ¡Oh! Dios, infinitamente bueno, en ese instante me concediste toda la
felicidad del mundo.

Y Erik se desplomó jadeante en el sillón. El persa se precipitó hacia él, pero lo detuvo con un ademán.
–¡Oh!, no voy a morir enseguida, en el acto... pero déjame llorar...

Al cabo de un rato el hombre de la máscara dijo:
–Escucha, “Daroga”, escucha bien esto... Mientras yo estaba a sus pies... oí que Cristina decía: “¡Pobre, desdichado Erik!” ¡Y me tomó las manos!... Entonces, ya no fui, “Daroga”, como comprendes, más que un pobre perro a sus pies.
Figúrate que yo tenía en la mano un anillo, un anillo de oro, que yo le había dado... que ella había perdido... y yo había encontrado... Una sortija de compromiso, ¡vamos! Se lo deslicé en su pequeña manita y le dije: ¡Toma esto! Toma esto para ti... y para él... Este es mi regalo de bodas... el regalo del pobre desgraciado Erik... Sé que lo amas a ese joven... ¡No llores más... Me preguntó con voz suave qué quería decir. Entonces le hice comprender, y enseguida comprendió, que yo no era para ella más que un pobre perro, dispuesto a morir... y que ella, ella podía casarse con el joven cuando quisiera, porque había llorado junto conmigo.
¡Oh!, créeme, “Daroga”, cuando le decía esas cosas, era como si me arrancara el corazón, pero había llorado conmigo... y había dicho: “¡Pobre desdichado Erik!”

La emoción de Erik era tal que tuvo que advertirle al persa que no lo mirara, porque se ahogaba y se veía en la necesidad de quitarse la máscara. El “Daroga” se dirigió a la ventana y la abrió, con el corazón oprimido por la piedad, pero teniendo cuidado de fijar la vista en las cimas de los árboles del jardín de las Tullerías, para no ver la cara del monstruo (...).

(El Fantasma de la Ópera. Gaston Leroux)

Quiero y no quiero conocer a Erik, pero siento una atracción irresistible hacia él. Comme pour Paris...

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Mañana me voy a París


ESA LUNA COLOR DE VIEJO SAXOFÓN...

Esa luna color de viejo saxofón
me retendrá en París.
Esa luna color de vieja mariposa,
de alma vieja buscando sobre el viento
ojos para mirar el fin de siglo,
gatos que son las dudas de la noche.


Tiéndete junto a mí.
Despierta en la memoria
esa inquietud que guardan los que acaban de amarse,
la imperceptible prisa de los labios
que buscaron un cuello donde apoyar su aliento.
Y déjame mirarte, frente a frente,
con estos mismos ojos orientales
que utiliza el amor para observamos.


(Luis García Montero)


Y no buscaré tiendas de cómics...


(aunque puede que me llegue a 'Shakespeare and company' para no ser una menosmola)

domingo, 18 de noviembre de 2007

Subhadra Mondal

Su tarjeta dice que se llama Subhadra Mondal y que nació un 8 del 8 de 2002 en el departamento South 24 Parganas de la ciudad de Kurmimari, en la India. Kurmimari es una de las islas más pobres de las 200 que forman el archipiélago Sunderbans.

A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?" Pero en cambio preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?" Solamente con estos detalles creen conocerle. (…) Son así. No hay por qué guardarles rencor. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores.

(Con este fragmento de El Principito me excuso, además, por lo que sigue)

El país de Subhadra tiene más de 1.000 millones de habitantes y ocupa el puesto 138 de un total de 175 países clasificados en la lista de desarrollo humano del Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas. De los habitantes de la India, más de 400 millones viven en la más absoluta pobreza. Más de 600 millones carecen de condiciones sanitarias mínimas. Más de 200 millones no disponen de agua potable. Más de 300 millones son analfabetos. En el 2016, según los demógrafos de la ONU y del Buró de Referencia Demográfica de Washington, la India tendrá más habitantes que el total de la población europea y el resto del mundo industrializado, salvo Rusia, y tres décadas más tarde rebasará (1.500 millones) a China (1.400).

No hay agua para todos. Eso repercute en la esperanza de vida. El aumento de la mortalidad no hace sino obligar a las familias más pobres de las zonas rurales a producir más y más hijos, porque nunca están seguros de cuántos van a poder sobrevivir.

La malnutrición afecta a casi la mitad de todos los niños menores de tres años. Subhadra ya tiene seis, aunque parece que tenga tres.

La anemia afecta a una gran mayoría de las embarazadas y las niñas adolescentes, retarda el crecimiento de los niños y es una de las principales causas de defunción de las madres y de bajo peso al nacer.

Las estimaciones sobre la cantidad de personas que viven en la India con el VIH/SIDA oscilan entre 2,2 millones y 7,6 millones.

Las diarreas, causadas a menudo por agua de beber contaminada o deficientes condiciones sanitarias, es la segunda entre las principales causas de defunción en la infancia. En los últimos años, ha mejorado el acceso al agua de beber no contaminada pero hay 122 millones de familias que carecen de retretes.




Esa es la situación del país donde vive Subhadra cuando no hay tsunamis.




Al niño Subhadra le han pedido que dibuje algo para unos occidentales que están viendo la tele en su sofá a decenas de miles de kilómetros de allí y que han tenido la amabilidad de apadrinarlo. Y un día me aconsejó que me dedicara a realizar un hermoso dibujo, que hiciera comprender a los niños de la tierra estas ideas. "Si alguna vez viajan, me decía, esto podrá servirles mucho" (El Principito) . Subhadra ha dibujado esto en un folio blanco:




Puede que haya dibujado lo que sentía, y que sienta todo eso. O que sólo encontró dos colores.
Puede ser que haya intentado retratarse a sí mismo. O que tuviese frío. O calor.
O simplemente tiene miedo a la oscuridad, como muchos otros niños.

O puede que, como el Principito, pensara que

Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones.

Yo sólo añado que

Es posible, en fin, que me equivoque sobre ciertos detalles muy importantes. Pero habrá que perdonármelo ya que mi amigo no me daba nunca muchas explicaciones. Me creía semejante a sí mismo y yo, desgraciadamente, no sé ver un cordero a través de una caja. Es posible que yo sea un poco como las personas mayores. He debido envejecer.

Pero esto último me ha pasado porque no vivo en la India.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Once (Falling Slowly)

Hoy sólo quería compartir una canción y una película irlandesa que vi en el cine esta semana. Una historia no de amor que transcurre por las calles de Dublín. Los dos protas son Glen Hansard y Markéta Irglová, y ellos mismos componen e interpretan toda la banda sonora. En la realidad él es el líder de una antigua banda de rock irlandesa, y ella, una joven pianista checa. En la ficción, son sólo dos amantes potenciales.
Su director, John Carney, ha preferido decirlo así: “It’s the ones who are gone who haunt you for the rest of your life,”. “Instead of saying, ‘I love you’ or ‘I miss you,’ they just disappear.”
En esta escena cantan juntos en una tienda de instrumentos musicales donde ella va una hora cada tarde a tocar un piano que no tiene.

If you want me o Say it to me now, también merecen unos minutos de dedicación de oídos.

El título trata de responder a la pregunta “How many times do you meet the right person?” “Once”, dice la peli.

Aquí está el enlace: http://www.youtube.com/watch?v=XzQRuTwaFI8

(Editando el blog, me he quedado sin los vídeos de Youtube y si los cuelgo de nuevo pierdo los comentarios. Si alguien sabe cómo hacerlo, por favor, que me lo diga. Mientras tanto, perdonen las disculpas)

viernes, 16 de noviembre de 2007

Mariposas don't cry

A mi Ludivine:

Our share of night to bear,
Our share of morning,
Our blank in bliss to fill,
Our blank in scorning.

Here a star, and there a star,
Some lose their way.
Here a mist, and there a mist,
Afterwards—day!


(Emily Dickinson)

Te quiero, mariposa chiquita

jueves, 15 de noviembre de 2007

Mes camarades

Manifa de hoy en la Place Bellecour (Lyon)

Los franceses se pasan un 40% de sus vidas haciendo huelga; seguro que debe de haber por ahí alguna estadística que me confirme esto. Empecemos: la gran huelga del sindicato de transportes del pasado 18 de octubre (Sarkozy quiere hacer una reforma para jubilar antes a los trabajadores), huelgas de profesores contra la política gubernamental que prevé la supresión de 11.200 puestos de trabajo, huelgas de las telecomunicaciones, de los magistrados, o de los funcionarios, que harán la suya el próximo 20 de noviembre contra la reducción de efectivos en la función pública y en defensa de sus salarios. En fin, que c’est la grève. Pero la que a mí me concierne (además de la de los transportes, que espero no quedarme colgada con mi billete a París) es la grève estudiantil.

Los estudiantes, oh là là, comenzaron el martes en París una primera jornada de asambleas generales y, con ello, lograron paralizar quince universidades. Hoy le ha tocado a mi fac, que pa eso es de Sciences Po. A las diez de la mañana tuvo lugar una Asamblea General con el fin de debatir qué hacer y votar si se bloquea o no la facultad. En Lyon, el campus del Bron (de la Universidad Lyon II) ya lleva bloqueado varios días.
Quiero dejar constancia de que, a diferencia de una servidora, esta gente sí sabe de lo que habla.
- A ver, queridos, ¿por qué protestáis?
- Por la reforma que Sarkozy quiere aplicar al sistema universitario.
- Que quiere privatizar el tema, ¿no?
- Mais non!! (qué española) Privatizar es una palabra muy grande, cuidado con las palabras. Va a ir introduciendo poco a poco medidas que conducirían, bien sur, a una mayor privatización de la enseñanza superior.

Y la universidad en Francia, me dicen, ya es más cara que en España. Eso es obvio, monsieurs, les digo, hasta el aceite marca Cansino tiene el precio duplicado.
Se quejan: pero aquí ya hay una diferencia notable entre las Grandes Écoles (como el Instituto de Estudios Políticos en el que yo estoy) y las Universidades. Los primeros son mucho más caros y más inaccesibles (no sólo por el precio, también hacen una gran selección via pruebas académicas).
"De esta forma", continúan, "se parecerán cada vez más a las universidades de EEUU, que ya son casi completamente privadas y reservadas sólo para unos pocos".
"Pero son las mejores universidades, ¿o no?", dice uno a quien nadie había pedido parecer y que recibe una mirada del resto digna del propio Juanca ante Chávez. Sin embargo, esta opinión no es tan aislada. No todos los estudiantes quieren hacer huelga (tengo que decirlo: me han invitado en el Facebook a unirme a un grupo Contre la Grève) ni están contra la ley, llamada Pecresse por el apellido de la ministra de la Enseñanza superior. La ley Pecresse prevé que en un plazo de cinco años todas las universidades sean autónomas a nivel presupuestario y en la gestión de sus recursos humanos, pudiendo, si lo desean, ser propietarias de sus bienes inmobiliarios.

La ley fue votada en agosto. Mis copains dicen que Sarkozy lo hizo así porque todos los estudiantes estaban en la playita y nadie podía protestar. De hecho, las protestas comenzaron hace sólo unos quince días. Pero no se ponen de acuerdo esta gente: por una parte, están los estudiantes promotores, afiliados principalmente a organizaciones cercanas a la extrema izquierda, que exigen la derogación pura y simple de la ley. Por otro lado aparece la UNEF, cercana al Partido Socialista, que dirigió el movimiento contra el llamado Contrato para el primer empleo (CPE) en 2005. La UNEF considera que lo que quieren los otros es un objetivo imposible de alcanzar y se pronuncia a favor de reivindicaciones sociales y presupuestarias.

Este mismo tipo de divergencias surgen en cuanto a los medios de acción para oponerse a la ley. Están aquéllos que proponen la huelga, la toma y el bloqueo de las universidades (mi amigo Boris, al que le dedicaré un post otro día), los que defienden la huelga sin bloqueo, e incluso aquéllos que proponen unir su movimiento a la huelga ferroviaria.
Estas divisiones, como siempre, benefician. Ya se sabe a quién.

“¿Y creéis que vais a conseguir algo?”, pregunto. (No es escepticismo, sólo curiosidad).
"Por eso lo hacemos" (la lógica es aplastante, es cierto, pero convendréis conmigo en que en España nadie se cree lo que hace).
Hace dos años lo lograron: una ley que había sido ya aprobada, la del Contrato para el Primer Empleo (CPE), fue suprimida después de innumerables protestas. La calle consiguió cambiar el rumbo. En Francia, los jóvenes son conscientes (mucho más de lo que lo somos en España) de sus propios intereses y, a la vez, saben reaccionar ante el hostigamiento social. Lo que pasa es que por aquel entonces la situación era distinta : no existía Super Sarko, que ya ha dicho que él no va a modificar rien de rien, y Chirac estaba en las últimas. Sarkozy fue elegido hace sólo unos meses, por lo que los apoyos aún los sigue teniendo. Y eso se nota : en mi fac hay mucho estudiante de izquierda que admira a Sarko por su « dinamisme ». Y luego también están los que tienen la mala costumbre de ser de derechas.
Así que tenemos un presi fuerte y grandote, y unos estudiantes que no terminan de ponerse de acuerdo. Pero bueno, tienen convicciones. Y eso ya es.
Y yo ahora acabo de cambiar la imagen de huelga española (qué bien no hay clase me quedo acostado hasta que me levante) por la imagen de huelga francesa, que mola más.

domingo, 11 de noviembre de 2007

No, no y no. Me niego

Mientras Juanca y el energúmeno aquel forman el pitote en Chile, los científicos tienen otros temas de discusión.



http://www.elmundo.es/elmundo/2007/11/08/ciencia/1194517462.html






Las gambas oliendo ya el vinagre

sábado, 10 de noviembre de 2007

De cómo vivir con un hombre y no morir en el intento



Hace tiempo que tenía que haber escrito esta entrada, pero estaba demasiado ocupada indignándome.
Pongamos que se llama Chuky y que ha venido hace poco más de quince días de un viaje de tres meses por Estados Unidos para partir en dos la increíble armonía femenina (sí, esas palabras son compatibles) que reinaba en nuestra casa.
Los rastros de una presencia masculina fueron fácilmente discernibles tan pronto como puso uno de sus pies chez nous, que ahora es también chez lui (para ser fiel a la verdad, ya lo era antes porque, para más inri, Chuky es el propietario).
Un macuto con ropa sucia y libros desperdigados encima de la cama de NUESTRO salón, que, a partir de ahora es, además, SU dormitorio, nos dieron la bienvenida de forma física. Cuatro llamadas a la una de la noche anunciando borracho su llegada para las cinco de la mañana hicieron el resto. Desde ese momento lo esperamos con los brazos abiertos (con los brazos abiertos bajando 16 pisos para poder abrir al propietario sin llave de la casa sin porterillo). Chuky, y él lo sabe, es como las lentillas: uno necesita acostumbrarse a ellas poco a poco, por lo que hay que ponerlas en contacto con el cuerpo de forma gradual. Por eso, el primer día sólo lo vimos una hora, tiempo suficiente para vaciar los bolsillos de sus pantalones guarros de dólares americanos, preguntar qué habíamos hecho con su colonia de Hugo Boss y reírse felizmente cada vez que una de nosotras abría la boca (Chuky es feliz, siempre). Al segundo día me lo encontré en el portal como oveja descarriada esperando a que alguien le abriese, después de haber pasado la noche fuera. Ese día le aguantamos más de tres horas. Recuerdo que por aquella época yo aún me preguntaba si al día siguiente lavaría toda su ropa, sucia desde Nueva York. Ahora, cuando la miro, pienso en lo ingenua que era y me pongo nostálgica por la inocencia perdida.
Chuky no ha fregado un solo plato desde que semivive con nosotras (aclaro que a veces no le vemos el pelo en varios días), pero tiene una sonrisa encantadora.
Chuky ya terminó de estudiar y, a parte del alquiler que le soltamos menstrualmente (hasta ahora no ha sido muy regular), no tiene ingresos. Al poco tiempo de llegar estuvo toda una mañana pegado al teléfono. Como le escuchaba decir “llamo por lo del anuncio”, le pregunté que si buscaba trabajo. “No, es que quiero comprarme un coche”.
La tercera noche invitó a sus amigos a casa. Yo ese día tenía otra fiesta. A la mañana siguiente, el olor a cerveza llegaba hasta mi habitación. El espectáculo del salón era desolador. Mientras estaba aún semidormidaenpijama preguntándome si el contenedor de vidrio del edificio tendría espacio para todas esas botellas, Chuky se me acerca y dice “¿Sabes que anoche vomité?”. Acto seguido anuncia que se va y que volverá tarde. La respuesta a mi indignada exclamación de “¡¡Chuky has visto cómo está esto!!” fue “tengo que irme a comprar un coche”. “¿Otro?”. “Sí, éste es para un amigo”.
Creo que es el primer chico que me deja sin palabras a la segunda conversación que mantenemos.
Chuky sólo se alimenta de pasta, cocerla es la única actividad en vertical que le he visto hacer en la casa. Mi compañera de piso inglesa, que tiene un gran espíritu maternal, le aconsejó que tenía que comer fruta. “No me interesa comer sano y, además, la fruta hay que pelarla.” Pero todo lo adereza con una gran sonrisa y una simpática mirada de ojos azules. Tiene el perfil del novio encantador que a la primera de cambio se liga a tu mejor amiga pero sin mala intención.
Mi colloc francesa se horroriza cada vez que Chuky entra a ducharse porque utiliza su delicado jabón facial exfoliante piel sensible para restregárselo por el cuerpo y olvidarlo en el fondo de la bañera que nunca lava. A mí, que sólo uso gel, me preocupan más los continuos y abundantes pelos de su barba por todo el lavabo o el espejo blanqueado cada noche de pasta de dientes.
Chuky dice que va a arreglar pronto la cisterna del aseo que lleva más de un mes cerrado por motivos obvios y cuyo olor comienza a percibirse ya desde el pasillo. También asegura que llamará bientot a un electricista para que nos proporcione la maravillosa oportunidad de ducharnos con luz. Pero el tiempo para Chuky es un concepto relativo.
La continuación de la historia de los calzoncillos sucios que va amontonando al lado de la almohada me intriga bestialmente. Cuando se agote toda su provisión, ¿les dará la vuelta o esperará a que se sequen para reutilizarlos?
Chuky, por otra parte, está convencido de que los recipientes que se utilizan para beber tienen incorporado el GPS hasta la cocina. Ante tanta seguridad, nos hizo dudar, e hicimos la prueba de no mover su taza de café del suelo del salón hace una semana. No sé qué pasará; de momento mantenemos la fe.
El otro día, una lista que decía “Cosas que hacer” imantada en la puerta del frigorífico me hizo pensar que aún podía reformarse. Las actividades que no debía olvidar eran: correr, llamar a Steve por lo de la fiesta, hacer arreglar la cisterna y la luz (nótese la forma impersonal del verbo) comprar vodka, ir a por el coche nuevo y ¿lavar la ropa de la cama? (así, tal y como lo he escrito, con signos de interrogación incluidos).
Ante tal despliegue de actividades, ¿cómo no perdonarle que aparezcan en la maison mochilas asquerosas por doquier que sólo recuerda de quiénes son pasados dos días, que el olor de la parte del salón que rodea su cama se empiece a extender por el resto del piso, que no sepa cómo funciona el lavavajillas, que me avergüence en fiestas de mis amigos entrando por la ventana, que transmita en voz alta reflexiones del tipo “estoy pensando que nunca te he visto borracha” o que aún no haya hecho una puñetera copia de la llave de la casa?

A Chuky, con su sonrisa amplia y su take it easy... ¿cómo reñirle una a Chuky? (quiero decir más de trescientas veces por segundo)


Pido perdón por el título del post. Parece resolutivo pero no lo es, yo aún no tengo la respuesta.