"A vida é o que fazemos dela. As viagens são os viajantes. O que vemos, não é o que vemos, senão o que somos."
Fernando Pessoa

martes, 1 de abril de 2008

Roquefort y chocolate

Porque si es posible comer roquefort con chocolate, también se pueden mezclar una canción de Sabina con un libro de Milan Kundera:


El libro, a pesar de que su autor era checo, fue escrito en francés con el título de L'ignorance, y en él se gastan letras y letras reflexionando sobre una palabra: la nostalgie. Dice, por ejemplo:


Les Tchèques, à côté du mot nostalgie pris du grec, ont pour cette notion leur propre substantif, stek, et leur propre verbe; la phrase d'amour tchèque la plus émouvante: stýská se mi po tobe: j'ai la nostalgie de toi.


Que Kundera me perdone, que voy a intentar traducir:


"Los checos, además de la palabra nostalgia tomada del griego, tienen para este concepto su propio sustantivo: stek, y su propio verbo; la frase de amor checa más emotiva: stýská se mi po tobe: tengo nostalgia de ti".


Plus leur nostalgie est forte, plus elle se vide de souvenirs. (...) Car la nostalgie n'intensifie pas l'activité de la mémoire, elle n'éveille pas de souvenirs, elle se suffit à elle-même, à sa propre émotion, tout absorbée qu'elle est par sa seule souffrance.


"Cuanto más fuerte es su nostalgia, más se vacía de recuerdos. Porque la nostalgia no aumenta la actividad de la memoria, no despierta los recuerdos, se basta a ella misma, a su propia emoción, tan absorta que sólo existe por su propio sufrimiento".


Otro extracto:


Toutes les prévisions se trompent, c'est l'une des rares certitudes qui a été donnée à l'homme. Mais si elles se trompent, elles disent vrai sur ceux qui les énoncent, non pas sur leur avenir mais sur leur temps présent.


"Todas las previsiones se equivocan, esa es una de las pocas certezas que ha sido dada al hombre. Pero si se equivocan, dicen la verdad sobre aquellos que las dicen, no sobre su futuro sino sobre su tiempo presente".


Y no sé por qué todo esto me recuerda a una de mis canciones favoritas de Joaquín Sabina:




http://es.youtube.com/watch?v=tVxLQppfnds


Si alguna vez he dado más de lo que tengo
me han dado algunas veces más de lo que doy,
se me ha olvidado ya el lugar de donde vengo
y puede que no exista el sitio adonde voy.


A las buenas costumbres nunca me he acostumbrado,
del calor de la lumbre del hogar me aburrí,
también en el infierno llueve sobre mojado,
lo sé porque he pasado más de una noche allí.

En busca de las siete llaves del misterio,
siete versos tristes para una canción,
siete crisantemos en el cementerio,
siete negros signos de interrogación.

En tiempos tan oscuros nacen falsos profetas
y muchas golondrinas huyen de la ciudad,
el asesino sabe más de amor que el poeta
y el cielo cada vez está más lejos del mar.

Lo bueno de los años es que curan heridas,
lo malo de los besos es que crean adicción;
ayer quiso matarme la mujer de mi vida,
apretaba el gatillo… cuando se despertó.

Con siete espinas de la flor del adulterio,
siete carreteras delante de mí,
siete crisantemos en el cementerio,
siete veces no, siete veces sí.

Me enamoro de todo, me conformo con nada;
un aroma, un abrazo, un pedazo de pan
y lo que buenamente me den por la Balada
de la Vida Privada… de Fulano de Tal.

Siete crisantemos en el cementerio,
siete despedidas en una estación,
siete crisantemos en el cementerio,
siete cardenales en el corazón.


Termino con otro fragmento del mismo libro:

Si j'étais médecin, j'établirais, sur son cas, ce diagnostic: "Le malade souffre d'une insuffisance de nostalgie."


Que viene a decir algo así como:

"Si yo fuera médico, el diagnóstico de su caso sería: el enfermo sufre de una insuficiencia de nostalgia"

A mí, esta canción de Sabina, siempre me ha parecido nostálgica.





La foto es de Praga, en honor al libro.

jueves, 27 de marzo de 2008

Una casa amarilla con ventanas verdes


La madre de ella le dio las gracias a Dios cuando la tuvo en un hospital más abajo de Despeñaperros, hace ahora veintitantos años. Pongamos que la bautizaron como María.
María tiene el pelo y los ojos oscuros y una forma clara de decir las cosas.

Él fue a nacer, Alá mediante, en tierras agitadas, no muy lejos del desierto donde los cactus crecen hacia arriba y dicen de las puestas de sol que son espectaculares. Él miraba puestas de sol en la época en la que ella salía a las calles a ver las cruces de mayo, en esa etapa de adolescencia en la que uno aún no sabe lo mucho que está añorando la lluvia. La lluvia no era frecuente en ninguno de los dos lugares donde cada uno iba viendo alargarse sus brazos y sus piernas, así que ambos decidieron ir a buscarla por algún otro lado, quizás al norte de un país del norte. Desde distintas latitudes, en busca de una gota de agua.

Coincidieron demasiado. A ella le recordó un tiempo lejano interrumpido y trató de enlazarlo como pudo, y le salió. Él había conocido a muchas chicas morenas, pero ninguna de ellas le había dejado hablar tanto a la vez que le tapaba la boca con la mano. Él no se cansaba de narrar cuentos ni ella de escucharle. Pero no se dieron cuenta de la hora que era y de pronto se les hizo tarde. Ya habían cumplido su misión, habían guardado lluvia en unas cestas y ahora tocaba transportarla. Ella vio su perfil de nariz puntiaguda y tostada alejándose con un billete de ida. Afortunadamente, los brazos que la esperaban a ella eran cálidos, conocidos y confortables (pero no eran los de él ni sabían contar historias de desiertos).

A ella a veces le apetece volverse invisible, por eso se tapa los ojos como un niño pequeño, para que los demás no la encuentren. Dice que está bien vivir como si nunca fuese a ser mañana y como si nunca hubiese sido ayer. Está convencida de que su Dios no ha cruzado los caminos de un árabe y una andaluza porque estuviese aburrido y que si Él cree que es bueno para ellos lo volverá a hacer. Tanta vida de bautizos, comuniones y catequesis no puede acabar en esto.

Él piensa que su Alá no les puede fallar, tantos años de ramadán para nada no parece posible.

A mí, que a estas alturas tengo poco remedio, me da por creer más en las casualidades. Pero probablemente ella y él tengan mucha más razón que yo. Y quién sabe si los dos dioses no podrán unir sus fuerzas y hablando, pongamos, en francés, darle una vuelta de tuerca más al planeta para que caigan de nuevo a no más de un kilómetro de distancia en alguno de sus rincones.

Hace poco hablábamos ella y yo. Yo buscaba algo que decir pero sólo encontraba la imagen de una película opaca en la cabeza que va desenchufando conexiones neuronales. Sin eso, no podríamos ni siquiera lavarnos los dientes o bajar la basura.

Ella me dijo, primero:
“Como siempre, nunca es posible”

Más tarde:
“No te preocupes,
no es fácil suicidarse en silencio”

Y luego, como si se hubiese olvidado de todo lo anterior, me habló de una casa amarilla con ventanas verdes… creo.


lunes, 17 de marzo de 2008

Como nunca




Una foto en la garganta y una pregunta atrapada en el nuevo papel pintado de la pared. Los pasos no pueden sino ser torpes, si una mano se agita en el aire cualquier nacionalidad es capaz de entender el significado del movimiento, aunque vaya sin pañuelo. Las lagunas del parque de la Tete d’Or no son mejores que las de la cabeza. Ni tampoco peores. El agua… el agua siempre se repite, el agua es tan fascinante porque no tiene forma, porque prefiere adaptarse al recipiente que la contenga en cada momento. El agua está compuesta de dos sustancias gaseosas: oxigeno e hidrógeno, un volumen de oxigeno por dos de hidrógeno; y su fórmula química es el H2O (Huellas 2ificables desde Octubre). No es tan raro que los sueños se llenen de fórmulas y de agua, digo los de verdad, los que suceden de noche. Los colores se transpapelan, digamos que se corren con el agua salada, y es importante buscar cuáles son los que pegan y los que se matan. No hay que matar a nadie, ni siquiera si tienes un revólver en una caja azulada debajo de tu sofá, que es el arma que utilizan para matar los que carecen de un solo gramo de imaginación (el revólver, no el sofá). Y no sólo es posible matar a las personas, hay muchísimas cosas susceptibles de ser asesinadas, con botellas de leche o con palabras, y de esa forma no hay forma (valga la redundancia) de extraer bala alguna de sitio alguno. Porque la leche y las palabras impregnan la raíz de lo que se desee matar, y se va absorbiendo todo hasta llegar al núcleo, como si fuese LSD. Ácido, ácido como el limón en el pescado. Los pescados, por cierto, son tontos, incluso los peces lo son. Tienen memoria de pez y se pasan el tiempo (magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro, y cuya unidad en el Sistema Internacional es el segundo) chocándose contra un cristal. Los peces, estoy segura, tienen conversaciones bobas (si son besugos, de besugos, claro). Imagino una charla entre dos peces:
- La respuesta es sí.
- No he hecho ninguna pregunta.
- Bueno, pues la respuesta es sí.
- Y yo no tengo ni idea de cuál puede ser la pregunta.
Por ejemplo.
Por ejemplo, ahora que tenemos tiempo (duración de las cosas sujetas a mudanza), vamos a contar… obviedades:
Obviedad número uno: la clave para aprender a escribir es cocinar.
Obviedad número dos: la clave para aprender a cocinar es escribir.
Obviedad número tres: la clave para no equivocarte es equivocarte.
Obviedad número cuatro: los tapones de corcho se expanden cuando quedan liberados del cuello de la botella.
Obviedad número cinco: la clave para ver es mirar.

Obviedad madre: las obviedades hay que decirlas cuando hay tiempo (época durante la cual vive alguien o sucede algo).

Silvio Rodríguez toca la guitarra (http://www.youtube.com/watch?v=MuoDJp-8RSk):
“No hay nada aquí,
sólo unos días que se aprestan pasar,
sólo una tarde en que se puede respirar,
un diminuto instante inmenso en el vivir,
después mirar la realidad… y nada más…”

Pero “nada más” es demasiado. Habría que llamar a la policía. Habría que llamarla para detenerla, o para que detuvieran las esferas que están llenas de llamas que tiemblan y que aparecen de forma inesperada, como las tiendas de marionetas en Praga o las canas en la cabeza. Como si existiese una chimenea y se pudiera estar junto al fuego ahora que va a comenzar la primavera. Precisamente, ahora que va a comenzar la primavera, c’est nul de mourir en printemps (es un poco imbécil morirse en primavera), que repetían en una canción que escuché por la radio el otro día. No hay nada como hablar en voz alta para no tener que hablar en voz baja.


Goofy acaba de decirle a Mickey:


"Avant de prononcer ma sentence, avez-vous quelque chose à dire?"


Mickey siempre fue más inteligente:


"Sans être mauvaise langue, il n'y a aucune idée de la stratégie à adopter"



Parece que es como siempre pero en realidad es como nunca: y esta entrada parece estar escrita por un pez sumergido en H2O.

martes, 11 de marzo de 2008

Días de lluvia


“Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve (…)”


La lluvia debería poder escribirse. Creo que el desasosiego de la lluvia tiene que ver con la impotencia de escuchar caer las gotas una a una y no poder hacer nada por ellas, ni obligar a alguien a escribirlas para que, al menos, logren seguir vivas en algún sitio. En Lyon, la lluvia no se parece en nada a los violentos y rapidísimos chaparrones que son habituales en el lugar de donde vengo. Aquí la lluvia es lenta, paciente, y creo que es más mayor.

Y es un

toc
toc
toc
toc

A mí me parece que alguien está tratando de cazar alguna historia con una máquina de escribir, pero sin mucho ánimo, y se le va escurriendo en cada tecla:

toc
toc
toc

Y tengo ganas de agarrar las manos de quienquiera que esté intentando lloverse en el papel y dar un poco de ritmo a las pulsaciones, y hacer una lluvia joven, parecida a la de Sevilla. Pero el empeño por agarrar las historias y que no se escapen no sé si es más complicado que intentar controlar la velocidad de la lluvia.

“Llueve
sobre la arena, sobre el techo
el tema
de la lluvia:
las largas eles de la lluvia lenta
caen sobre las páginas (…)”

(Neruda)

Es curioso: a veces, las historias de papel se rebelan y adquieren autonomía y uno va luchando con las palabras, con las letras, coges a una té del palo de arriba y la reconduces y mientras se va colando un puñado de efes y no puedes prestarle atención a todas a la vez, así que las dejas hacer. Es una paradoja que sea más fácil imponer tu disciplina a las historias de verdad que a las otras, o a lo mejor es que lo que escribes es lo de mentira pero comienza a parecer más real que lo real, o a lo mejor es que primero escribes y luego es verdad, antes que primero ocurre y luego lo escribes. Y es que, si no se puede comprobar, ¿qué más da que sea verdad o mentira? Con que sea verdad durante un minuto ya es bastante. Y es verdad cuando se lee. De verdad.

Igual pasa con la lluvia. ¿Cuándo se puede decir que llueve? Ayer caía agua del cielo (eso que es azul y a veces tiene nubes y está encima de nuestras cabezas), pero espaciada, sin decisión, y alguien miró hacia arriba y dijo: “llueve”, y otro alguien le respondió: “esto no es lluvia”. Eso me recordó al título de un poema (lo vi hace poco en una sinagoga de Praga) que una niña judía de ocho años había escrito en su cuaderno antes de morir en Auschwitz:

It all depends on how you look at it

Pues claro, eso ya se sabía, me diréis, y es cierto, nada puedo hacer, hoy es día lluvioso y de clichés. A veces pienso que al planeta le falta un poco de absoluto y de determinación en la lluvia. Sobran relativismos y días soleados, quizá no aquí y ahora, pero sobran. Dicen por ahí que el problema de esta era es y será (cada vez más) la escasez de agua. Yo creo que hay dos: la escasez de agua y de certezas.

“Bruscamente la tarde se ha aclarado
Porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
El tiempo en que la suerte venturosa
Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado (…)”

(Jorge Luis Borges)

Si la lluvia de Lyon fuera música sería jazz, si fuera una ciudad de las que existen sería Cracovia, si fuese un cuadro sería alguno de Chagall y si fuese un día sería hoy. Y si fuese un cuento sería uno largo, sin capítulos, con muchas páginas y letras grandes, sin clímax, con ilustraciones en blanco y negro y final incierto (o abierto, que le dicen ahora). El punto en donde uno debe empezar a preocuparse es cuando las gotas de lluvia dejan de ser segundos para convertirse en minutos. Ahí sí, la cosa es grave.

Recomendación para hoy: un chubasquero.

sábado, 1 de marzo de 2008

Subjetividades

No todas las opiniones son igualmente válidas, heuresement por cierto. La democracia es sólo una teoría. No todo el mundo puede opinar de todo, aunque se haga con más frecuencia de la deseada, por eso uno nunca puede hacer caso a todo el mundo. Pero hay veces en las que se hace oídos sordos de forma terca y no se escucha ni al más docto en la materia, y uno tiene necesidad de ver, tocar, palpar, oler y escuchar lo que te cuentan las piedras.

Yo tengo un amigo que es toda una eminencia en lo que a apreciar la belleza de las cosas se refiere. Yo tengo un amigo cuyo juicio en estos temas (para mí) son quasi sagrados. Ese amigo apostaría su vida afirmando que el puente Karlov de Praga es el más maravilloso de todo el planeta, y así me dijo y me repitió, aún sabiendo a partes iguales de mi afición por los puentes y de mi escepticismo.

Yo, por supuesto, no le creí. Y no le creí porque su historia estaba cargada de subjetividad, porque su puente de Praga estaba vivo y tenía una forma moldeable y tenía nieve y nostalgia y un aire pálido del norte.

No le creí y ahora soy yo la que apostaría mi vida jurando y perjurando por el puente Karlov de Praga. Decir que es el puente más amable del mundo sería no hacerle justicia. Pero la vida no es justa y no voy a prohibirme decir que es el puente más amable por el que nunca he pasado y el que más me ha sonreído. Por eso ha sido al que más he mirado, incluso cuando estaba en él. Pero ahora soy yo quizá la subjetiva, aunque he de excusarme: no es culpa mía; además de todo lo anterior, este puente es también el más subjetivo del mundo.

Y quién sabe si no es eso lo que hace mágico al puente, el hecho de que uno no pueda deshacerse de su gran subjetividad de tela de araña, una subjetividad que cae de arriba como una lluvia pesada cuando pasas por una de las torres que vigilan cada uno de los extremos del puente, como nubes espesas y gelatinosas que te envuelven, que te vuelven pesado, torpe en los movimientos, como una película antigua a cámara lenta, y no puedes, no puedes llegar al otro extremo, pero tampoco quieres, no hay prisa, ese puente no tiene reloj, ni siquiera tiene uno de esos calendarios que se ven cada vez más delgados y que dan miedo.

Y tengo otro amigo que, mirando al río Moldava, estuvo de acuerdo con mi amigo anterior. Tengo un amigo que ajustó su paso al del tiempo del empedrado. Ese amigo me preguntó, entre estatuas oscuras, qué era exactamente lo que me fascinaba de los puentes. No sé cómo se atrevió, él fabricaba la mitad de la subjetividad del puente.

Tengo también más amigos, no se crean, tengo algunos que hasta se evaporaron y jugaron con las direcciones y las manecillas del reloj que no existe. ¿He dicho ya que, cuando el cielo entero de Praga se llena de tormenta el puente Karlov no se moja? Pero los relámpagos siguen brillando desde allí, y a los truenos se les escucha, claro. Pero quand même.

En el puente Karlov hay una treintena de estatuas que se van ennegreciendo con capas de los trocitos de historias que los paseantes quieren buenamente dejar por allí. La escultura más antigua es la de San Juan Nepomuceno, un mártir de quien cuenta la leyenda que, tras caer en desgracia con el rey Venceslao IV, fue arrojado al río allá por el siglo XIV. El lugar de donde fue arrojado al agua está marcado hoy por una cruz arzobispal de latón colocada en la barandilla. Se dice
que, si se pone la mano sobre la cruz de modo que cada uno de los dedos toque una estrella, se cumplirá un deseo.


Los deseos se los hace uno mismo, me dijo alguien un día. Los deseos requieren esfuerzo y hay que fabricarlos, que amasarlos, que dedicarles tiempo y ganas.

Menuda estupidez. Los deseos se piden. Y luego se les espera, y a veces, se les espera y se les espera, y, a lo peor, o a lo mejor, se les olvida.




lunes, 18 de febrero de 2008

Si el poeta eres tú


Feliz Cumpleaños a Manu (por adelantado porque las circunstancias lo requieren)



Digamos que el Ché era a Pablo Milanés lo que Manu es a mí.
Nota: el pajarito del vídeo no es culpa mía, pero bueno, después de todo las canciones son para escucharlas, y no para mirarlas.

domingo, 17 de febrero de 2008

Historia de un ascensor

Si no cada tarde, sí muchas tardes subía yo con ellos en el ascensor. Era una pareja joven, rondando los treinta años, que se paraba en el piso número doce, por lo que compartían conmigo tres cuartas partes del trayecto hasta mi casa, que no es poco. Él tenía el aspecto de un hombre amable y cansado. Ella era rubia y, ahora que caigo, puede que tuviese unos cuantos años menos que él. “Llegan juntos pero no vienen juntos”, creo que algo así fue lo que pensé. Intercambiamos algunos “bonjours” y otros tanto “bonne soirée” y, en principio, no despertaron mi curiosidad como sí lo habían hecho otros habitantes del bloque. Mi curiosidad, efectivamente, se estimuló el día en que subí con él sola en el ascensor (ya se sabe eso de que no es noticia “perro-muerde-hombre” y que sí lo es “hombre-muerde-perro”). Nuestra soledad ascensorial se volvió habitual hasta el martes pasado, día en que rompió la cotidianeidad al entrar en el ascensor con un amigo. Comenzaron a hablar y, hasta ese momento, no supe que él no era francés, y que nunca lo había sido. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que ellos dos jamás habían hablado en mi presencia en ninguna de nuestras subidas. Ese día, él contaba a su amigo (imaginé) aventuras de algún viaje, porque había puesto ojos como de recuerdo. Su compañero le escuchaba atento y, yo no sé en qué hablaban, algo peor que el alemán, pero la frase que provocó el silencio de ambos y que acabó de un tajo con la conversación, a mí me pareció entenderla, a mí me pareció que él dijo algo así como: “Cuando estaba con ella, hasta me olvidaba de hacer fotos, y eso que el escenario era inmejorable”.



Cuando estaba con ella, hasta me olvidaba de hacer fotos, y eso que el escenario era inmejorable.
Pero una mañana ya no estaba. Había dejado la taza azul del desayuno junto al fregadero, y comprendí que nunca regresaría cuando observé que la había llenado de agua hasta arriba.
En cierto modo, lo esperaba. Pero, igual, sentí el tic tac del reloj de pared de nuestro salón golpearme en las sienes y, por primera vez, tuve plena conciencia de que el paso del tiempo era más lento que doloroso.
Irremediable es algo que no se puede remediar, pero ahora estoy buscando en alguno de sus diccionarios la palabra para nombrar lo que no se quiere remediar. A veces era el movimiento de sus manos alisando la mesa lo que me impedía comenzar a llevar a cabo las maniobras básicas para salvarnos. Otras veces abría la boca, movía los labios, soltaba palabras, tomaba aire para no ahogarme, y caía derrotado por el esfuerzo.
He quitado su champú de reflejos dorados de la bañera. Ahora recuerdo que en su pelo se multiplicaba por cinco el olor de su cuerpo, un olor a especias y a exposición de muebles nuevos.
Nuestras últimas conversaciones ni siquiera estallaban. El salón nos tomaba de la mano como a dos niños pequeños y respirábamos aire de globo, incapaz de renovarse. Ella no quería mirarme y yo nunca la miraba porque no quería que supiese lo mucho que deseaba mirarla. Entonces yo, con la vista fija en el sofá rojo que tanto nos había costado elegir, le preguntaba qué libro tenía ahora entre las manos. Se lo preguntaba porque sabía que de esa forma conseguiría atraer su mirada, aunque fuese una mirada arrogante. Y me contestaba despectivamente, como si el hecho de que yo no hubiera leído su libro me colocase automáticamente en otra dimensión distinta a la suya. Y entonces decía “no es nada”, sin tomarse siquiera la molestia de explicarme, regodeándose aún más en su convencimiento del caso perdido que yo era. O sonreía pedagógicamente y se aclaraba la garganta cuando preguntaba el título, o una pequeña sinopsis, cuando me empeñaba en demostrarle que yo no era tonto, aunque no perteneciese a su mundo.

Allí es donde se ha ido ahora, y me ha dejado la inquietante taza junto al fregadero. Y me ha dejado la marca de su barra de labios en el borde, a sabiendas de que yo la vería y la rozaría con los dedos, y trataría de posar mis labios en el mismo trozo de porcelana, como ahora estoy haciendo. Siempre dejándolo todo bien atado, a pesar de que hayamos dejado de mirarnos hace demasiado tiempo. Pero siempre le gustó jugar, y a mí siempre me gustó seguirle el juego.

jueves, 14 de febrero de 2008

Quand on est con, on est con (cuando se es tonto, se es tonto)

Quand on est con, on est con (cuando se es idiota, se es idiota), una de las grandes e irremediables verdades del universo que nos cantó un día George Brassens, alguien así como un trovador graciosillo y nada con de la France d’antan. Cuando digo d’antan me refiero a que fue en la decadencia de la segunda gran posguerra, allá por los años 50, cuando Brassens comenzó a hablar al mundo de relaciones humanas y de problemas sociales con letras inteligentes cargadas de ironía. Dicen de él que era reservado y que le gustaba estar solo, un rasgo que cada vez me semble más una virtud, aunque sólo sea por hallarse en un peligro de extinción más probable que el lince ibérico. Hasta que no le pidieron que cantase sus canciones, él sólo escribía las letras. Debió pensar quizá que su voz sólo era válida en el ámbito doméstico, pero lo que no sabía era que estaba inaugurando la era de los cantautores, era en la que la voz, para cantar, al final es lo de menos. De todos modos, Brassens, más que nada, era poeta (recibió el Premio de Poesía de la Academia Francesa).

A George Brasses le enviaron a Alemania en el 43, con el Servicio de Trabajo Obligatorio que había montado el gobierno de Vichy para proveer de mano de obra a los alemanes; en el 44 volvió a Francia de permiso y no regresó jamás. Una pareja le escondió en su casa, donde se quedaría hasta 1966. A ellos les dedicó varias canciones ("La cane de Jeanne" o "Chanson pour l'auvergnat") y será en ese hogar, rodeado de múltiples gatos a los que adora, donde compondrá gran parte de su repertorio. Y esto lo hará, bien sur, a su manera : sin ayuda de la guitarra que luego llevará siempre entre las manos, y sin ningún tipo de conocimientos de solfeo, Brassens compondrá sus melodías sin importarle un pimiento el respeto de las reglas de la escritura musical. Con el texto en mente, hará nacer el ritmo de la canción golpeando con sus puños en las esquinas de las mesas.

Anarquista, anti religioso, rebelado contra una sociedad que consideraba hipócrita y con un desprecio absoluto por las convenciones sociales, sus letras van a escandalizar al comienzo a un público que aún no estaba acostumbrado a que hablasen sobre ellos, y aún menos, a que hablasen mal. Pero pronto, y muy a su pesar, se convertiría en un cantante bastante popular y reconocido por todos. Los franceses lo idolatran, dicen, por su simplicidad, por ser impertinente pero no provocador, por retratarles sin piedad pero con ternura al fin y al cabo. Y también llegó al público español, aunque allí, como siempre ocurre, llegó traducido. De ello se encargaron, entre otros, Paco Ibáñez, que versionó una de las canciones más famosas: La mala reputación ("La mauvaise réputation") o Javier Krahe que hizo lo propio con, por ejemplo, La Tormenta ("L'orage").

Mi colloc francesa fue la que despertó mi curiosidad cuando me dijo que la chanson Les copains d'abord es la más bonita que conoce sobre la amistad. Comencé así a indagar en su biografía y, como suele ocurrirme, se me olvidó qué buscaba. Quizás cosas como que sólo tuvo una mujer de su vida, una chica de Estonia llamada Joha Heiman. Por común acuerdo, nunca vivieron bajo el mismo techo, pero permanecieron juntos hasta la muerte del cantante. Él la llamaba Püppchen (que en alemán quiere decir “pequeña muñeca”) y de ella dirá: Ce n'est pas ma femme, c'est ma déesse (“no es mi mujer; es mi diosa”).

Y, ya metida en materia, como hoy es 14 de febrero y llevo varios días con un empalago de corazones de chocolate en las patisseries, indigestión de rosas rojas en las floristerías, hartazgo de ofertas de viajes de enamorados en las agences de voyages y empacho de menús especiales para dos en los restaurants, tenía dos opciones: o morirme de sobredosis de azúcar o sucumbir; y he sucumbido: me he vestido entera de rojo y os estoy dejando esta canción de George Brassens que se llama Les amoureux des bancs publics.

http://www.youtube.com/watch?v=UlmyNpn_mnc

Les amoureux qui s'bécott'nt sur les bancs publics
Bancs publics, bancs publics
En s'fouttant pas mal du regard oblique
Des passants honnêtes
Les amoureux qui s'bécott'nt sur les bancs publics
Bancs publics, bancs publics
En s'disant des "Je t'aime" pathétiques
Ont des p'tit's gueul' bien sympatiques


Pero bueno, dejando a un lado esto que llaman el día de los enamorados y a mi (por otra parte, querida) compañera de piso inglesa deseándonos a todos un Happy Valentine, yo lo que quería remarcar hoy es que, como dice George Brassens, quand on est con, on est con. Et c’est tout.
Animo a que se le eche un vistazo, apenas dos minutillos. Aunque sólo sea por escuchar dos conceptos inmejorables: con caduque y con débutant, creo que se entienden bien. Lo que viene a decir es una perogrullada tan sabia... que qué más da que se tengan 20 años o 60, que cuando se es tonto...

lunes, 4 de febrero de 2008

Rencontre fortuite

Foto tomada por Fino


-¿Te imaginas que un día, avec le temps qui passe, nos encontramos casualmente en París?

- ¿Cómo sería?

- Tú saldrías de una boulangerie de Montmartre con un croissant crujiente entre las manos. Fuera estaría lloviendo, pero no tanto como para abrir el paraguas que siempre olvidas. Se te caería algo al suelo, como habitualmente. Un boli, los guantes, unas llaves…

- Tú habrías ido a Montmartre a visitar a un amigo, porque ese no es tu barrio ni tu quartier. El piso alquilado en el que vives daría a los jardines de les Tuleries, aunque en el fondo prefieres Montmartre porque está en una colina. Estarías caminando, leyendo en Le Monde un estudio de una universidad norteamericana que ha descubierto que de cada cien canciones que salen nuevas al mercado, ochenta y cinco contienen la palabra amor. Y estarías pensando que el mundo es tonto, y triste, y previsible.

- Entonces tú te agacharías para recoger las llaves o los guantes, pero se te caería otra cosa al suelo, quizás tu gorra, y se te estropearía en el pavimento sucio y mojado de París.

- Sí, de la rue Pizay. Y tú pensarías “qué desastre de chica”, y te detendrías delante de mí, pero no por curiosidad ni para ayudarme, sino para poder seguir pensando que qué desastre de chica, pero parado.

- Al principio no me reconocerías. O, mejor, no te reconocería yo a ti. Quizás porque tendrías el pelo corto, o liso, o rizado y quizá por eso no te reconocería.

- Tú habrías cambiado de abrigo y me preguntarías qué hacía yo en París. Yo no sabría qué responderte y me reiría, porque ese es el gesto más fácil cuando no sabes algo o se te olvidan las cosas.

- A esas alturas ya estaríamos los dos empapados.

- Y, quizás, en lo que dura un pestañeo, con los ojos cerrados imaginaríamos que estábamos en alguno de los puentes de Lyon.

- Pero no te lo diría.

- Yo a ti tampoco.

- Yo miraría tu croissant y si había cambiado tu forma de mover las manos, y trataría de adivinar en tu bolso o en tu ropa si estabas de paso, si venías sola o si tendrías el tiempo y las ganas de tomar un café conmigo.

- Pero no te atreverías a decírmelo y dudarías porque sabrías que en la mesa te aguardaría una avalancha de preguntas espesas para mojar en la taza. Así que sería yo la que acabaría invitándote a ti, porque, al fin y al cabo, mi croissant se me estaría mojando.

- Y yo aceptaría irreflexivamente. Pero no a un café a la francesa. Sólo a un café. Para que no hubiera nada que pudiera ser previsible.

miércoles, 30 de enero de 2008

El cuarto


A Lucía le encanta su cuarto en los días en los que la inunda un sentimiento verde de placer y de satisfacción encubierta. En esos días, las paredes la abrazan y se siente acogida en sus manos tibias y fuertes, porque, si los cafés tienen orejas, los dormitorios tienen manos con palmas anchas y huecas. Todo parece papel pintado, todo es papel pintado, y huele a pan y a madera. Y aunque Lucía sabe que los niños la esperan para jugar en la calle, y aunque Lucía ve desde su ventana como corean su nombre para que baje y baje, una fuerza irresistible de olor de hogar la atrapa y la encadena a su cuarto amistosamente. Puntos de colores en el techo para enumerar. Lucía no quiere que nadie la apresure. Lo que más le gusta de su cuarto es su calor de albergue, la capacidad que tiene para invitar a té y a plumas, y cómo selecciona a sus huéspedes de esa forma tan personal. Lucía, a su cuarto, nunca le lleva la contraria.


Otras veces, cuando las luces se apagan y no hay luna, son hormigas las que van subiendo en fila india por los muros de su habitación y, como aún es pequeña, Lucía tiene miedo. Pero lo que verdaderamente le da miedo a Lucía es dejar de ver un día desde el cachito de almohada donde ha crecido ese rincón que ha sido cocina, decorado, ciudad, departamento y estudio de fotografía.

martes, 29 de enero de 2008

Burbujas reales


Para M. y para J., aunque M. tenga que traducírselo a J.
Me hubiera gustado poder decir en alemán que aprendí a montar en bicicleta. Quizás algún día, mon cher J.



Yo sé
que el tierno amor escoge sus ciudades
y cada pasión toma un domicilio,
un modo diferente de andar por los pasillos
o de apagar las luces.

Y sé
que hay un portal dormido en cada labio,
un ascensor sin números,
una escalera llena de pequeños paréntesis.

Sé que cada ilusión
tiene formas distintas
de inventar corazones o pronunciar los nombres
al coger el teléfono.
Sé que cada esperanza
busca siempre un camino
para tapar su sombra desnuda con las sábanas
cuando va a despertarse.

Y sé
que hay una fecha, un día, detrás de cada calle,
un rencor deseable,
un arrepentimiento, a medias, en el cuerpo.

Yo sé
que el amor tiene letras diferentes
para escribir: me voy, para decir:
regreso de improviso. Cada tiempo de dudas
necesita un paisaje.

(Luis García Montero)




"A partir de nuestra vida afectiva hemos inventado valores y ahora queremos tener los sentimientos adecuados. Sentimientos que son, por lo tanto, creaciones nuestras también. Esta inadecuación entre los sentimientos reales que tenemos y los que nos parece adecuado tener, somete nuestra vida afectiva a una tensión que pueden enriquecernos o destruirnos."


(El laberinto sentimental)


Esto último es sólo para M. No volveré a tocar más estos temas en el blog, son palabras que no aceptan ser escritas. Pero ellos son especiales; ellos, Lyon y las bicicletas.

miércoles, 23 de enero de 2008

Un día amarillo


Cierto día, un hombre muy guapo preguntó a una niña de once años. “Oye, a ti que te gusta escribir, ¿qué palabra rima con herramienta?”
Un espejo azul de mueble antiguo de cuarto de baño con una pequeña puerta de imán que no acaba de encajar le devolvía su reflejo de hombre que se afeita con mucho cuidado, empujando con la lengua la parte interna de la mejilla que tiene que quedar tersa y preparada para la hoja con mango azul. Dulcemente, con paciencia, como a él le gusta hacerlo todo.
“Pimienta y Cenicienta”. La niña era- es- más rápida y menos paciente.
“Pues mira a ver si puedes escribir algo” (el abuelo de la niña era albañil)
La niña pensó en herramientas relucientes, de colores que deslumbran, de plásticos transparentes, de metales que brillan como papel de celofán…
Ni lo intentó. Demasiada poesía en esas tres palabras para poder encerrarlas en un poema. Resbalosas como peces.

Hoy es un día amarillo. Ayer fui a recorrer las calles de Lyon intentando adivinar cuáles son las losetas que tienen pasado español. Las hay de distintas formas y tamaños, despicadas, con pisadas del número 36 y del 42, mojadas, con huellas de cemento, con manchas de barro, con palomas hambrientas, con niños que las pisan con un solo pie, con hormigas…

Pero me falta información. Sólo hace muy poco he sabido que mi abuelo albañil, en su periplo por el país galo, pasó una temporada aquí (semanas, meses, años…on ne sait jamais) y contribuyó en la construcción de una ciudad de la que me estoy enamorando desesperanzadamente. Y hubiese querido encontrar sus huellas en un día como hoy, en el que ya veo claro que firmes raíces irremediables están saliendo de mis pies y entrelazándose por debajo de las losetas que él puso, cualesquiera que sean.

Y me hubiera gustado saber si también él la amó. Si alguna vez simplemente paseó por ella acariciándola, si entró en una de las abundantes floristerías y pidió una “fleg” para regalar a alguien, si consiguió cruzar algún puente sin detenerse cuando te requiere el Rhône, si miró de noche hacia la Fourvière y algún muro blanco le devolvió la sonrisa, si estuvo esperando a alguien que se retrasó a los pies de la catedral, si se topó con alguna banda de músicos disfrazados (aquí no hay músicos que no lo estén) por las calle de Saint Jean y le regalaron, quizás, La Boheme… A mí me la regalaron. Y sonó completamente amarilla, por lo que ha sido un gran regalo de cumpleaños (amarilla es la canción,
los eneros, los miércoles, los número 23 y los años que cumplo).

Pero nunca sabré realmente lo que pasó como nunca supe por qué su casa olía siempre a bolitas de alcanfor, por qué tenía tantos cuadros de pájaros que abren o cierran las alas según la posición del que los mira, por qué su enorme mueble de pared oscuro transmitía una tristeza antigua que sólo desaparecía al fijar los ojos en aquel frasco brillante con una pegatina hipnotizadora del Curro de la Expo, por qué había en su entrada vidrieras de colores como las de las iglesias y en la mía nos conformábamos con un cristal transparente. Dicen que la realidad supera muchas veces la ficción, pero luego es la imaginación la que supera todo lo demás.

Sea como sea, hoy, después de todo, después de que se me escaparan las palabras resbalosas como peces, hoy intuyo que él y yo tenemos un secreto compartido.

Y lo intuyo por un motivo fundamental: la palabra “chiquita” es amarilla. Y él lo sabía.
Lyon y su magia y sus "luces que no son normales" fotografiados por Fino (http://flickr.com/photos/fino22)

lunes, 21 de enero de 2008

Boris


Boris huele mal. Boris era mi compañero el semestre pasado en una asignatura muy interesante que se titulaba Tratamiento de la Información sobre los Recursos Humanos y el Empleo, y también en EEUU en el siglo XX. Pero, sobre todo sobre todo, Boris era mi compañero en Historia de Rusia.

Boris no se lava mucho, más bien no se lava nada, eso se nota a leguas (así que en el banco de al lado la experiencia es extra-intra-corporal). Digamos que Boris no conoce jabón.
Si se afeitara la larga barba y pusiera un poco de orden en la enmarañada melena, probablemente tendría una cara agradable. Pero cuesta horrores hacer esa abstracción.

Boris tiene los ojos grandes y la cabeza llena de ideas. Y las botas muy sucias. Será por eso que se las quita en cada clase y en cada fiesta y nos enseña a todos sus calcetines. Al fin y al cabo, pensará, su olor no es mucho más desagradable cuando está sin zapatos que cuando los lleva puestos.

Boris es decidido y sabe lo que quiere. Boris quiere a Marx. Boris se empeñó en que en la exposición que teníamos que preparar juntos sobre el coste del trabajo y los salarios añadiéramos “la opinión de Karl Marx sobre las deslocalizaciones y las multinacionales, que nunca nadie la menciona”. “¿No será, Boris”, le dije yo, “que Marx no tenía opinión porque no había multinacionales?”
“No, no, pero la tendría si viviese, y eso es lo que voy a decir yo”. Y lo dijo, y también le dijo al profesor que sabía que él quería que hablásemos sobre las multinacionales y las empresas y sus mecanismos para ganar dinero, y su contribución al PIB de la nación y todas esas cosas, pero que, como las empresas le importaban una mierda, él iba a hablarles del Estado. Y yo fui la sucia capitalista de nuestro trabajo que intentó salvar la asignatura.

Boris también quiere otras cosas. Por ejemplo, hacer todo el rato la revolución. Boris ha organizado cada una de las Asambleas Generales del IEP para intentar bloquear la facultad y protestar contra la ley de Sarkozy, ha hecho campaña pour le blocage y, como no lo ha conseguido (no ha sido su culpa, el chaval desbordaba entusiasmo pero ha chocado de frente con el ala Zaplana de mi fac), se ha ido a liderar los bloqueos de otras Facultades camaradas. No hay una sola vez que hable con él y no me entregue algún panfleto de manifestaciones, viñetas contra el gobierno, revistas político-satíricas fabricadas por él y sus amigos o papeles (algo más que) críticos con la policía. Boris me hace sentir siempre que estoy en un capítulo de Cuéntame y juro que durante algunos minutos me veo en sepia. Él no ha corrido delante de los grises pero es cara habitual entre los policiers lyoneses. Tan familiar es para ellos que la última vez quisieron tenerlo más rato y se lo llevaron a la comisaría. Si yo fuese una cuentista, la historia, que se ha podido leer en los periódicos de toda la France, sería más o menos así:

Érase una vez un grupo de estudiantes reunidos en la Universidad Lumière 2 que deciden atrincherarse y pasar allí la noche para protestar contra un presi malo. Y he aquí que a uno se le ocurre que con tanto gasto de energía y de determinación iban a pasar más hambre que el perrounciego y que alguien tendría que ir a comprar comida. Y he aquí que todos coinciden en que tienen mucho apetito y muy poco dinero. Y de repente, a alguna cabeza pensante se le apaga la bombilla y expone un plan obvio y meridiano: “sólo tenemos que ir al Leaderprice, llenar varios carritos de suculentos manjares, salir sin pagar, que pa eso somos estudiantes, volver a la fac y llenarnos la tripita”. Era el crimen perfecto, aún se preguntan cómo pudo fallar. El caso es que la mala suerte quiso que unos policías muy astutos, provistos sin duda de aparatos de high technology y con la inestimable ayuda de algún topo infiltrado, se enterasen del sucio asunto y detuviesen a 13 de los estudiantes reunidos. De entre los 13 detenidos había al menos uno que no había participado en los hechos y que, sin embargo, fue el primer arrestado, acusado de ser el cabecilla de todo el tinglado: mi Boris. Los escépticos policías no creyeron a Boris cuando este les dio su argumento irrefutable de por qué era imposible que él estuviese implicado en el robo: él nunca jamás ha pisado ni pisará un supermercado, templo del consumismo; él sólo compra en tiendas biológicas respetuosas con el medio ambiente (voilà, creo que en ese tipo de tiendas no venden jabón). El descojone de los policías no le evitó a Boris una estancia de dos noches entre rejas ni, según su versión, gritos continuos, desagradables interrogatorios o duras represalias cuando, después de todo, se negó a hacerse el test de ADN que le pedían. Ahora está pendiente de juicio y tiene que pasar cada semana por comisaría para firmar en un papel. Pero lo que más le duele a Boris es que le hayan confundido con una de esas personas irresponsables que van y compran en los supermercados de este nuestro sistema.

Cuando no está bloqueando universidades, Boris viaja. Boris ha ido a Finlandia en bicicleta para no contaminar. Tardó tres meses en llegar y, durante el trayecto, para estar en comunión con la naturaleza, siempre que encontraba un campo clavaba su tienda de campaña en el cálido suelo polaco, lituano, ruso, etc. y disfrutaba de la brisa nocturna de aquellas tierras. Cuando no encontraba campo pedía refugio en casas de desconocidos amables e, imagino, resfriados o con sentido del olfato poco desarrollado. Con eso se ganó el respeto de todos los alumnos del IEP, los de derechas y los de izquierdas, que utilizan mucho, cuando hablan de él, una palabra cuyo significado, más allá de su uso en sintaxis y gramática, a menudo se me escapa: la coherencia.

Yo no sé si Boris será coherente o no, pero nunca le pidas apuntes si no tienes una lupa de lente extra grande en casa: ha desarrollado una increíble capacidad de escribir con miniaturas que llama letras el contenido entero de un semestre en un solo folio por delante y por detrás. Supongo que con eso, por lo menos, habrá salvado un cuarto de tronco de árbol.

A cambio de todos esos disgustos que me da, Boris me ha prestado varios libros ininteligibles de macroeconomía de la solidaridad, de las deslocalizaciones y el capitalismo, y de la globalización económica y cultural. También me ha enseñado que el periódico comunista francés se llama l’Humanité.

Que no se lave no significa que no sea educado. Boris lo es, y siempre pregunta antes de sentarse en la silla vacía que está a tu lado.
Boris también pregunta otras cosas: en la última clase quiso que alguien le dijese para qué sirve el trabajo. Nadie respondió. Por eso yo siempre trato de responderle a las preguntas fáciles como que sí, que sí que puede sentarse a mi lado.

Boris siempre está muy atento en las clases y, aunque su inteligencia se le nota desde casi tan lejos como su mal olor, Boris siempre dice que no sabe y quiere que se lo expliquen todo. Es cierto: Boris está un poco pasado de moda

A pesar de ello, o quizás por ello, Boris me cae bien. Pero no tiene remedio: Boris huele mal.

miércoles, 16 de enero de 2008

Nada más difícil

“Siempre se dice aquello que uno necesita decir, y que no entenderá el otro; el hablar es cosa destinada a uno mismo” (Proust)


Y una mierda.



Fragmento de ¿Por qué escribir? de Jean Paul Sartre:

"El objeto literario es un trompo extraño que sólo existe en movimiento. Para que surja, hace falta un acto concreto que se denomina la lectura y, por otro lado, sólo dura lo que la lectura dure. Fuera de esto, no hay más que trazos negros sobre el papel. Ahora bien, el escritor no puede leer lo que escribe, mientras que el zapatero puede usar los zapatos que acaba de hacer, si son de su número, y el arquitecto puede vivir en la casa que ha construido. Al leer, se prevé, se está a la espera. Se prevé el final de la frase, la frase siguiente, la siguiente página; se espera que se confirmen o se desmientan las previsiones; la lectura se compone de una multitud de hipótesis, de sueños y despertares, de esperanzas y decepciones; los lectores se hallan siempre más adelante de la frase que leen, en un porvenir solamente probable que se derrumba en parte y se consolida en otra parte a medida que se avanza, en un porvenir que retrocede de página a página y forma el horizonte móvil del objeto literario. Sin espera, sin porvenir, sin ignorancia, no hay objetividad. Ahora bien, la operación de escribir supone una cuasi-lectura implícita que hace la verdadera lectura imposible. Cuando las palabras se forman bajo la pluma, el autor las ve, sin duda, pero no las ve como el lector, pues las conoce antes de escribirlas; su mirada no tiene por función despertar rozando las palabras dormidas que están a la espera de ser leídas, sino de controlar el trazado de los signos; es una misión puramente reguladora, en suma, y la vista nada enseña en este caso, salvo los menudos errores de la mano. El escritor no prevé ni conjetura: proyecta. Con frecuencia, se espera; espera, como se dice, la inspiración. Pero no se espera a sí mismo como se espera a los demás; si vacila, sabe que el porvenir no está labrado, que es él mismo quien tiene que labrarlo, y, si ignora todavía qué va a ser de su héroe, es sencillamente que todavía no ha pensado en ello, que no lo ha decidido; entonces, el futuro es una página en blanco, mientras que el futuro del lector son doscientas paginas llenas de palabras que le separan del fin. Así, el escritor no hace más que volver a encontrar en todas partes su saber, su voluntad, sus proyectos; es decir, vuelve a encontrarse a sí mismo; no tiene jamás contacto con su propia subjetividad y el objeto que crea está fuera de alcance: no lo crea para él. Si se relee, es ya demasiado tarde; su frase no será jamás a sus ojos completamente una cosa. El escritor va hasta los límites de lo subjetivo, pero no los franquea: aprecia el efecto de un rasgo, de una máxima, de un adjetivo bien colocado, pero se trata del efecto sobre los demás; puede estimarlo, pero no volverlo a sentir. Proust nunca ha descubierto la homosexualidad de Charlus, porque la tenía decidida antes de iniciar su libro. Y si la obra adquiere un día para su autor cierto aspecto de subjetividad, es que han transcurrido los años y que el autor ha olvidado lo escrito, no tiene ya en ello arte ni parte y no sería ya indudablemente capaz de escribirlo."

"No es verdad, pues, que se escriba para sí mismo: sería el mayor de los fracasos; al proyectar las emociones sobre el papel, apenas se lograría procurarles una lánguida prolongación. El acto creador no es más que un momento incompleto y abstracto de la producción de una obra; si el autor fuera el único hombre existente, por mucho que escribiera, jamás su obra vería la luz como objeto; no habría más remedio que dejar la pluma o desesperarse. Pero la operación de escribir supone la de leer como su correlativo dialéctico y estos dos actos conexos necesitan dos agentes distintos. Lo que hará surgir ese objeto concreto e imaginario, que es la obra del espíritu, será el esfuerzo conjugado del autor y del lector. Sólo hay arte por y para los demás."



Te vas convirtiendo en Allien y no eres capaz de ver más allá de tus propias narices (por cierto, se queda “narices”).

En lugar del miedo a la página en blanco habría que hablar del miedo a la página escrita.


Si no lo entienden, no sirve. Si no lo entienden, no sirve. Si no lo entienden, no sirve.


Escribir para el pueblo –decía mi maestro– ¡qué más quisiera yo! Deseoso de escribir para el pueblo, aprendí de él cuanto pude, mucho menos, claro está, de lo que él sabe. Escribir para el pueblo es escribir para el hombre de nuestra raza, de nuestra tierra, de nuestra habla, tres cosas inagotables que no acabamos nunca de conocer. Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España; Shakespeare, en Inglaterra; Tolstoi, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra. (...)

Siempre que advirtáis un tono seguro en mis palabras, pensad que os estoy enseñando algo que creo haber aprendido del pueblo.

(Antonio Machado. Juan de Mairena)

lunes, 31 de diciembre de 2007

Año Viejo

Feliz Año Nuevo, Bonne Année, Happy New Year, Frohes Neues Jahr, Felice anno nuovo, Šťastný Nový rok, Gott nytt år, Feliz Ano Novo, Sanat Yadid Saidun, Καλή Χρονιά,...





Berna Wang:



De aquí a un año
pueden pasar tantas cosas:


Que encontremos el amor de nuestra vida,
que lo perdamos (acaso una vez más),
que descubramos que, con todo,
no nos hacía tanta falta.


De aquí a un año
pasarán tantas cosas:
Que las pesadillas dejarán de serlo de pronto
que nos asustarán pesadillas nuevas,
que descubriremos que, con todo, es nuestro miedo (y no las pesadillas).


De aquí a un año es tanto tiempo.

jueves, 27 de diciembre de 2007

Puentes de... a...

- ¿Cómo echar de menos una ciudad en la que nunca has estado?
- Eso es porque las ciudades no existen.
- ¿Cómo echar de menos algo que no existe?
- Basta con cerrar bien los oídos y apretar fuerte los párpados.
- No digo que cómo se hace. Eso ya lo sé. Digo que por qué ocurre.
- Siempre estás preguntando el porqué.
- ¿Sabes cómo se dice en francés "para siempre"?
- Siempre haces la pregunta equivocada.
- "À jamais".
-...
- ¿Nunca has arrojado al río una piedra y has corrido hacia el otro lado del puente esperando que la corriente te la devuelva? ¿Cuántas veces pasa?
- ¿Cuántas veces hay corriente suficiente?

Los puentes son los muebles de las ciudades que más me fascinan. Los puentes, por supuesto, que tienen agua debajo (los otros puentes sólo me fascinan cuando los miro hacia arriba; desde el otro ángulo son amenazantes).
A los puentes, siempre he querido agradecerles su franqueza: uno pone un pie en uno de los extremos, avanza, pone el otro, continúa y, -si no le da a uno por arrojarse a las profundidades fluviales- se alcanza la orilla opuesta y en paz. Voilà. Y, en la mitad, siempre está el medio. Transparentes puentes.
Continuamente pisoteados, los puentes tienen la curiosa capacidad de dividir dos tierras y, a la vez, vincularlas. Te dicen: "precisamente porque debo unirlas de forma permamente, recuerda que son distintas à jamais".


Los puentes son deixis; son un antes y un después en tu paseo. Y guardan debajo de las baldosas y de los adoquines unos polvos mágicos que se disparan hacia arriba cada vez que un pie se planta en el suelo, y luego quedan enganchados en el jersey (cuando es invierno). Se llaman "polvos del olvido" y son los responsables de que, cuando llegues al otro lado, se te haya borrado automáticamente de la memoria la parte de la ciudad que sigue bulliendo a tu espalda. Yo, al menos, cuando cruzo el puente de Triana, no pienso más que en el barrio que le da nombre, y sólo tengo ante mí el Vieux Lyon si atravieso el puente rojo. Lo que queda a mi nuca es el pasado. Y el pasado será el presente con sólo girarme 180 grados.




En los puentes, además, uno es siempre infiel. Estés en el que estés, nunca le miras a él; te pasas el recorrido observando a los otros, y, a veces, con nocturnidad y alevosía, detienes tu camino para poder contemplarlos lujuriosamente. Sólo si estás en Los Otros miras a Éste.




Los puentes, todos lo saben, tienen microclima propio. Quién, que haya ido a parar un agosto a Sevilla, no ha experimentado un sudor frío abrasador ante la perspectiva de tener que adentrarse, cual Llanero Solitario, en el puente de San Telmo para poder alcanzar una Plaza de Cuba que se antoja la tierra prometida? Yo doy fe que, a mitad del recorrido, cuando te pesan los párpados y se acentúan las dificultades respiratorias, y el puente parece duplicarse y triplicarse en tu propio rostro y los espejismos en forma de charco alcanzan la planta de tus pies, el esfuerzo que hay que hacer para mirar al frente y no arrojarse de cabeza al Guadalquivir es comparable al requerido para no dar media vuelta y salir pitando como un avestruz cuando se despliega ante ti, majestuoso, el Pont de la Guillotière de Lyon y anuncia vientos glaciales con escarcha del Rhône y diez grados menos de los cinco en negativo que marcan los termométros.

En los puentes, en fin, puedes aprender a querer a una ciudad, las puertas siempre están abiertas, disminuye la velocidad, hay vaho en la boca o sudor en las axilas, el sol tarda más en ponerse, aún te queda la llegada, los besos duran más y son fluviales, se ve la ciudad doble, te deslumbran las calvas de los piragüistas, llueve más de lo permitido, no se está en ninguna parte, la sed es más urgente, es más difícil encender un cigarrillo, hay dos lunas llenas, se recogen excusas para llegar tarde, la niebla es más espesa, escupir no está mal visto, huele a río y a pescado, y, la mayoría de las veces, te despeinas. Y si te asomas más de la cuenta... un puente es vértigo pasado por agua.

Me fascinan los puentes. Y echo de menos algunos en los que nunca he estado. Los puentes, a diferencia de las ciudades, sí que existen.

martes, 25 de diciembre de 2007

Dicen que hoy es Navidad

Mejor te invento






Estás alicaído, estás dudando,
no te alcanzan las pruebas ni las preces,
cada Dónde te ofusca, cada Cuándo.


Recorres el confort, las estrecheces
que quedaron atrás y es razonable
que reclames la vida que mereces,

las ventanas de paz, el techo estable.
Pero yo, te confieso, prefería
(cómo querés, hermano, que te hable?)

cuando tu vieja angustia estaba al día
con la angustia del mundo, cuando todos
éramos parte en tu melancolía.

Sé qué polvos trajeron estos lodos
pero saberlo no es la mejor suerte.
Inventaré quién sos. De todos modos.

Inventarte es mi forma de creerte.


(Mario Benedetti)

domingo, 23 de diciembre de 2007

es könnte auch anders sein


"Daba vueltas en la cama mientras Teresa dormía y se acordaba de lo que había dicho hacía tiempo en una conversación intrascendente. Estaban hablando de su amigo Z. y ella afirmó: Si no te hubiera encontrado a ti, seguro que me hubiera enamorado de él.

Ya en esa ocasión aquellas palabras le produjeron a Tomás una extraña melancolía. Y es que de pronto se dio cuenta de que era mera casualidad el que Teresa lo amase a él y no a su amigo Z. Se dio cuenta de que, además del amor de ella por Tomás, hecho realidad, existe en el reino de lo posible una cantidad infinita de amores no realizados por otros hombres.

Todos consideramos impensable que el amor de nuestra vida pueda ser algo leve, sin peso; creemos que nuestro amor es algo que tenía que ser; que sin él nuestra vida no sería nuestra vida. Nos parece que el propio huraño Beethoven, con su terrible melena, toca para nuestro gran amor su es muss sein! (Tiene que ser!)

Tomás se acordaba del comentario de Teresa sobre el amigo Z. y constataba que la historia del amor de su vida no iba acompañada del sonido de ningún es muss sein!, sino más bien por el de es könnte auch anders sein: también podía haber sido de otro modo."


"Cuando Tomás regresó de Zurich a Praga, le invadió una sensación de malestar al pensar que su encuentro con Teresa había sido producido por seis casualidades improbables.

¿Pero un acontecimiento no es tanto más significativo y privilegiado cuantas más casualidades sean necesarias para producirlo?

Sólo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje. Lo que ocurre necesariamente, lo esperado, lo que se repite todos los días, es mudo. Sólo la casualidad nos habla. Tratamos de leer en ella como leen las gitanas las figuras formadas por el poso del café en el fondo de la taza."


(La Insoportable Levedad del Ser. Milan Kundera)

sábado, 22 de diciembre de 2007

Compromiso


Hace algunos días, la conversación de tres personas alrededor de una botella de Côtes de Rhône en un bouchon lyonnais tomó los derroteros del artículo de Suso de Toro que transcribo a continuación. No mucho tiempo antes, una historia d’ailleurs había desencadenado también una discusión parecida en el sofá rojo de un piso 16 entre chicas Garibaldi. Las conclusiones a las que se llegaron… se me olvidaron.



- ¿Qué te pasa? Hoy pareces disgustado…
- Psé. Sí, estoy disgustado. Un poco. Ya lo veía venir…
- ¿Qué es lo que veías venir? ¿La subida del petróleo?
- No, hombre, no. Hablo de mis cosas. Hablo de cosas serias.
- Bueno. Que el petróleo suba es una cosa seria, afecta al pan, al gas, a los salarios…
- Sí, hombre, ya lo sé. Pero al final siempre vamos tirando, ¿no? No es el fin del mundo. No es eso. Es que mi hija se divorcia de su marido.
- Ah, bueno. Pensé que era otra cosa. Hombre, no hay para alegrarse, pero si la cosa iba mal…
- Sí, iba mal. La mujer y yo ya veíamos que llevaban un tiempo de morros. Pero ahora… Tienen una niña de dos años…
- Ya. Pero es peor que la niña crezca viendo a sus padres llevarse mal.
- No sé. No sé. Ya no entiendo nada.
- ¿Pero estás contra el divorcio?
- ¿Quién, yo? Quita, quita. El divorcio es lo mejor, cuando no hay solución es lo mejor. Pero, digo yo, ¿es que ahora nunca hay solución para los problemas de los matrimonios? Es que tiran la toalla en seguida. En cuanto llevan dos o tres años casados y ven que no se llevan bien ya se divorcian.
- ¿Y qué quieres que hagan? Es lo mejor; si no se entienden, divorcio y santas pascuas.
- Cómo se nota que no estás casado y no tienes hijos…
- ¿Y por eso no tengo razón?
- No sé. Yo creo que no. Creo que hay que luchar, ¿no? Antes de tirar la toalla.
- Lo dices por los niños.
- Lo digo por los hijos, claro. Eso lo primero. Ya sólo por eso habría que pensárselo bien, ¿no crees? Pero es que además lo digo por uno mismo.
- Pues por uno mismo lo mejor y más cómodo es cortar por lo sano.
- Pues no, no estoy de acuerdo.
- Ah, tú crees que hay que sufrir, ¿no? Venimos a este valle de lágrimas a sufrir… Oye, vida no hay más que una. Yo ya tengo más de treinta años y quiero disfrutar lo que pueda. Me queda toda la eternidad para portarme bien.
- Pero es que entonces no se puede contar nunca con nadie. Si cada uno va a lo suyo, ¿cómo vas a poder confiar en nadie, en que va a estar ahí cuando lo necesites? Es que así no se puede ni formar un contrato de sociedad, una empresa… Así no hay matrimonio que valga. Si no estás dispuesto a nada…
- ¿Pero a qué hay que estar dispuesto?
- A intentarlo en serio, a cumplir lo prometido. A todo, a algo, a prometer. Si no puedes prometer algo e intentar cumplirlo entonces es que no tienes palabra. No vales nada.
- Pero si no hay nada fijo, hombre. ¿Tú cuánto hace que trabajas en esta empresa?
- Nueve años.
- Bueno, pues ¿y si el año que viene te echan? No puedes confiar en nadie, ni en el futuro. No hay futuro. Lo mismo ocurre con las relaciones, te dejan o la dejas.
- Pero es que así no se puede pedir ni una hipoteca, si no hay confianza en el futuro. Si no hay un pacto de futuro.
- Desengáñate, ya nadie se compromete. No hay compromiso, un contrato no vale nada. Ni siquiera el de matrimonio. Lo que firmas no vale nada.
- Pero si nuestra palabra no vale nada, entonces ¿qué valemos? Si no somos capaces de comprometernos a nada, ¿qué valemos? No valemos nada.
- Pues a lo mejor valemos poco.
- Entonces no hay futuro. Así no hay futuro.
- Ay, qué equivocado te veo. Eres un hombre antiguo.

domingo, 16 de diciembre de 2007

El planeta en el bolsillo


El planeta entero cabe en un bolsillo. A veces, cuando ocurren ciertas cosas, es fácil guardarse el planeta en el bolsillo.
Yo no sé mucho del aire frío que corre cuando las boulangeries comienzan a cocer baguettes en el horno. No sé mucho del aire pero lo intuyo, y a veces lo adivino.
A veces un elefante cabe en una maleta y otras veces no hay espacio para una onza de chocolate. Todo depende. Depende de lo que queramos llevar con nosotros.
Siempre has pensado que los dioses, los antiguos dioses, son los únicos que pueden decirte dónde comienza el océano y termina la tierra. Y un buen día descubres que no existen líneas de demarcación. Pero tú ni siquiera sabes para qué sirve el océano.
Ne t’en fais pas. Sólo tienes que escribir en letras grandes en los muros para que no se te olvide. Muchas de las hojas picudas que crujen en el suelo y que te gusta pisar y que se deshagan sólo están hechas de casualidades. Nunca se sabe cuál será la que no toque la acera porque se te quede enredada en el pelo. A veces sorprende.
Es difícil mirar por la ventana. Es muy fácil mirar el cristal; lo complicado es intentar fijar la vista en los tejados rojos. Y en los marrones.
“¿Merece la pena?” es una pregunta caduca. La respuesta es inevitable. La respuesta es: inevitable.
Y el cielo rosa de frío se llenó de nubes y comenzó a verterse. Una niña echó de menos estar tumbada en la alfombra y, agotada hasta la extenuación, mirar los ratones de la Cenicienta. Pero a veces la madera reconforta. La madera es mucho más calida que una fila de dientes mojados de sal. Parce que j’étais faible, j’ai été intransigeant , dijo una vez Charles de Gaulle. No es raro tener miedo a la vulnerabilidad. Y el miedo es el motor del mundo, aunque a veces lo paralice. Afortunadamente, la luna tiene los mismos cráteres desde cualquier vidrio.
Tienes que aprender que no soportas el sabor del café y que la pasta de dientes la prefieres líquida. No se puede dudar sobre ciertas cosas. Como, por ejemplo, que las ciudades no existen, ni las carreteras ni los puestos de cromos. Y da igual lo que digan. No hace falta ir a Finlandia en bicicleta para saber que tienes principios. Es cierto que el cajón se llenó de polvo y las termitas se han comido una buena parte del tirador. Sólo digo que si buscas los principios podrás encontrar los finales sin dificultad. Y da igual lo que digan.
El agua vuelve ineficaces a las personas: inviertes demasiado esfuerzo en mover el puño y acabas golpeando a alguien sin hacerle daño. Gasto inútil de energía.
Menos mal que bajo la tinta se puede reír a carcajadas.
Cuando estás al volante y el paisaje se vuelve borroso porque los ojos se llenan de lágrimas, ¿es mejor sonreír o dejar de conducir un momento?
La nieve aún no ha llegado a Lyon pero es curioso como puedes sentir calor en las manos a diez grados bajo cero. Serán las castañas.
Es imposible hacer caso a todos a la vez. A veces, los primeros; a veces, los segundos; a veces, los terceros; a veces, ellas; muy pocas veces, tú. Y, a veces, los últimos serán los primeros.
Con la que está cayendo últimamente…
En cualquier caso, siempre he dicho que tendrían que existir amapolas naranjas.
Pero, para no mentir, las rojas son tan bonitas…

lunes, 10 de diciembre de 2007

Voyeuse

Es rubia o, al menos, su cabello no es demasiado oscuro. Tiene una estantería con libros, un gato, un equipo de música en el que se debe escuchar bastante bien a Gainsbourg y una mesa con revistas y papeles aún más desordenada que la mía. También tiene una maceta enorme y un marco que le pone límite a un rostro en blanco y negro.
Le gusta regar su planta y manosear las hojas hacia adelante y hacia atrás, como si estuviera acariciando a un gato. Pero al gato no lo toca nunca. Le gusta comer el helado que venden en tarrinas grandes con una cuchara pequeña. También le gusta apoyar la frente contra el cristal de la ventana, sobre todo cuando llueve (en esta última semana ha tenido sin duda el escenario perfecto).

Le da igual que las manecillas del reloj (no sé si será digital o no, pero prefiero imaginármelo con agujas) le avisen de que es minuit, las cinco de la madrugada o las siete de la mañana: su lámpara siempre está encendida. Sin embargo, desde hace varios días me tenía un poco inquieta: la habitación ha permanecido completamente a oscuras, incluso de noche. Y, paradójicamente, este fin de semana cada rincón de Lyon se ha iluminado con miles de luces de colores en su Fête de la Lumière.

Heuresement, ya he comprobado (con alivio) que no se me ha mudado la única persona del bloque que no parece extremadamente francesa, con esa mala costumbre que tienen de dormir cuando no hay sol. Ayer noche volvió a hacerse la luz: ella tenía, como siempre, la frente apoyada en el vidrio, pero también tenía unos brazos que le salían alrededor de la cintura y una cabeza semiasomándose por encima de su hombro.

Mi vecina ha conocido a alguien. Yo me alegro sobre todo por su gato, que ha pasado de ser ignorado a ser un receptor de múltiples caricias (la vida es injusta con los animales).

Ella vive, como yo, en un piso 16, y nuestros bloques forman algo así como un ángulo recto.

Intuyo que nos observamos mutuamente.

Pero qué habrá visto ella, eso ya es otra historia...
Por cierto, en Francia, las ventanas no tienen cortinas, y en la Fête de la Lumière, la gente coloca velas encendidas en los alféizares de las ventanas.

viernes, 30 de noviembre de 2007

Los fantasmas de París












Y me retuvo. Y la luna color viejo saxofón estaba allí (aunque algunos se empeñen en llamarla "sol"). Y allí estaba París, tan igual y tan distinta desde la última vez que la ví. Y merece la pena, las huelgas, las interminables esperas en el metro, el retraso de los trenes en la estación más fría del mundo (me falta mundo) sólo con mirar durante un segundo el ángulo más oscuro de Notre-Dame reflejado en el Sena desde el Puente de Las Artes. Sólo con tener a la vista todas las azoteas de París desde la colina del Sacré Coeur mientras un guitarrista francés pone la banda sonora y dos cordobesas se deshacen en sonrisas. Sólo con acercarme, una vez más, a la Ópera y buscar a ese fantasma, a Erik, en el palco número 5.

De él iba hablando hace poco mientras remontaba los Campos Elíseos destino Gare de Lyon y las luces azules en los árboles de la Avenida me decían lo que ya sabía: que echaría de menos París. A Erik y a su ciudad les dedico esta entrada:

Al llegar a este punto de su relato, parece que el Fantasma se puso de pie tan solemnemente, que el persa, que había vuelto a sentarse, tuvo que volver a levantarse, como obedeciendo al mismo impulso y comprendiendo que era imposible permanecer sentado en un momento tan solemne y hasta se quitó (el mismo persa me lo dijo) su gorro de astracán, a pesar de que tenía la cabeza afeitada.

–¡Sí! Me esperaba –prosiguió Erik, que se puso a temblar como una hoja, pero a temblar con una verdadera emoción solemne...–, me esperaba de pie, rígida, viva, como una verdadera novia que ha comprometido su salvación eterna...
Y cuando yo me adelanté, más tímido que una criatura, no me huyó... no, no... permaneció allí... me esperó... y hasta me parece, “Daroga”, que adelantó un poco, ¡oh!, muy poco, su frente como una novia viva... Y yo..., sí... ¡yo la besé!... Yo... ¡Yo... yo... ¡Y no cayó muerta... Permaneció sencillamente a mi lado... después que la hube besado así... en la frente...
¡Oh! “Daroga”, ¡qué bueno es besar a alguien! ¡Tú no puedes saber lo que es eso... ¡Pero yo... ¡yo... Mi madre, “Daroga”, mi pobre madre, no quiso nunca que yo la besara... Huía, arrojándome el antifaz... ni ninguna mujer, jamás, jamás, jamás consintió en ello... ¡Oh!, entonces, ¿verdad?, ante semejante felicidad lloré. Y caí llorando a sus pies... Y tú también estás llorando, “Daroga”... Y ella también lloraba... lloraba como un ángel...
Al contar estas cosas, Erik lloraba y el persa, en efecto, no podía contener sus lágrimas ante aquel hombre enmascarado, que con los hombros sacudidos por los sollozos y las manos oprimidas contra el pecho, ora jadeaba de dolor y ora de enternecimiento.


–...¡Oh!, “Daroga”, sentí sus lágrimas correr sobre mi frente. Eran cálidas... eran suaves... Corrían por debajo de mi máscara sus lágrimas e iban a mezclarse con las lágrimas de mis ojos... corrían hasta mis labios... ¡Oh!, sus lágrimas bañando mi cara. Escucha, “Daroga”, escucha lo que hice... Me arranqué la careta para no perder una sola de sus lágrimas...
Y no huyó... Y no cayó muerta... Permaneció viva llorando sobre mí... Junto conmigo... Lloramos juntos... ¡Oh! Dios, infinitamente bueno, en ese instante me concediste toda la
felicidad del mundo.

Y Erik se desplomó jadeante en el sillón. El persa se precipitó hacia él, pero lo detuvo con un ademán.
–¡Oh!, no voy a morir enseguida, en el acto... pero déjame llorar...

Al cabo de un rato el hombre de la máscara dijo:
–Escucha, “Daroga”, escucha bien esto... Mientras yo estaba a sus pies... oí que Cristina decía: “¡Pobre, desdichado Erik!” ¡Y me tomó las manos!... Entonces, ya no fui, “Daroga”, como comprendes, más que un pobre perro a sus pies.
Figúrate que yo tenía en la mano un anillo, un anillo de oro, que yo le había dado... que ella había perdido... y yo había encontrado... Una sortija de compromiso, ¡vamos! Se lo deslicé en su pequeña manita y le dije: ¡Toma esto! Toma esto para ti... y para él... Este es mi regalo de bodas... el regalo del pobre desgraciado Erik... Sé que lo amas a ese joven... ¡No llores más... Me preguntó con voz suave qué quería decir. Entonces le hice comprender, y enseguida comprendió, que yo no era para ella más que un pobre perro, dispuesto a morir... y que ella, ella podía casarse con el joven cuando quisiera, porque había llorado junto conmigo.
¡Oh!, créeme, “Daroga”, cuando le decía esas cosas, era como si me arrancara el corazón, pero había llorado conmigo... y había dicho: “¡Pobre desdichado Erik!”

La emoción de Erik era tal que tuvo que advertirle al persa que no lo mirara, porque se ahogaba y se veía en la necesidad de quitarse la máscara. El “Daroga” se dirigió a la ventana y la abrió, con el corazón oprimido por la piedad, pero teniendo cuidado de fijar la vista en las cimas de los árboles del jardín de las Tullerías, para no ver la cara del monstruo (...).

(El Fantasma de la Ópera. Gaston Leroux)

Quiero y no quiero conocer a Erik, pero siento una atracción irresistible hacia él. Comme pour Paris...