"A vida é o que fazemos dela. As viagens são os viajantes. O que vemos, não é o que vemos, senão o que somos."
Fernando Pessoa

viernes, 31 de julio de 2009

faut pas trop savoir






They didn't know it was impossible, so they did it

Como no sabían que era imposible, lo hicieron

Mark Twain






M.C. Escher: Belvedere (1958)

jueves, 30 de julio de 2009

Les Feuilles Mortes

El escenario se llena de sombra negra que no es oscuridad sino ignorancia de luz.

Las luciérnagas intentan hacerse notar pero se olvidan de mover las alas.

De pie, en la escena de un antiguo teatro romano, desliza un saxofón que viene del caribe.

Sus labios acarician el metal y lo sabe. Que cualquier pequeño suspiro se convertirá en huracán para los cientos de oídos que se clavan en él. Abre sus pulmones, se llena del aire seco de la noche y piensa en su mamá cocinando plátanos calientes. Sabe que tiene un auditorio, y que no puede soplar desvaídamente, sino convertir en melodía cada partícula de aire que se aloja en las paredes de su estómago.

Un auditorio que no sólo abre bien las orejas sino que sobre todo lee en sus manos, le investiga su pecho, le escudriña los ojos y esta dispuesto a soltar amarras y dejar caer un par de lágrimas por menos de una hoja bailando.

Las columnas de mármol se vuelven pacientes. Todo lo demás es mentira.

Qué suerte que le escuchen antes de comenzar a soplar. Qué suerte enorme.

Y entonces, sentada en las gradas de piedra ahogando una sonrisa por ellos, por los que confunden progresismo con un patetismo qui n’est plus comique, se me ocurre que la Humanidad, al fin y al cabo, es capaz de tocar el saxofón.

Yo no soy capaz. Y le escribo a una luciérnaga que no conozco y que no tiene auditorio.

Allí donde algún actor romano de alguna tragedia griega aguardaba su momento de gloria (los momentos que se aguardan se espera que sean gloriosos) antes de recorrer el pasillo de piedra, vi una luciérnaga y pensé en ella, y luego en ellos, en los cómicos, en los que tienen de su parte a los muros, que les devuelven siempre lo que quieren escuchar: un eco de sí mismos. Una tragedia griega en un anfiteatro romano. Qué mala suerte para la luciérnaga.



A la parte alta de las gradas llegó mejor. El negro cubano me sorprendió lanzando al aire un puñado de hojas muertas, Les Feuilles mortes de una noche de verano al saxofón.

Y sentí que la luciérnaga que no conozco se merecía aquellas notas tanto como yo, unas notas que seguramente habrá escuchado antes, como yo. Vivement la mirada rizada de la izquierda.


Allí donde solía situarse el coro debería haber estado ella


“En las noches cálidas, es posible ver a las luciérnagas hembras iluminarse para atraer a los machos que sobrevuelan. Si se sienten amenazadas, desactivan la luz. Generan luz mediante un órgano especial situado bajo la cutícula (ectodérmico), situado en la parte inferior del abdomen, en intervalos de 6 a 8 segundos. Esta luz se produce por un proceso de oxidación de la luciferina en presencia de la enzima luciferasa, que ocurre muy rápidamente. Este proceso recibe el nombre de bioluminiscencia y emite una luz brillante con poca elevación de la temperatura. Algunas especies emiten la luz con esquemas definidos de variación en los intervalos y el número de destellos”.

Santa wikipedia: en las noches cálidas, es posible ver a las luciérnagas hembras iluminarse para atraer a los machos que sobrevuelan. Si se sienten amenazadas, desactivan la luz.


Así que, al fin y al cabo, las luciérnagas tienen su propia luz, aunque por periodos prefieran ocultarla. Entonces son ellos, los cómicos pasados de rosca, los que más necesiten un puñado de hojas muertas para poder seguir, porque ignoran la luz y hace ya tanto tiempo que comenzaron a comprar bombillas en el supermercado para alumbrarse. Lástima por ellos. Pena en los dos sentidos que tiene la palabra, en el español de España y en el de Latinoamérica.

Que la luciérnaga que no conozco me perdone. Ojala hubiera podido enviarle un puñado de feuilles mortes.


Vivement esa mirada rizada de la izquierda


La petite fille aux feuilles mortes (Edouard Boubat)

sábado, 17 de enero de 2009

Marie

"Ne m'embrasse pas, ma chèrie, ne m'embrasse pas: aujourd'hui je suis malade" (no me beses hoy, querida, que estoy enferma).
La que repite esto sin cesar en la puerta del colegio trabaja allí pero no es profesora. Ella se encarga de cuidar a los niños en la cantine, durante el almuerzo, y también a los que se quedan después de clase a hacer los deberes porque sus papás trabajan. Como la hija de ella.
"Ne m'embrasse pas, ma chèrie". Repite a los niños que llegan, y que la miran indiferente: "no te beso, ¿y qué? Mejor". También repite eso a las mamás, que sonríen con la mitad de la boca, mirándola sin verla, sumidas en sus preocupaciones, y saliendo momentáneamente a la superficie del patio del colegio para escuchar de lejos a la pesada esa que siempre les da dos besos y que hoy dice no sé qué de que no puede besarles. Tant mieux. Y ahora por qué no salen sus hijos, con la de cosas que tienen que hacer...


Ella me mira con cejas de circunstancias, con sus ojos cómicos de rimmel seco que le hace lucir unas pestañas apelotonadas de payaso. Vuelve a explicarme que no puede besar a nadie porque está resfriada, y el rimmel negro en sus pestañas me commueve.


Bromea con los profesores que salen al patio, pero no todos comparten su sentido del humor. Ella me explica las bromas cuando se han ido, por si acaso yo tampoco lo comparto. Me dice que no lo hace para ser mala, sino para reir: "J'suis pas méchante, moi, c'est juste pour rigoler, juste pour rigoler...". Y termina siempre igual: "Hay que buscarse las ocasiones para reir, porque las ocasiones para llorar vienen solas y nunca faltan". Esta frase la repite siempre mirando a un lugar que debe de estar justo delante de ella pero que yo nunca veo. Y en esos momentos me doy cuenta de lo forzado de sus bromas.


Como si fuera la mamá de todos, riñe siempre a los niños que tiran sus ropas al suelo ("ahhh, c'est ta maman qui lave, pas toi, eh?"), abraza mucho a aquellos que vienen a abrazarla, obliga a todos a volver a ponerse los abrigos y pelea con los que pegan patadas a sus mochilas ("ahhh, c'est ta maman qui achète, pas toi, eh?"). Es de la escuela vieja. Cuando ella iba al colegio, no pasaban esas cosas, los niños cuidaban todo lo que traían, porque no tenían tantas cosas además, y respetaban siempre a los profesores. Pero ella los quiere igual, aunque no sean como los de antes, los pequeños mostruitos.


A veces también se enfada con ellos, como el día en que un niño le dijo que se sentía triste porque su profesora, que era muy guapa, no había podido venir, y debía sustituirla otro profesor. Ese profesor y yo estábamos charlando al lado de ellos en el momento en el que ella hizo la pregunta fatal: "¿Y no te gusta este profesor?" El niño miró al susodicho de arriba abajo (debo decir a su favor que se tomó su tiempo para reflexionar) y respondió que no, que prefería a su profesora, que era más guapa que él. El aludido y yo estallamos en carcajadas, pero a Marie no le hizo gracia alguna y le dijo al niño que era una falta de educación hablar mal de una persona delante de ella, que nunca debía decirse si se prefería a uno u otro.
El profesor puso en palabras mis pensamientos: "pero mujer, la culpa es nuestra, por preguntar". Pero ella siguió erre que erre porque, aunque gaste muchas bromas, en realidad se toma el mundo muy en serio.


El profesor y yo seguimos hablando:


"si uno pregunta, tiene que estar preparado para oír la respuesta".


"Es como cuando te preguntan que si quieres más a tu padre o a tu madre", le digo.


"Sí, hay muchas preguntas que no deben hacerse, muchas".


"Y, si se hacen, la respuesta es culpa del que pregunta", añado yo.

lunes, 12 de enero de 2009

lunes, 5 de enero de 2009

Queridos Reyes Magos


Queridos Reyes, como bien sabéis vosotros, como ocurre cada año, la persona que, comiéndose uno de vuestros roscones (ya sea de nata, de cidra o de trufa) se encuentre con esa sorpresita plastificada y pringosa que se chupa con fruición para limpiarla -o porque la trufa está muy rica-, esa persona, como decía, deberá pagar el rosco al año siguiente. Un amigo me ha dicho que eso es demasiada planificación.

A veces está bien tener algún plan. A veces está bien anticipar las cosas agradables. A veces está bien tener algún plan, aunque no sea agradable. Otras veces, no hay nada como perderse de noche por la carretera y al amanecer enterarse de donde uno cayó rendido. No hay nada como parar el coche y bajar en un lugar oscuro con un par de linternas en los bolsillos. De todos modos, hace falta planear no tener plan. Afortunadamente, los planes se pueden cambiar. De esta manera, aunque uno planee comprar un roscón de reyes doce meses después, siempre es posible robarlo, cocinarlo, alegar que no tienes dinero, confesar tu mala memoria o desaparecer y dejar que otros lo compren por ti. No tener plan es un plan. Afortunadamente, también eso se puede cambiar. Y viceversa.

Queridos Reyes Magos, ¿podéis traerme unos cuantos planes con reserva de modificación? Con un par de ellos me vale, que hay que repartir.

domingo, 4 de enero de 2009

Chapoteando


¿Cuándo fue que los charcos dejaron de ser algo divertido, sitios en los que empaparse los zapatos que no eran para el agua, agua en la que verse reflejada hasta que alguien tira una piedra, pequeños lagos en los que dejar caer el paraguas para luego partirse de la risa, fatalidades del destino que te duchaban de agua con barro esperando el autobús y te hacían sentirte la heroína torpe de una película enfadada ante el mundo pero con una sonrisa estúpida?


¿En qué momento los charcos dejaron de ser eso para convertirse en desperfectos de la acera?


Con ella, los charcos siguen siendo espejos, aunque el resto del mundo crea que se trata de una foto del revés, de una más de sus fotos boca abajo, boca abajo como ella.


Es tan excepcional la lluvia en Sevilla que cuando cae deja a la Giralda en el suelo.

martes, 30 de diciembre de 2008

A veces no

Pero, ¿a ti qué te pasa?, ¿necesitas siempre confirmación?


La frase me da vueltas en la cabeza, ¿no? Bueno, creo que la frase me da vueltas en la cabeza.

Opino que, en las noches de fin de año, cada persona debería hacer, simplemente, lo que la hiciera sentirse feliz... ¿o no?

Creo que todas las noches de Reyes deberían pasarse en casa, si uno no quiere que los Reyes se equivoquen de domicilio, ¿no te parece?

A mí me parece que la situación en la que, forzosamente, tenga que echarse de menos a alguien es descorazonadora. No es ideal un permanente estado de extrañamiento, ¿o sí?

Las pelis en internet son contrarias a la esencia del Cine. Es mejor pagar entrada para verlas en pantalla grande, aunque... si no tienes demasiado dinero, está bien verlas en la tele, ¿no?, pero si no tienes tele, habrá que ir al videoclub, ¿no?, pero si el videoclub está a cientos de escalones de distancia, ¿no será mejor descargarlas de internet? ¿Sí? Pero con toses no, ¿no?

Odio las cosas que aparecen cuando ya nadie las espera, ¿no crees? El café con sabor a yaestarde debería ser más barato que el café con sabor a quizasiemprefuetarde, ¿no te parece? En realidad vale igual, el Nespresso de la cocina sólo lo hace de mandarina... creo.

¿Y las canciones sorpresa? ¿qué opinas? Son las mismas losetas, ¿no? la misma acera con el mismo bordillo roto, ¿eh?, ¿eh? Es increíble que todo esté igual, ¿no? Ah, sí, creo que entretanto llovió, hizó sol, derrapó un coche, orinó un perro, cayeron granizos, se rompió un cristal, vomitó un vecino, se derramó una bolsa de basura y un niño se clavó algo en la rodilla que dejó sangre cuajada durante tres días. Es increíble que esté igual, ¿que no? Ah, bueno, tú lo miras diferente, ¿es eso? Ya, pero vemos lo mismo, ¿tú qué dices? Ah, que no...

Estoy enfadada, ¿no? Debería estar enfadada, ¿eh?, ¿eh?

Mmmm, esta tableta de chocolate es la mejor que he probado en mucho tiempo, te lo digo, con diferencia... ¿no?

Qué bien se está al sol, ¿no? qué bonitos les Champs Elysees en navidad, ¿no? Qué bueno está este vino, ¿no?, es fácil de poner, ¿no? qué bien que estés aquí, ¿no? qué de tiempo hacía de esto, ¿no? una buena oportunidad, ¿no? sólo es eso, ¿no? no me importa, ¿no? gané esta vez, ¿no? está todo claro, ¿no? Me encanta este libro, ¿no? No va a estar ahí, ¿no? Hará unos tres años, ¿no? Terminó la carrera, ¿no? Tengo una carrera (en la media), ¿no? Quiero hacer un pacto, ¿no? Yo tengo razón, ¿o no? Tú lo piensas, ¿no?, lo piensas, ¿no?, tú piensas, ¿no?

Pero tía, ¿a tí qué te pasa?, ¿necesitas siempre confirmación?

A veces sí; a veces no ¿no?

martes, 16 de diciembre de 2008

una mujer con sombrero



En la entrada hay una postal de Chagall
Y yo tarareo en silencio cada vez que paso por delante de ella
o sea
todos los días.

http://www.youtube.com/watch?v=_nbFvSpETIs

A veces las palomas arañan,
nadie sabe por qué, es un misterio antiguo,
a veces las palomas plateadas atraviesan el esternón,
pero amanece uno nuevo cada día
aunque se siente miedo,
igual pasa con las llamadas telefónicas,
pero siempre se mira desde el prisma inoportuno.
Es cierto
aquí no hay playas
pero yo conozco una playa bonita
lo que no tengo son

palomas.

viernes, 24 de octubre de 2008

Hormigas

A las siete de la mañana, el frío no se llama así. Baja rápido la colina que el aire corta hacia arriba, y es como si te estuvieses sumergiendo en el vapor de ducha de un iglú. Las aceras sinuosas más idiotas te obligan a cruzar al menos cinco veces la calle para poder seguir hacia delante, y a veces hay que esperar hasta cinco veces para poder cruzar, casi es el mismo coche el que te paraliza en los cinco bordillos. Y entonces tienes que sacarte cinco veces las manos de los bolsillos. Como hormigas en fila india marchando hacia el hormiguero, así tiene que verse desde arriba, o desde un satélite, o desde el café de la esquina, donde el señor de la chaqueta oscura lee el periódico con el ojo derecho y mira los obligados cambios de acera con el izquierdo, sentado a la temperatura matinal de la colina. A los ejecutivos, el frío les despierta. La crisis es mucho peor, dónde va a parar.

Las pipas de girasol de estas hormigas urbanas que van bajando la cuesta son carpetas de apuntes, maletines misteriosos, libros pesados húmedos del relente, y hormiguitas más pequeñas con mochilas colgadas y manitas que no quieren ser llamadas pipas por más tiempo. Son aprendices de hormigas. Son hormiguitas.


El hormiguero en el que todas desaparecen tiene cuatro líneas, cada una de un color. En el metro, las hormigas miran al suelo, porque si hay algo peor que ver a otras hormigas a las siete de la mañana es ver a los que aún no se han convertido en hormigas o a los que dejaron de serlo. O a los que nunca lo fueron, porque la pregunta de ¿y qué fueron? provoca temblores nerviosos. Una chica lee a Hemingway en francés (obvio): L’étrange contrée. Una mujer se deja zarandear por los vaivenes del hormiguero sin levantar la vista del 20 Minutes. Las más conmovedores son las hormigas convencidas de que son otro tipo de insectos: llevan cascos enormes bajo los que esconden la parte de su
cabeza que el probable flequillo deja libre y escuchan música incrustándose casi en el suelo, para evitar cualquier estímulo externo en donde puedan ver reflejadas las convencionales hormigas que son.



A veces he buscado si existen carteles donde se lea algo así como “prohibido observar”. Defense d’observer.

En el tranvía, una vieja lleva una bufanda enrollada al cuello que le sube por la cabeza como una serpiente. Su mirada, que no es de hormiga pero que tampoco observa, habla de un frío resignado, de un frío d’ailleurs. No es aquí donde había planeado pasar su vejez, no en el T1 direction Porte des Alpes sintiendo el viento helado del río en sus manos arrugadas.

En la próxima parada, en esa que siempre hay prisa por bajarse, un anciano, que más que anciano es viejo en el mejor sentido de la palabra, sube al tranvía con una sonrisa que le alisa la cara. Su tarjeta del metro no quiere salir del bolsillo de sus pantalones grises, tiembla como un flan al lado de su pierna. Qué difícil es pasarla por el lector cuando la mano sacude la tarjeta como si fuese una maraca, y abre más su sonrisa mientras lo intenta, una sonrisa de disculpa a todas las miradas bajas que viajan con él en el tranvía. Qué suerte tener la mirada alta y una sonrisa en la boca, aunque te tiemblen las manos. Quiero ponerme delante de él, perder el equilibrio como tantas veces me pasa en la curvas del tranvía, y demostrarle que yo también tiemblo. Colocarle una hilera de hormigas en frente y enseñarle que no hay ni una sola que no esté temblando, quizá no en las manos, otros temblores más terribles, que de verdad que no hace falta que esconda usted su mano en el bolsillo porque a todas las miradas vacías con las que se cruza les tiembla la barbilla, o debería temblarles.

El horóscopo del tranvía dice de “Taureau”: une surprise viendra de l’étranger.

Ojalá que la sorpresa sea un gorro de lana que le envía su nieto desde el país ese que tiene los octubres cálidos y los trabajos fáciles, el nieto al que aún no le tiembla la mano, motivo de sonrisa más que suficiente.

domingo, 5 de octubre de 2008

Cristal redondo

« Tu ne vas pas sauter, eh? Non, tu ne vas pas sauter... »

Un hombre mira a través de un cristal. El cristal es redondo y casi de su tamaño. Su tamaño cuando está de pie es proporcional a la habitación en la que se encuentra, aunque la habitación está tan oscura que parece enorme, como una explanada plana y cubierta, es decir, con techo, es decir, que no hace falta paraguas para poder leer en su interior. El hombre mira a través del cristal porque no encuentra el interruptor de la luz. La ventana es redonda, como el cristal. El hombre tiene gafas redondas, y mira el cristal redondo de la ventana a través de las lentes redondas de sus gafas. El hombre tiene barba y está tranquilo, aunque no es tranquilo, y fuma un puro gordo y de negocios. Cada vez que el hombre exhala el humo, un círculo de vaho se forma en el cristal. El hombre tiene ganas de escribir su nombre con el dedo, o de dibujar una espiral, pero su gabardina larga y sus aires de señor calvo y distinguido le impiden dibujar con su cuerpo, y en esto no hay excepciones. Fuera hace frío, el hombre puede ver los techos helados de las iglesias y a la gente que camina rápido, a pesar de que sólo es un sábado temprano en la mañana. El hombre tiene un secreto: no sabe fumar. El hombre aspira con sus labios tocando el extremo del puro, pero el humo que sale sólo se pasea por su boca, colorea sus dientes y vuelve al exterior sin haber pasado por ninguno de sus dos pulmones; por eso, el hombre tiene siempre mal aliento y unos pulmones muy sanos.

El hombre de las gafas entrelaza sus manos en la espalda y juega con sus dedos gordos y blandos y, a pesar de sus pulmones tan sanos, el hombre tiene miedo de caerse por la ventana; no es que el hombre quiera tirarse, pero es que le ventana es demasiado grande para su tamaño, precisamente porque es proporcional.

El hombre sale a tientas de la habitación oscura de la enorme ventana y camina por la calle. El hombre no tiene nada que hacer un sábado temprano en la mañana, aunque tampoco tiene nada que hacer un lunes por la mañana, ni siquiera un miércoles por la mañana.

El hombre camina hacia la estación de tren, pide un café y se sienta en un andén. Durante tres horas y media, el hombre ve pasar a 487 personas. El hombre ve a una chica que se pasea con una sonrisa de izquierda a derecha retorciéndose las manos, y se imagina a quien puede estar esperando durante diecisiete minutos; el hombre ve a una pareja de mediana edad despidiéndose de su hijo, y se da cuenta de que ninguno de los tres fue capaz de decir lo que quería decir; el hombre ve a una mujer bonita con gafas de sol que llora sentada en un banco, y que tampoco tiene prisa, como él; el hombre ve a una mamá que no es capaz de coger a la vez un bebé y una maleta; el hombre ve a una pareja joven con mochilas en la espalda y ojeras felices.

A la salida de la estación, el sol ha salido y el hombre se fuma otro puro.

El hombre pasa por un puente de su ciudad y camina más despacio; el hombre sabe que en los últimos años ha cogido algunos kilos que le pesan en su espalda y en los puentes, y como tiene miedo de forzar las cosas, el hombre prefiere la lentitud en casos como éste. Hay una chica a la mitad del puente que tiene los codos apoyados en la baranda y los ojos cerrados; la chica parece que está respirando el sol, un sol congelado de frío, como hace el hombre cuando huele a alguna comida rica y quiere que el sentido de la vista no entorpezca su sentido del olfato. El hombre la observa durante unos minutos, y la chica no se mueve, ni siquiera le importa la presencia de él, y eso que cada vez está más cerca. El hombre decide hacerse notar:

“Tu ne vas pas sauter, eh, mademoiselle?” “Tu ne vas pas sauter... ”

La chica sonríe y tiene miedo de que el extraño de la barba con gafas quiera saltar desde el puente.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Ajosto

Me gustaría decir que el blog ha estado cerrado por vacaciones pero mentiría.
Podría decir que fue por falta de medios técnicos, y diría media verdad (y no quiero mentir dos veces si digo la otra mitad, como diría Machado).
Así que cargaré de responsabilidades los hombros del mes de agosto, el mes más lleno de culpas de todo el calendario.

Si tengo que sacar alguna conclusión dejaré hablar a Pessoa:

“Me gustaría estar en el campo para que me pudiera gustar estar en la ciudad. Me gusta, sin eso, estar en la ciudad, pero con eso mi gusto serían dos”.

Un mes que se evapora con la rapidez del perfume barato, que ha permanecido espeso y persistente como una tormenta de verano, que ha zarandeado lo inamovible, ha soplado sobre lo que nadie había pedido, ha desaparecido entre ramas y vuelto a aparecer como un rayo, descompasado, a destiempo, con ritmo propio, habitual e imprevisible, pero ha sobrevivido al fin un nuevo año… el pobre mes de agosto. No hay derecho a que lo vapuleen de esa manera cuando nos regala regularmente magníficas estampas de la ciudad vacía… y sin embargo la fluidez no se siente hasta que no llega el eficaz septiembre, azul y activo.

Sí, agosto nos paraliza y no siempre tenemos la capacidad para apreciarlo (o se nos ha olvidado cómo paralizarnos).

Aunque también es cierto que se viven millones de agostos diferentes y, para ser del todo justos, me consta que en algunas partes del planeta ha habido más actividad de lo acostumbrada por estas fechas. Y es que, para alegría de las empresas periodísticas, terror de los becarios obligados a buscar temas en las conchas de las playas, y desgracia de los lectores, en este mes es cuando más prensa se lee. Y esto es algo que no se le escapa a uno de los lectores habituales del blog.

“La lectura de los periódicos, siempre penosa desde el punto de vista estético, lo es con frecuencia también desde el moral, incluso para quien tenga escasas preocupaciones morales.

Las guerras y las revoluciones –hay siempre una u otra en curso- llegan, en la lectura sobre sus efectos, a causar no horror sino tedio. (…) No hay ideal que valga el sacrificio de un tren de hojalata. (…) Ante el curso inimplorable de las cosas, (…) el tedio de contemplar sin utilidad lo que no se realiza nunca, qué puede hacer el sabio sino pedir el reposo, el no tener que pensar en vivir, pues basta tener que vivir, un poco de lugar al sol y al aire y al menos el sueño de que hay paz del otro lado de los montes”



Apuesto a que el lector al que he hecho referencia tiene algo que decirle al respecto a esta quasi licenciada de pacotilla.



Agosto ha dejado de ser morado por un año, y ha sido a, ha sido, jota, ha sido o, ha sido ese, y ha sido te, ha sido eso y mucho más, muchísimas ciruelas más.

Y a mí me acaba de salir una entrada de mes de agosto.

Por eso le doy una calurosa bienvenida al mes de septiembre. Por el bien de todas las letras del abecedario.

martes, 5 de agosto de 2008

Esa niña rubia


Hoy estuve pensando un poco más de la cuenta en Alicia en el País de las Maravillas. No estoy hablando de Lewis Carroll sino de Disney; me refiero a una de las mejores películas de la historia del cine de todos los tiempos del mundo mundial. En algunas épocas la veía muchas veces en una sola vez. Más adelante, la veía una sola vez en distintas veces. Siempre obvié los primeros y los últimos minutos, aquellos en la que se nos descubre (no quiero ni escribirlo) que todo había sido un sueño. Creo que ni Alicia se lo cree. Era y es un marco totalmente innecesario. Lamentaba invariablemente no tener el cabello ni rubio ni liso, y estaba convencida de que el árbol aquel dentro de cuyo tronco se podía flotar por horas tenía que existir en alguna parte.

Me cansa el discurso de que uno tiene aprecio a determinadas cosas porque le enseñaron algo. Está raído y no me lo creo. Hay tantas cosas bonitas inútiles… Pero no es menos cierto que con Alicia en el País de las Maravillas aprendí.

De aquella niña con vestidito azul voy a intuir que no todas las protagonistas tienen que ser princesas (creía que el único requisito imprescindible era ser rubia), y que no tengo que hacerme mayor para que el mundo me haga algo de caso. Voy a aprender que el hallazgo del amor no tiene por qué ser siempre el final feliz de la historia, ni siquiera el final; que voy a preferir siempre los gatos a los perros, que tengo ganas de probar las setas alucinógenas. Con ojos abiertos delante de la pantalla voy a observar que es fascinante comerse una galleta, y que las perlas de las ostras son tan bobas como peces en un acuario (fue en ese momento cuando mi consideración con los habitantes del fondo del mar bajó hasta las profundidades del ídem). Y también comprendí que no hay que tomarse nunca en serio a los mayores.

La lagartija deshollinadora es el único personaje que me transmitía una sensación de desolación, pero me ha servido siempre como modelo para clasificar a determinadas especies del género masculino, a veces ejemplares que desaparecen lastimeramente sin dejar rastro, y del que pocos notan su ausencia.

El conejo es un personaje huido de alguna página de Marcel Proust, y es a la vez un hombre “moderno”, estresado, apurado para coger el metro en el último minuto, pase lo que pase. Por eso cae mal. Alicia, por el contrario, no busca tiempo, sólo quiere saber por qué el conejo no está disfrutando de su no cumpleaños y hasta dónde quiere llegar, en otras palabras, para hacer qué es que quiere ahorrarse el tiempo. Él me hizo pensar que el tiempo que ahorrase pintando las rosas de rojo más rápido que los demás, me gustaría aprovecharlo pintando las rosas despacio, aunque ciertamente no llegase del todo a comprender por qué las verdaderas rosas tienen que ser rojas y no rosas.

Y por mucho que la viese y me supiese de memoria las escenas del jardín o de la oruga porreta, Alicia en el País de las Maravillas me dejaba en la boca un sabor picante y un recuerdo multicolor. Y para mí sigue siendo como aquella tarea que nos mandaban en el colegio en Educación Plástica que consistía en llenar un folio de colores, pintarlo todo con cera negra encima, y luego raspar e ir descubriendo la explosión de rojos, amarillos, verdes, azules, naranjas…con infinita libertad de formas.

El hueco del árbol lo encontré varias veces pero no era de verdad. Sigo buscando.

martes, 15 de julio de 2008

Peldaño a peldaño

Un pájaro de papel en el pecho
dice que el tiempo de los besos no ha llegado

(Vicente Aleixandre)



(...) no es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.

Pero no hay olvido, ni sueño:
carne viva. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros. (...)

(García Lorca)


Consejo superfiolosófico: "Hazte una fotografía y si sales es que existes"

El tren nos hará siempre pensar en un crimen que huye.

En los cristales del ferrocarril subterráneo nos hacemos la fotografía más efímera del mundo.

(R. Gómez de la Serna)



INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA

Nadie habrá dejado de observar que con frequencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situá un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de transladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

(Julio Cortázar)



Hay gente que cree que todo cuanto se hace poniendo cara seria es razonable.

Me dije a mí mismo: "Es imposible que yo crea esto", y al decirlo observé que ya era la segunda vez que lo creía.

(Georg Christoph Lichtenberg)

domingo, 13 de julio de 2008

If I Laugh

If I laugh just a little bit
maybe I can recall the way
that I used to be, before you
and sleep at night... and dream

miércoles, 9 de julio de 2008

Sueño


Ecuador del Puente de Triana. Noche cerrada. Miro el Guadalquivir. La luna parece que se ha caído al río. Estoy sola, pero una voz a mi espalda me pregunta si la luna está creciente o menguante. Es una voz masculina. Discuto con la voz, le explico lo de la C y la D, y la voz habla de una B, pero no de una B de luna sino de una B de plan, y entonces la B se refleja también en el Guadalquivir, una B que no es más que un reflejo, porque no existe de verdad. Me pongo triste.
Me pregunto si todo el planeta está viendo la luna creciente como yo la estoy viendo ahora, pero descubro que sólo la veo creciente en el cielo: en el río está menguando.
Una voz, ahora femenina, me pregunta si el sol y la luna son la misma cosa. Yo quiero responder, pero antes de hacerlo me acuerdo de alguien diciendo que a los bebés hay que hablarles seriamente, y llego a la conclusión de que, entonces, a los adultos hay que hablarles en broma, y no sé qué responderle a la voz.
Pienso que hay pocos paisajes tan bonitos como éste, y comienzo a decir en voz alta: “pienso que hay pocos paisajes tan bonitos como…” pero me doy cuenta de que no hay nadie más en el puente. Quiero hacer una foto y meto la mano en el bolso, pero el bolso se convierte en una bolsa de aseo y sólo encuentro una tableta de chocolate. No me sirve y la dejo en la calle, en medio del puente, hasta que se derrite. Continúo mirando el río, que tiene unas ondas muy extrañas, como si muchas personas hubiesen arrojado piedrecitas, pero no hay personas ni piedrecitas. Esas ondas no son olas, sólo hay olas en el mar. A los ríos hay que aceptarlos tal como son. Ganas tremendas de comer chocolate, busco con la mano en la mochila de cremallera rota y sólo encuentro una cámara de fotos. Quiero inmortalizar la belleza del momento, pero me acuerdo de que a mí no me gusta tomar fotos de paisajes sin gente, así que arrojo el aparato al río.
Entonces, la superficie del agua se llena de globos oculares, un montón de ojos idénticos que flotan y pestañean y se chocan y parece que están bizcos, pero no pueden estar bizcos porque son independientes. Estoy buscando un ojo que se distinga del resto, pero todos me parecen iguales. De pronto, tengo la certeza de que ese ojo diferente está justo debajo del puente, y yo no lo puedo ver, pero lo adivino. Creo que ese ojo, tarde o temprano, tiene que deslizarse hacia el otro lado, así que me dispongo a esperarlo, con los pies colgando sobre el Guadalquivir, a punto de caerme al agua, sentada en un extremo del Puente de Triana, sobre uno de los arcos.

Creo que debería hablar con Freud

jueves, 3 de julio de 2008

El unicornio que nunca tuvo


Una pareja de unos 50 años está sentada en un banco de la Plaza de España de Cádiz. En esta plaza hay bancos dispuestos alrededor de una fuente, y otros que te hacen mirar a los árboles. Ellos prefieren mirar a los árboles. La plaza no tiene nada de especial, salvo porque ha sido elegida por ellos como casa, o como dormitorio, o como segunda residencia, no sé. Es una pareja porque son dos, ignoro cuál es el lazo afectivo que los une. A decir verdad, no noté gestos cariñosos ni beso alguno, pero quizá los besos se hacen más de rogar cuando tienes que dormir a la intemperie. El color del pelo de ella se parece al de alguna de mis Barbies, sus cejas negras dicen que es teñido. Él tiene una barba digna, una camiseta del Covirán y mucho vello en los brazos. Los dos lucen una piel tostadísima; como no parecen tener prisa, supongo que la playa que está a 20 minutos andando de allí es algo más que un lugar frecuentado por ambos.

Tienen suerte de no tener maletas.

De tenerlas, no podrían disponer de Cádiz a su antojo, no podrían pasear por el casco antiguo, cruzar las murallas ni sentarse al sol, que, cuando no tienes casa, es una de las mejores actividades que se pueden hacer en Cádiz. Si tuviesen maletas tendrían que tenerlas, tendrían que cuidar de ellas, tendrían que preocuparse de que nadie intentase apropiarse indebidamente de su contenido y, en cierta forma, lastrarían sus pies con chanclas.

Eso lo sabe muy bien el señor que les estaba esperando en el banco de enfrente cuando ellos llegaron a la plaza. Ya se conocen. La pareja tuvo que adoptar ese estilo de vida hace unos meses; él es nuevo, y le están enseñando, pero no se integra. Son sus maletas las que dificultan la integración. Una grande, de esas en las que caben más cosas de las que te dejan transportar en un avión; una mediana, que no contiene ropa sino objetos duros y picudos que forman montañitas en la superficie; la última, pequeñita, con dos asas que parecen pegadas a su muñeca y que debe ocultar algo importante, como un fajo de billetes de 500 euros o un álbum de fotos, a juzgar por la forma en que la aprieta contra su vientre, incluso cuando se levanta a beber agua a la fuente (hasta que la pareja amiga le regala un botellín de cerveza). Lleva varios días durmiendo en la Plaza de España. Apareció una tarde, con sus maletas, como quien va de viaje a ningún sitio o como quien sube una escalera de esas que no llevan a parte alguna (tengo un amigo al que le encantan ese tipo de escaleras). Se sentó en el banco y no trató de buscar un armario para sus cosas. Se sentó, simplemente, mirando sus maletas. No tenía una expresión triste, que no me hubiese puesto triste a mí, sino una mueca de adaptación (mitad adaptación, mitad arrepentimiento), que sí logró entristecerme. No quiere ir a ningún sitio, no mientras tenga maletas.

Yo le entiendo: no es agradable hacer maletas, pero es infinitamente peor deshacerlas. Deshacer las maletas tiene a veces un significado pesado, y no siempre se está preparado en el momento en que se da por supuesto que debería hacerse. Si hay algo a lo que te empuja esta sociedad incomprensiva es a deshacer las maletas inmediatamente después de llegar a un sitio. Sin embargo, el mundo debería saber que en toda maleta hay siempre dos cosas: ropa sucia, que se ensució de alguna manera concreta, y ropa limpia, que alguien limpió también de algún modo. Lo primero que va ocurrir al deshacer las maletas es que va a cambiar el estado de ambas, y eso no es moco de pavo. Este señor ha superado ya los cuarenta, y en ese momento de la vida uno ya no puede hacer caso omiso a la sociedad, y no queda otra que deshacer las maletas al llegar al sitio. Por eso, él no quiere moverse aún del banco de la plaza, porque no está preparado para tener la evidencia de lo que ya es evidente: que no puede deshacer su equipaje en el mismo sitio en que lo empaquetó.

O, como me dijo mi amiga sabiamente, “sí, claro, porque le recuerda al unicornio que nunca tuvo”.

Por eso, los tres, la veterana pareja y el señor de las maletas, comparten bocadillo de mortadela mirando a los árboles, nalga con nalga, hablando de Zapatero y del Cádiz F.C., bebiendo cerveza y comentando la crisis económica que nadie se atreve a anunciar, levantando la mano para adivinar la dirección de la brisa que ha comenzado a levantarse y que la rubia llama “viento”, confesando lo injusto que hemos sido todos con Luis Aragonés.

El hombre de la barba sigue intentando integrar al de las maletas:

- Venga pisha, mira er fresquito que hace e’ta noshe, ya verá qué bien vamo a dormí hoy.

Yo continué sentada en el banco, no muy lejos de ellos, esperando a alguien que nos iba a traer las maletas a mis amigas y a mí. Pero ya no sé si quiero que ese alguien venga. Yo continué esperando y pensé que lo que yo quería era escribir para que tipos como aquellos me leyesen y siguiesen comiendo sus bocadillos de mortadela.

miércoles, 18 de junio de 2008

"...y tú les das color"

El despertar tenía la misma forma de siempre: siete de la mañana, vueltas en la almohada (por culpa del sol que comenzaba a entrar por la ventana dándole de pleno en la cara). Y se levantaba como si tal cosa, poniendo primero un pie y luego el otro, saliendo al pasillo y soltando un bonjour con legañas a quien quisiera oírle, como si nada. Y se lavaba la cara y se miraba al espejo y no veía que hubiese cambiado gran cosa. Y no pensaba en nada porque era temprano y sólo era de recibo pensar en desayunar, o quizá en esa canción de Serrat…

“Y bueno, pues, un día más, que se va colando
de contrabando
y bueno pues, adiós a ayer
y cada uno a lo que hay que hacer…”

Y empezaba funcionar, a poner en marcha las pequeñas cotidianeidades de bolsillo, a centrarse en el detalle: buscar el cuenco azul y llenarlo de leche con Banania, y desayunar viendo Lyon, y repasar mentalmente lo que había que hacer en el día, pero despacio, no fuese a ser que la mente viajase más allá de las próximas doce horas. Hay veces en las que sólo se puede funcionar con una cabeza miope, es decir, una cabeza que no puede ver más allá de lo que está delante de sus narices.

Y cambiaba la bolsa de basura y bajaba a comprar el pan, pero había que evitar pensar en la cola de la boulangerie, era mejor mirar los bombones, los croissants, las tartaletas de praliné. Era mejor así, si no, corría el riesgo de salir de la boulangerie sin una triste baguette. Y luego, en el ascensor, tampoco tenía que acordarse de nada, había que limitarse a decir bonjour y sonreír al monsieur que sonreía y ponía a su pequeño perro negro y feo contra la pared porque ya sabía que a ella le da miedo. Lo que ocurría es que a veces, sin avisar, comenzaba a tararear en su cabeza esa canción que de pronto se le había ocurrido en la mañana:

“Si le falta usted a un mundo enfermo y con canas, quién va a hacerle la cama y quién
le peinará la frente, y quién
le lavará la cara…”

Y salía a la calle y pasaba al lado de la farmacia de la esquina sin poder evitar mirar de reojo a la farmacéutica de moño estirado y cara agria, esa que debía empeorar los resfriados del pobre señor griposo que fuese a rogarle una aspirina.

Y esquivaba al señor con la cabeza y bigote canos que pide dinero en una cestita a la entrada del metro, pero que casi siempre está hablando con alguien y se le olvida poner la cestita en posición de pedir dinero.

No había por qué alterar las costumbres. Por eso lo suyo era creer que había perdido la tarjeta del metro y rebuscar en el bolso como una posesa hasta que daba con ella aliviada y sorprendida, como si el lugar más remoto en el que una tarjeta del metro pudiera estar fuese el bolso de una. Y bajaba las escaleras y esperaba que llegase ese gusano sobre raíles mientras se preguntaba una vez más por qué las francesas tenían que ir siempre de negro, y pensaba que nadie había preparado a estas chicas para vivir en verano, y de una pregunta pasaba a otra, y a otra, y acababa preguntándose sin querer que querría decir Serrat con eso de
“Tú enciende el sol. Tú tiñe el mar, y tú descorre el velo que oscurece el cielo, y tú, ve a blanquear la espuma y la nube, la nieve y la lana, y tú, conmigo a cantar la mañana.”

Como se había acostumbrado ya al horario francés, digamos que a eso de las 12.30, comenzaba a tener hambre, y repasaba mentalmente los potenciales almuerzos que vivían en el congelador, pero no se iba la maldita canción:

“…y véngase a cocinar el nuevo día.
Todo esta listo, el agua, el sol y el barro, pero si falta usted no habrá milagro”

domingo, 8 de junio de 2008

Tabúes


Tabú: condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar.
Aparentemente viene del polinesio tabú, “lo prohibido”.
Prohibición de comer o tocar algún objeto, impuesta a sus adeptos por algunas religiones de la Polinesia.

Un acuerdo tácito. Necesario para poder hablar con normalidad de otro temas que no son tabúes.

- ¿Has visto la última película que han puesto en cartelera en el cine Pathé?
- Mnoooo
- Las críticas son bastante buenas. ¿Quieres venir?
- Hoy tengo el día bastante ocupado: tengo que hacer la compra, ir a correos, pasarme por el banco, imprimir unas cosas…
- ¿Qué tienes que imprimir?
- Un billete de avión.

game over

- Qué pena que hoy esté lloviendo otra vez.
- Sí, que hartura de agua, así no me aliso el pelo, que se me moja. Y encima pierdo el paraguas.
- Es increíble que estemos en junio.
- Ya te digo, yo conozco un lugar ahora donde no se puede parar en la calle del calor que hace…

game over

(al teléfono)

- Mi amigo dice que si quieres ir a ver una obra del director ese famoso del que hablamos el otro día que van estrenar en el teatro que te gusta. Hay que comprar ya las entradas.
- Bien, sûr, ¿cuándo es?
- (al amigo) C’est quand?
- Fin Juin.
- ...

game over


- Sí, las calles, parece que están asfaltando la calle de mi casa.
- ¿De qué casa?...

game over


- Oye, así no se puede continuar la partida...
- ¿Tu partida?

game over

lunes, 2 de junio de 2008

El Futuro

Y se muy bien que no estarás.
No estarás en la calle
en el murmullo que brota de la noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia los completos en los subtes
ni en los libros prestados,
ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás,
o en el color de un par de guantes
o una blusa.
Me enojaré
amor mío
sin que sea por ti,
y compraré bombones
pero no para ti,
me pararé en la esquina
a la que no vendrás
y diré las cosas que sé decir
y comeré las cosas que sé comer
y soñaré los sueños que se sueñan.
Y se muy bien que no estarás
ni aquí dentro de la cárcel donde te retengo,
ni allí afuera
en ese río de calles y de puentes.
No estarás para nada,
no serás mi recuerdo
y cuando piense en ti
pensaré un pensamiento
que oscuramente trata de acordarse de ti.



Del maestro Cortázar, que murió en París un año antes de que yo naciera.

Su primer libro de poemas se tituló "Presencia". En este habla de lo contrario, parece. Digo suponiendo que la presencia sea lo contrario de la ausencia. Da igual el tema, lo importante es que cada verso termine en un color distinto.

o una blusa...
"Si yo quiero, gano", le dijo la tortuga a la liebre, y ni la tortuga se lo creía.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos (...)
- No hombre, no. Lo que no se puede hacer es mezclar a Cortázar y a Neruda en un mismo post...
- ¿Qué no? Yo aquí hago lo que me da la gana...
Una vez, cuando era pequeña, tomé estos versos de Neruda para escribir un cuento. Estos versos me fascinaban. Había dos golondrinas que volaban, y se amaban, y volaban. Y la cosa terminaba con unos vuelos muy extraños, como de golondrina. Hay veces que un verso te conduce a una historia, y otras veces es la historia la que te lleva a los versos.
- Y además...
- ¿Y además, qué?
- Que tengo una blusa... de cuadros.
- ¿Y qué?
- Nada, que llueve.

jueves, 29 de mayo de 2008

Escenario

Hay aquí en Lyon un teatro que se llama Les Celestins. Es un teatro que abrió por primera vez sus puertas en 1877, después de haberse demorado cinco años su construcción. Más dos incendios. Por su arquitectura, se le considera uno de los teatros de Francia que más se acerca al estilo italiano. Muros cubiertos de telas y butacas de terciopelo rojo hacen pensar en una época en la que la sala establecía una jerarquía contundente entre los espectadores: los palcos para los aristócratas, los balcones para la burguesía, y el patio de butacas, entonces sin butacas, reservado a un pueblo que se sentaba en el suelo. La democracia colocó asientos y quitó atmósfera, pero qué le vamos a hacer, no se puede tener todo.

Los precios no están hechos para el presupuesto de un estudiante, pero el teatro premia a los que prefieren no hacer planes que vayan más allá del presente inmediato. Si se llega a las taquillas diez minutos antes de que la obra comience, se podrá conseguir una entrada por sólo ocho euros. Si ya no hay localidades, se vuelve a intentar en otra tarde sin planes.

El caso es que si usted asiste a una obra de teatro, a la salida usted comentará, probablemente, si la historia le pareció más o menos creíble, más o menos bonita, más o menos rara, más o menos previsible, más o menos original, etc., etc. También es natural que usted se enzarce en una discusión sobre la calidad de los actores, si le hicieron meterse o no en la obra, si consiguieron emocionarle, si le parecieron novatos, experimentados, buenos, feos, malos, guapos…

Pero, ¿quién habla del escenario?, ¿con qué frecuencia piensa usted en el escenario? Y sin embargo, ¿su concepción no ha requerido tiempo?, ¿no se ha invertido en su realización mucho esfuerzo?
Los actores posiblemente se hallarían perdidos fuera de él… ¿Se hallarían perdidos los actores fuera de ese escenario? No, los actores pueden vivir fuera del escenario, por eso son actores; en caso contrario, serían personajes. Es cierto entonces, los personajes nacen en el escenario. Siguiendo el hilo, los personajes, fuera del escenario, no son. Pero, ¿es esto tanto así que se puede afirmar que a los personajes los hace el escenario? O peor, ¿El escenario hace a la obra de teatro?

¿El escenario hace a la obra?

Que es usted,
¿actor o personaje?

domingo, 18 de mayo de 2008

Una buena vecina

Los llamados mediáticamente monstruos –pero no son deformes, sino malvados– pasan y vuelven y vuelven a pasar. Los buenos vecinos quedan. Pasan y vuelven esos canallas que, en la calma y –sobre todo– el silencio de su hogar, violan, asesinan, descuartizan, preparan zulos, construyen prisiones, se deshacen de cuerpos... (Maruja Torres, en El País Semanal:http://www.elpais.com/articulo/portada/buenos/vecinos/elpepusoceps/20080518elpepspor_1/Tes/)

Tengo ganas de invitar a tomar café a Maruja Torres y darle una vuelta por el apartamento. A ver si es capaz de hablarme del silencio de los vecinos y que se escuche su voz por encima del taladrador con el que mi vecino de à côté no deja de taladrar su pared y mi cabeza en esta bella tarde de domingo. Luego podría ir a mi cuarto de baño y tratar de descubrir por qué está llorando y refregándose por el suelo el perro de arriba. Es un perro triste, y no se puede culpar de ello a su dueño, un viejito encantador y educado que siempre le repite que a las mesdemoiselles hay que dejarlas pasar primero por la puerta del ascensor, especialmente si son chicas guapas como yo (de ahí el encanto del tipo). Yo creo que el perro está triste porque le importan muy poco las chicas humanas que se apretujan en un rincón del ascensor como si le tuviesen miedo, y que para guapa la perrita aquella con la que se encontraba todos los sábados en el parque cuando su dueño aún tenía las piernas fuertes y lo sacaba a dar largos paseos. En un rasgo muy humano, el momento en que más se acuerda de ella es por las noches, cuando sus lamentos apenas me dejan lavarme los dientes sin que se me encoja un poquito el cepillo en la boca. A Maruja la animaría a quedarse a dormir, aunque al ser hoy ya fin del fin de semana a lo mejor no tendría suerte y se quedaría sin escuchar alguna de las fiestas que hace mi vecino gay en la que los invitados se comunican con grititos, grititos que se van haciendo más agudos a medida que va avanzando la noche.

Es cierto que vivimos "arracimados en cubículos contiguos", y que defendemos nuestra intimidad, eso por supuesto (yo defiendo más la mía que la de los demás, eso también es verdad), pero no que estemos incomunicados. O será que, después de todo, este no es un buen vecindario. Por eso nos gusta enterarnos de lo que hacen los otros, y pegar cartelitos en el ascensor para que todo el mundo sepa que los del quinto van a hacer una fiesta el sábado por la noche porque es el cumpleaños de uno, que la vecina del décimo, que acaba de tener un niño, necesita una canguro para los próximos meses, que a la oftalmóloga del primero no le funciona el porterillo, que alguien ha robado una bicicleta del sótano, o que uno de mi planta quiere vender su casa.

Lo confieso: me apasiona pegar la oreja. Y es una actividad que requiere entrenamiento, porque los ruidos no son siempre fáciles de interpretar, aunque me encanta cuando el vecino de al lado del ascensor interpreta Para Elisa al piano. Gracias al sonido, tengo también controlados a mis vecinos tenistas, casi los reconozco por el toc-toc-toc... Están los dos amigos cuarentones con sus uniformes semi profesionales, el papá que enseña a jugar (o a cómo recoger pelotas) a sus hijos,... Y eso que aún no he ido a la piscina, en donde podré completar las historias que se me escapan por falta de visibilidad o de agudeza auditiva, es decir la zona este del edificio y las plantas más bajas, totalmente fueras de mi dominio hasta el momento.

Me tranquilizo pensando en que ellos también se habrán enterado de alguna que otra fiesta, de alguna película de miedo o alguna que otra cena. Saben que desde que se fue mi colloc francesa ya no tenemos aspirador, y como tenemos que pedírselos a ellos, no se les escapa la frecuencia con la que hacemos limpieza.

Tienen que haberme escuchado malcantar a voz en grito, últimamente más de lo normal, en mis pausas de estudio de Image et Evénement. Por cierto que muchas veces me he preguntado si no les sonará bien, a una siempre le parece que cantan más afinado los que lo hacen en otro idioma, y yo para cantagritar prefiero el español.

En fin, termina así el artículo de Maruja Torres:


Hitchcock no podría rodar hoy La ventana indiscreta. Ya nadie espía al asesino de enfrente.


Definitivamente, yo tengo que haber sido de otra época.

jueves, 15 de mayo de 2008

Nuestra historia


Esta noche Lyon está callado. Y yo también. Esta noche Lyon y yo estamos callados y esa es la mejor forma que tenemos de comunicarnos. No hace falta que le diga nada; él ya sabe.

Lyon me está mirando, de frente, y yo lo estoy mirando a él, estoy intentando mirarlo entero, quiero decir abarcarlo todo, desde mi piso 16. De noche, Lyon me pertenece más que en ningún otro momento del día, porque es cuando se asienta, cuando se serena, cuando se calla y nos quedamos en silencio él y yo, y ya he dicho que esa es la manera más honesta que tenemos de hablarnos. La Fourvière, allá arriba en la colina, también callada (ya hace horas que dejé de escuchar desde aquí sus campanas), me está diciendo que esté tranquila, no es que no debiera estarlo, es que me lo dice cada noche, como una oración sedante (pero esta noche es especial porque ya hacía tiempo que habíamos quedado Lyon y yo, en una cita íntima, un rendez-vous de printemps). La Croix Rousse, a lo lejos, me está guiñando el ojo de forma descarada, y el guiño me llega con cascadas de colores. La Catedral, más allá del Rhône y de la Saône, me susurra que su actividad favorita sigue siendo esperarme, y me invita a oler sus viejas imágenes mentales y a ver los últimos olores de la temporada, los que están en los árboles iluminados. Y oigo a la rue de Saint Jean desde aquí prometerme nuevas músicas de acordeón rebotando en el empedrado. Dice que se siente orgullosa al saberse mi calle preferida. A mí me gusta que ella se sienta así, ya sabía que era una presumida.

Estoy contenta de que nadie más nos entienda, a Lyon y a mí, no es una lengua fácil la nuestra, aunque yo la haya aprendido de una manera tan natural. Pero Lyon me dice que no se trata de eso, que no debo pensar así. Dice que a él no le gustan las exclusividades. Dice mucho pero en el fondo sé que está sonriéndose para adentro, y tiene una sonrisa traviesa. Ése es mi Lyon (le he enseñado a sonreír en español). Porque le conozco, yo le sigo la corriente.

A veces creo que Lyon se enciende y se alza en el horizonte sólo para mí, sólo para que yo lo disfrute desde el balcón, con o sin compañía. Él nunca me lo ha confirmado, y aunque fuese verdad nunca me lo diría, Lyon no es de esa clase de ciudades. Pero son de ese tipo de cosas que se saben de manera innata, como que las hormigas hablan todo el rato en las filas o que hay meses que no están rellenos más que de segundos.

Aún me acuerdo del día en que lo conocí. Parece que fue ayer, y hace tanto sin embargo. Yo era aún muy pequeña, incluso más que ahora. Y él estaba aquí esperándome, dándome la bienvenida, pero sin aspavientos, seria y cálidamente, como es él, consolándome en silencio y diciéndome que no tuviese miedo. Yo no tardé en agarrarme de su mano porque era lo que tenía, y nunca me defraudó, siempre ha sabido soltarme la mano a tiempo. Ahora me dice que está muy orgulloso y que confía en mí. Pero me lo dice de esa forma tan quieta, tan solemne, tan suya, que estoy creyéndome que de verdad confía en mí. También yo confío en él, confío en él y en sus luces, en él y en su lluvia, en él y su viento, en él y en sus ríos. Confío en que nunca dejará de ser acogedor y, sobre todo, en que nunca dejará que se le note que lo es.

No quiero que nadie hable mal de él, yo sé que él me defendería con todas sus armas. Y sus armas son letales: tiene armas de croissant, de olor a pan, de frío junto al río, armas de hierba con tierra, de cafés calientes, de calles cosmopolitas, de jardines escondidos. Y cuando siente que debe luchar de una manera más seria, Lyon se personifica en alguno de sus habitantes favoritos, a veces lo hace en hombres africanos dueños de restaurantes rojos que van a hacer sus compras en supermercados pequeños. Y entonces, ya sí, entonces Lyon es irredutible.

Siento el aliento de Lyon en mi espalda y ya no pienso que es sólo mío. Lyon me ha enseñado que las cosas más bonitas se comparten, y entonces son aún más ricas. Lyon dice que me quiere, pero también quiere a otros. Y yo he aprendido a quererlo por querer a los demás.

Digo todo esto porque a veces, aunque Lyon y yo sepamos hablarnos en silencio, a veces a Lyon le gustaría poder hablar también con los otros, porque tiene tanto que decir…tiene mucho que decir.

Si Lyon pudiese hablar…