They didn't know it was impossible, so they did it
Como no sabían que era imposible, lo hicieron
Mark Twain
M.C. Escher: Belvedere (1958)
"A vida é o que fazemos dela. As viagens são os viajantes. O que vemos, não é o que vemos, senão o que somos."
Fernando Pessoa
El escenario se llena de sombra negra que no es oscuridad sino ignorancia de luz.
Las luciérnagas intentan hacerse notar pero se olvidan de mover las alas.
De pie, en la escena de un antiguo teatro romano, desliza un saxofón que viene del caribe.
Sus labios acarician el metal y lo sabe. Que cualquier pequeño suspiro se convertirá en huracán para los cientos de oídos que se clavan en él. Abre sus pulmones, se llena del aire seco de la noche y piensa en su mamá cocinando plátanos calientes. Sabe que tiene un auditorio, y que no puede soplar desvaídamente, sino convertir en melodía cada partícula de aire que se aloja en las paredes de su estómago.
Un auditorio que no sólo abre bien las orejas sino que sobre todo lee en sus manos, le investiga su pecho, le escudriña los ojos y esta dispuesto a soltar amarras y dejar caer un par de lágrimas por menos de una hoja bailando.
Las columnas de mármol se vuelven pacientes. Todo lo demás es mentira.
Qué suerte que le escuchen antes de comenzar a soplar. Qué suerte enorme.
Y entonces, sentada en las gradas de piedra ahogando una sonrisa por ellos, por los que confunden progresismo con un patetismo qui n’est plus comique, se me ocurre que
Yo no soy capaz. Y le escribo a una luciérnaga que no conozco y que no tiene auditorio.
Allí donde algún actor romano de alguna tragedia griega aguardaba su momento de gloria (los momentos que se aguardan se espera que sean gloriosos) antes de recorrer el pasillo de piedra, vi una luciérnaga y pensé en ella, y luego en ellos, en los cómicos, en los que tienen de su parte a los muros, que les devuelven siempre lo que quieren escuchar: un eco de sí mismos. Una tragedia griega en un anfiteatro romano. Qué mala suerte para la luciérnaga.
A la parte alta de las gradas llegó mejor. El negro cubano me sorprendió lanzando al aire un puñado de hojas muertas, Les Feuilles mortes de una noche de verano al saxofón.
Y sentí que la luciérnaga que no conozco se merecía aquellas notas tanto como yo, unas notas que seguramente habrá escuchado antes, como yo. Vivement la mirada rizada de la izquierda.
Allí donde solía situarse el coro debería haber estado ella
“En las noches cálidas, es posible ver a las luciérnagas hembras iluminarse para atraer a los machos que sobrevuelan. Si se sienten amenazadas, desactivan la luz. Generan luz mediante un órgano especial situado bajo la cutícula (ectodérmico), situado en la parte inferior del abdomen, en intervalos de
Santa wikipedia: en las noches cálidas, es posible ver a las luciérnagas hembras iluminarse para atraer a los machos que sobrevuelan. Si se sienten amenazadas, desactivan la luz.
Así que, al fin y al cabo, las luciérnagas tienen su propia luz, aunque por periodos prefieran ocultarla. Entonces son ellos, los cómicos pasados de rosca, los que más necesiten un puñado de hojas muertas para poder seguir, porque ignoran la luz y hace ya tanto tiempo que comenzaron a comprar bombillas en el supermercado para alumbrarse. Lástima por ellos. Pena en los dos sentidos que tiene la palabra, en el español de España y en el de Latinoamérica.
Que la luciérnaga que no conozco me perdone. Ojala hubiera podido enviarle un puñado de feuilles mortes.
Vivement esa mirada rizada de la izquierda
La petite fille aux feuilles mortes (Edouard Boubat)



A las siete de la mañana, el frío no se llama así. Baja rápido la colina que el aire corta hacia arriba, y es como si te estuvieses sumergiendo en el vapor de ducha de un iglú. Las aceras sinuosas más idiotas te obligan a cruzar al menos cinco veces la calle para poder seguir hacia delante, y a veces hay que esperar hasta cinco veces para poder cruzar, casi es el mismo coche el que te paraliza en los cinco bordillos. Y entonces tienes que sacarte cinco veces las manos de los bolsillos. Como hormigas en fila india marchando hacia el hormiguero, así tiene que verse desde arriba, o desde un satélite, o desde el café de la esquina, donde el señor de la chaqueta oscura lee el periódico con el ojo derecho y mira los obligados cambios de acera con el izquierdo, sentado a la temperatura matinal de la colina. A los ejecutivos, el frío les despierta. La crisis es mucho peor, dónde va a parar.
El hormiguero en el que todas desaparecen tiene cuatro líneas, cada una de un color. En el metro, las hormigas miran al suelo, porque si hay algo peor que ver a otras hormigas a las siete de la mañana es ver a los que aún no se han convertido en hormigas o a los que dejaron de serlo. O a los que nunca lo fueron, porque la pregunta de ¿y qué fueron? provoca temblores nerviosos. Una chica lee a Hemingway en francés (obvio): L’étrange contrée. Una mujer se deja zarandear por los vaivenes del hormiguero sin levantar la vista del 20 Minutes. Las más conmovedores son las hormigas convencidas de que son otro tipo de insectos: llevan cascos enormes bajo los que esconden la parte de su cabeza que el probable flequillo deja libre y escuchan música incrustándose casi en el suelo, para evitar cualquier estímulo externo en donde puedan ver reflejadas las convencionales hormigas que son.
A veces he buscado si existen carteles donde se lea algo así como “prohibido observar”. Defense d’observer.
En el tranvía, una vieja lleva una bufanda enrollada al cuello que le sube por la cabeza como una serpiente. Su mirada, que no es de hormiga pero que tampoco observa, habla de un frío resignado, de un frío d’ailleurs. No es aquí donde había planeado pasar su vejez, no en el T1 direction Porte des Alpes sintiendo el viento helado del río en sus manos arrugadas.
En la próxima parada, en esa que siempre hay prisa por bajarse, un anciano, que más que anciano es viejo en el mejor sentido de la palabra, sube al tranvía con una sonrisa que le alisa la cara. Su tarjeta del metro no quiere salir del bolsillo de sus pantalones grises, tiembla como un flan al lado de su pierna. Qué difícil es pasarla por el lector cuando la mano sacude la tarjeta como si fuese una maraca, y abre más su sonrisa mientras lo intenta, una sonrisa de disculpa a todas las miradas bajas que viajan con él en el tranvía. Qué suerte tener la mirada alta y una sonrisa en la boca, aunque te tiemblen las manos. Quiero ponerme delante de él, perder el equilibrio como tantas veces me pasa en la curvas del tranvía, y demostrarle que yo también tiemblo. Colocarle una hilera de hormigas en frente y enseñarle que no hay ni una sola que no esté temblando, quizá no en las manos, otros temblores más terribles, que de verdad que no hace falta que esconda usted su mano en el bolsillo porque a todas las miradas vacías con las que se cruza les tiembla la barbilla, o debería temblarles.
El horóscopo del tranvía dice de “Taureau”: une surprise viendra de l’étranger.
Ojalá que la sorpresa sea un gorro de lana que le envía su nieto desde el país ese que tiene los octubres cálidos y los trabajos fáciles, el nieto al que aún no le tiembla la mano, motivo de sonrisa más que suficiente.
« Tu ne vas pas sauter, eh? Non, tu ne vas pas sauter... »
Un hombre mira a través de un cristal. El cristal es redondo y casi de su tamaño. Su tamaño cuando está de pie es proporcional a la habitación en la que se encuentra, aunque la habitación está tan oscura que parece enorme, como una explanada plana y cubierta, es decir, con techo, es decir, que no hace falta paraguas para poder leer en su interior. El hombre mira a través del cristal porque no encuentra el interruptor de la luz. La ventana es redonda, como el cristal. El hombre tiene gafas redondas, y mira el cristal redondo de la ventana a través de las lentes redondas de sus gafas. El hombre tiene barba y está tranquilo, aunque no es tranquilo, y fuma un puro gordo y de negocios. Cada vez que el hombre exhala el humo, un círculo de vaho se forma en el cristal. El hombre tiene ganas de escribir su nombre con el dedo, o de dibujar una espiral, pero su gabardina larga y sus aires de señor calvo y distinguido le impiden dibujar con su cuerpo, y en esto no hay excepciones. Fuera hace frío, el hombre puede ver los techos helados de las iglesias y a la gente que camina rápido, a pesar de que sólo es un sábado temprano en la mañana. El hombre tiene un secreto: no sabe fumar. El hombre aspira con sus labios tocando el extremo del puro, pero el humo que sale sólo se pasea por su boca, colorea sus dientes y vuelve al exterior sin haber pasado por ninguno de sus dos pulmones; por eso, el hombre tiene siempre mal aliento y unos pulmones muy sanos.
El hombre de las gafas entrelaza sus manos en la espalda y juega con sus dedos gordos y blandos y, a pesar de sus pulmones tan sanos, el hombre tiene miedo de caerse por la ventana; no es que el hombre quiera tirarse, pero es que le ventana es demasiado grande para su tamaño, precisamente porque es proporcional.
El hombre sale a tientas de la habitación oscura de la enorme ventana y camina por la calle. El hombre no tiene nada que hacer un sábado temprano en la mañana, aunque tampoco tiene nada que hacer un lunes por la mañana, ni siquiera un miércoles por la mañana.
El hombre camina hacia la estación de tren, pide un café y se sienta en un andén. Durante tres horas y media, el hombre ve pasar a 487 personas. El hombre ve a una chica que se pasea con una sonrisa de izquierda a derecha retorciéndose las manos, y se imagina a quien puede estar esperando durante diecisiete minutos; el hombre ve a una pareja de mediana edad despidiéndose de su hijo, y se da cuenta de que ninguno de los tres fue capaz de decir lo que quería decir; el hombre ve a una mujer bonita con gafas de sol que llora sentada en un banco, y que tampoco tiene prisa, como él; el hombre ve a una mamá que no es capaz de coger a la vez un bebé y una maleta; el hombre ve a una pareja joven con mochilas en la espalda y ojeras felices.
A la salida de la estación, el sol ha salido y el hombre se fuma otro puro.
El hombre pasa por un puente de su ciudad y camina más despacio; el hombre sabe que en los últimos años ha cogido algunos kilos que le pesan en su espalda y en los puentes, y como tiene miedo de forzar las cosas, el hombre prefiere la lentitud en casos como éste. Hay una chica a la mitad del puente que tiene los codos apoyados en la baranda y los ojos cerrados; la chica parece que está respirando el sol, un sol congelado de frío, como hace el hombre cuando huele a alguna comida rica y quiere que el sentido de la vista no entorpezca su sentido del olfato. El hombre la observa durante unos minutos, y la chica no se mueve, ni siquiera le importa la presencia de él, y eso que cada vez está más cerca. El hombre decide hacerse notar:
“Tu ne vas pas sauter, eh, mademoiselle?” “Tu ne vas pas sauter... ”
La chica sonríe y tiene miedo de que el extraño de la barba con gafas quiera saltar desde el puente.
Un mes que se evapora con la rapidez del perfume barato, que ha permanecido espeso y persistente como una tormenta de verano, que ha zarandeado lo inamovible, ha soplado sobre lo que nadie había pedido, ha desaparecido entre ramas y vuelto a aparecer como un rayo, descompasado, a destiempo, con ritmo propio, habitual e imprevisible, pero ha sobrevivido al fin un nuevo año… el pobre mes de agosto. No hay derecho a que lo vapuleen de esa manera cuando nos regala regularmente magníficas estampas de la ciudad vacía… y sin embargo la fluidez no se siente hasta que no llega el eficaz septiembre, azul y activo.
Sí, agosto nos paraliza y no siempre tenemos la capacidad para apreciarlo (o se nos ha olvidado cómo paralizarnos).
Aunque también es cierto que se viven millones de agostos diferentes y, para ser del todo justos, me consta que en algunas partes del planeta ha habido más actividad de lo acostumbrada por estas fechas. Y es que, para alegría de las empresas periodísticas, terror de los becarios obligados a buscar temas en las conchas de las playas, y desgracia de los lectores, en este mes es cuando más prensa se lee. Y esto es algo que no se le escapa a uno de los lectores habituales del blog.
“La lectura de los periódicos, siempre penosa desde el punto de vista estético, lo es con frecuencia también desde el moral, incluso para quien tenga escasas preocupaciones morales.
Las guerras y las revoluciones –hay siempre una u otra en curso- llegan, en la lectura sobre sus efectos, a causar no horror sino tedio. (…) No hay ideal que valga el sacrificio de un tren de hojalata. (…) Ante el curso inimplorable de las cosas, (…) el tedio de contemplar sin utilidad lo que no se realiza nunca, qué puede hacer el sabio sino pedir el reposo, el no tener que pensar en vivir, pues basta tener que vivir, un poco de lugar al sol y al aire y al menos el sueño de que hay paz del otro lado de los montes”
Apuesto a que el lector al que he hecho referencia tiene algo que decirle al respecto a esta quasi licenciada de pacotilla.
Agosto ha dejado de ser morado por un año, y ha sido a, ha sido, jota, ha sido o, ha sido ese, y ha sido te, ha sido eso y mucho más, muchísimas ciruelas más.
Y a mí me acaba de salir una entrada de mes de agosto.
Por eso le doy una calurosa bienvenida al mes de septiembre. Por el bien de todas las letras del abecedario.

If I laugh just a little bit
maybe I can recall the way
that I used to be, before you
and sleep at night... and dream


Hay aquí en Lyon un teatro que se llama Les Celestins. Es un teatro que abrió por primera vez sus puertas en 1877, después de haberse demorado cinco años su construcción. Más dos incendios. Por su arquitectura, se le considera uno de los teatros de Francia que más se acerca al estilo italiano. Muros cubiertos de telas y butacas de terciopelo rojo hacen pensar en una época en la que la sala establecía una jerarquía contundente entre los espectadores: los palcos para los aristócratas, los balcones para la burguesía, y el patio de butacas, entonces sin butacas, reservado a un pueblo que se sentaba en el suelo. La democracia colocó asientos y quitó atmósfera, pero qué le vamos a hacer, no se puede tener todo.Tengo ganas de invitar a tomar café a Maruja Torres y darle una vuelta por el apartamento. A ver si es capaz de hablarme del silencio de los vecinos y que se escuche su voz por encima del taladrador con el que mi vecino de à côté no deja de taladrar su pared y mi cabeza en esta bella tarde de domingo. Luego podría ir a mi cuarto de baño y tratar de descubrir por qué está llorando y refregándose por el suelo el perro de arriba. Es un perro triste, y no se puede culpar de ello a su dueño, un viejito encantador y educado que siempre le repite que a las mesdemoiselles hay que dejarlas pasar primero por la puerta del ascensor, especialmente si son chicas guapas como yo (de ahí el encanto del tipo). Yo creo que el perro está triste porque le importan muy poco las chicas humanas que se apretujan en un rincón del ascensor como si le tuviesen miedo, y que para guapa la perrita aquella con la que se encontraba todos los sábados en el parque cuando su dueño aún tenía las piernas fuertes y lo sacaba a dar largos paseos. En un rasgo muy humano, el momento en que más se acuerda de ella es por las noches, cuando sus lamentos apenas me dejan lavarme los dientes sin que se me encoja un poquito el cepillo en la boca. A Maruja la animaría a quedarse a dormir, aunque al ser hoy ya fin del fin de semana a lo mejor no tendría suerte y se quedaría sin escuchar alguna de las fiestas que hace mi vecino gay en la que los invitados se comunican con grititos, grititos que se van haciendo más agudos a medida que va avanzando la noche.
Es cierto que vivimos "arracimados en cubículos contiguos", y que defendemos nuestra intimidad, eso por supuesto (yo defiendo más la mía que la de los demás, eso también es verdad), pero no que estemos incomunicados. O será que, después de todo, este no es un buen vecindario. Por eso nos gusta enterarnos de lo que hacen los otros, y pegar cartelitos en el ascensor para que todo el mundo sepa que los del quinto van a hacer una fiesta el sábado por la noche porque es el cumpleaños de uno, que la vecina del décimo, que acaba de tener un niño, necesita una canguro para los próximos meses, que a la oftalmóloga del primero no le funciona el porterillo, que alguien ha robado una bicicleta del sótano, o que uno de mi planta quiere vender su casa.
Lo confieso: me apasiona pegar la oreja. Y es una actividad que requiere entrenamiento, porque los ruidos no son siempre fáciles de interpretar, aunque me encanta cuando el vecino de al lado del ascensor interpreta Para Elisa al piano. Gracias al sonido, tengo también controlados a mis vecinos tenistas, casi los reconozco por el toc-toc-toc... Están los dos amigos cuarentones con sus uniformes semi profesionales, el papá que enseña a jugar (o a cómo recoger pelotas) a sus hijos,... Y eso que aún no he ido a la piscina, en donde podré completar las historias que se me escapan por falta de visibilidad o de agudeza auditiva, es decir la zona este del edificio y las plantas más bajas, totalmente fueras de mi dominio hasta el momento.
Me tranquilizo pensando en que ellos también se habrán enterado de alguna que otra fiesta, de alguna película de miedo o alguna que otra cena. Saben que desde que se fue mi colloc francesa ya no tenemos aspirador, y como tenemos que pedírselos a ellos, no se les escapa la frecuencia con la que hacemos limpieza.
Tienen que haberme escuchado malcantar a voz en grito, últimamente más de lo normal, en mis pausas de estudio de Image et Evénement. Por cierto que muchas veces me he preguntado si no les sonará bien, a una siempre le parece que cantan más afinado los que lo hacen en otro idioma, y yo para cantagritar prefiero el español.
En fin, termina así el artículo de Maruja Torres:
Hitchcock no podría rodar hoy La ventana indiscreta. Ya nadie espía al asesino de enfrente.
Definitivamente, yo tengo que haber sido de otra época.
