"A vida é o que fazemos dela. As viagens são os viajantes. O que vemos, não é o que vemos, senão o que somos."
Fernando Pessoa

jueves, 27 de diciembre de 2007

Puentes de... a...

- ¿Cómo echar de menos una ciudad en la que nunca has estado?
- Eso es porque las ciudades no existen.
- ¿Cómo echar de menos algo que no existe?
- Basta con cerrar bien los oídos y apretar fuerte los párpados.
- No digo que cómo se hace. Eso ya lo sé. Digo que por qué ocurre.
- Siempre estás preguntando el porqué.
- ¿Sabes cómo se dice en francés "para siempre"?
- Siempre haces la pregunta equivocada.
- "À jamais".
-...
- ¿Nunca has arrojado al río una piedra y has corrido hacia el otro lado del puente esperando que la corriente te la devuelva? ¿Cuántas veces pasa?
- ¿Cuántas veces hay corriente suficiente?

Los puentes son los muebles de las ciudades que más me fascinan. Los puentes, por supuesto, que tienen agua debajo (los otros puentes sólo me fascinan cuando los miro hacia arriba; desde el otro ángulo son amenazantes).
A los puentes, siempre he querido agradecerles su franqueza: uno pone un pie en uno de los extremos, avanza, pone el otro, continúa y, -si no le da a uno por arrojarse a las profundidades fluviales- se alcanza la orilla opuesta y en paz. Voilà. Y, en la mitad, siempre está el medio. Transparentes puentes.
Continuamente pisoteados, los puentes tienen la curiosa capacidad de dividir dos tierras y, a la vez, vincularlas. Te dicen: "precisamente porque debo unirlas de forma permamente, recuerda que son distintas à jamais".


Los puentes son deixis; son un antes y un después en tu paseo. Y guardan debajo de las baldosas y de los adoquines unos polvos mágicos que se disparan hacia arriba cada vez que un pie se planta en el suelo, y luego quedan enganchados en el jersey (cuando es invierno). Se llaman "polvos del olvido" y son los responsables de que, cuando llegues al otro lado, se te haya borrado automáticamente de la memoria la parte de la ciudad que sigue bulliendo a tu espalda. Yo, al menos, cuando cruzo el puente de Triana, no pienso más que en el barrio que le da nombre, y sólo tengo ante mí el Vieux Lyon si atravieso el puente rojo. Lo que queda a mi nuca es el pasado. Y el pasado será el presente con sólo girarme 180 grados.




En los puentes, además, uno es siempre infiel. Estés en el que estés, nunca le miras a él; te pasas el recorrido observando a los otros, y, a veces, con nocturnidad y alevosía, detienes tu camino para poder contemplarlos lujuriosamente. Sólo si estás en Los Otros miras a Éste.




Los puentes, todos lo saben, tienen microclima propio. Quién, que haya ido a parar un agosto a Sevilla, no ha experimentado un sudor frío abrasador ante la perspectiva de tener que adentrarse, cual Llanero Solitario, en el puente de San Telmo para poder alcanzar una Plaza de Cuba que se antoja la tierra prometida? Yo doy fe que, a mitad del recorrido, cuando te pesan los párpados y se acentúan las dificultades respiratorias, y el puente parece duplicarse y triplicarse en tu propio rostro y los espejismos en forma de charco alcanzan la planta de tus pies, el esfuerzo que hay que hacer para mirar al frente y no arrojarse de cabeza al Guadalquivir es comparable al requerido para no dar media vuelta y salir pitando como un avestruz cuando se despliega ante ti, majestuoso, el Pont de la Guillotière de Lyon y anuncia vientos glaciales con escarcha del Rhône y diez grados menos de los cinco en negativo que marcan los termométros.

En los puentes, en fin, puedes aprender a querer a una ciudad, las puertas siempre están abiertas, disminuye la velocidad, hay vaho en la boca o sudor en las axilas, el sol tarda más en ponerse, aún te queda la llegada, los besos duran más y son fluviales, se ve la ciudad doble, te deslumbran las calvas de los piragüistas, llueve más de lo permitido, no se está en ninguna parte, la sed es más urgente, es más difícil encender un cigarrillo, hay dos lunas llenas, se recogen excusas para llegar tarde, la niebla es más espesa, escupir no está mal visto, huele a río y a pescado, y, la mayoría de las veces, te despeinas. Y si te asomas más de la cuenta... un puente es vértigo pasado por agua.

Me fascinan los puentes. Y echo de menos algunos en los que nunca he estado. Los puentes, a diferencia de las ciudades, sí que existen.

1 comentario:

manu dijo...

… y he aquí ahora
los nuevos puentes:
la claridad los llena,
su rectitud invita …

No son pies invasores los que cruzan
los nuevos puentes, ni los crueles carros
del odio y de la guerra:
son pies pequeños de niños, firmes
pasos de obrero.
Sobre los nuevos puentes
pasas, oh primavera,
con tu cesta de pan y tu vestido fresco,
mientras el hombre, el agua, el viento
amanecen cantando.

Y pasa el río
bajo los nuevos puentes
cantando con la historia
palabras puras
que llenarán la tierra.

PABLO NERUDA

Por cierto, los puentes que echas de menos porque nunca has estado, no serán los puentes de Madison , no?