"A vida é o que fazemos dela. As viagens são os viajantes. O que vemos, não é o que vemos, senão o que somos."
Fernando Pessoa

jueves, 3 de julio de 2008

El unicornio que nunca tuvo


Una pareja de unos 50 años está sentada en un banco de la Plaza de España de Cádiz. En esta plaza hay bancos dispuestos alrededor de una fuente, y otros que te hacen mirar a los árboles. Ellos prefieren mirar a los árboles. La plaza no tiene nada de especial, salvo porque ha sido elegida por ellos como casa, o como dormitorio, o como segunda residencia, no sé. Es una pareja porque son dos, ignoro cuál es el lazo afectivo que los une. A decir verdad, no noté gestos cariñosos ni beso alguno, pero quizá los besos se hacen más de rogar cuando tienes que dormir a la intemperie. El color del pelo de ella se parece al de alguna de mis Barbies, sus cejas negras dicen que es teñido. Él tiene una barba digna, una camiseta del Covirán y mucho vello en los brazos. Los dos lucen una piel tostadísima; como no parecen tener prisa, supongo que la playa que está a 20 minutos andando de allí es algo más que un lugar frecuentado por ambos.

Tienen suerte de no tener maletas.

De tenerlas, no podrían disponer de Cádiz a su antojo, no podrían pasear por el casco antiguo, cruzar las murallas ni sentarse al sol, que, cuando no tienes casa, es una de las mejores actividades que se pueden hacer en Cádiz. Si tuviesen maletas tendrían que tenerlas, tendrían que cuidar de ellas, tendrían que preocuparse de que nadie intentase apropiarse indebidamente de su contenido y, en cierta forma, lastrarían sus pies con chanclas.

Eso lo sabe muy bien el señor que les estaba esperando en el banco de enfrente cuando ellos llegaron a la plaza. Ya se conocen. La pareja tuvo que adoptar ese estilo de vida hace unos meses; él es nuevo, y le están enseñando, pero no se integra. Son sus maletas las que dificultan la integración. Una grande, de esas en las que caben más cosas de las que te dejan transportar en un avión; una mediana, que no contiene ropa sino objetos duros y picudos que forman montañitas en la superficie; la última, pequeñita, con dos asas que parecen pegadas a su muñeca y que debe ocultar algo importante, como un fajo de billetes de 500 euros o un álbum de fotos, a juzgar por la forma en que la aprieta contra su vientre, incluso cuando se levanta a beber agua a la fuente (hasta que la pareja amiga le regala un botellín de cerveza). Lleva varios días durmiendo en la Plaza de España. Apareció una tarde, con sus maletas, como quien va de viaje a ningún sitio o como quien sube una escalera de esas que no llevan a parte alguna (tengo un amigo al que le encantan ese tipo de escaleras). Se sentó en el banco y no trató de buscar un armario para sus cosas. Se sentó, simplemente, mirando sus maletas. No tenía una expresión triste, que no me hubiese puesto triste a mí, sino una mueca de adaptación (mitad adaptación, mitad arrepentimiento), que sí logró entristecerme. No quiere ir a ningún sitio, no mientras tenga maletas.

Yo le entiendo: no es agradable hacer maletas, pero es infinitamente peor deshacerlas. Deshacer las maletas tiene a veces un significado pesado, y no siempre se está preparado en el momento en que se da por supuesto que debería hacerse. Si hay algo a lo que te empuja esta sociedad incomprensiva es a deshacer las maletas inmediatamente después de llegar a un sitio. Sin embargo, el mundo debería saber que en toda maleta hay siempre dos cosas: ropa sucia, que se ensució de alguna manera concreta, y ropa limpia, que alguien limpió también de algún modo. Lo primero que va ocurrir al deshacer las maletas es que va a cambiar el estado de ambas, y eso no es moco de pavo. Este señor ha superado ya los cuarenta, y en ese momento de la vida uno ya no puede hacer caso omiso a la sociedad, y no queda otra que deshacer las maletas al llegar al sitio. Por eso, él no quiere moverse aún del banco de la plaza, porque no está preparado para tener la evidencia de lo que ya es evidente: que no puede deshacer su equipaje en el mismo sitio en que lo empaquetó.

O, como me dijo mi amiga sabiamente, “sí, claro, porque le recuerda al unicornio que nunca tuvo”.

Por eso, los tres, la veterana pareja y el señor de las maletas, comparten bocadillo de mortadela mirando a los árboles, nalga con nalga, hablando de Zapatero y del Cádiz F.C., bebiendo cerveza y comentando la crisis económica que nadie se atreve a anunciar, levantando la mano para adivinar la dirección de la brisa que ha comenzado a levantarse y que la rubia llama “viento”, confesando lo injusto que hemos sido todos con Luis Aragonés.

El hombre de la barba sigue intentando integrar al de las maletas:

- Venga pisha, mira er fresquito que hace e’ta noshe, ya verá qué bien vamo a dormí hoy.

Yo continué sentada en el banco, no muy lejos de ellos, esperando a alguien que nos iba a traer las maletas a mis amigas y a mí. Pero ya no sé si quiero que ese alguien venga. Yo continué esperando y pensé que lo que yo quería era escribir para que tipos como aquellos me leyesen y siguiesen comiendo sus bocadillos de mortadela.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Alisa,
Creo que somos un poco iguales en el sentido que las maletas nos incomodan la existencia. Yo, por ejemplo, hice maletas mis respectivas maletas hace 2 semanas y todavía no las he deshecho. Dos semanas! Al parecer según me ha dicho mi amigo ligeramente sabio, que esto significa que no te quieres quedar en el destino en que te encuentras. Creo que tiene razón mi amigo. No deshago mi maleta porque mantengo la esperanza que pronto me iré de este lugar.

Josefina y Nagasaki dijo...

¡Felicidades! Me gusta mucho tu blog. Seguiré leyéndolo con interés.