"A vida é o que fazemos dela. As viagens são os viajantes. O que vemos, não é o que vemos, senão o que somos."
Fernando Pessoa

sábado, 10 de noviembre de 2007

De cómo vivir con un hombre y no morir en el intento



Hace tiempo que tenía que haber escrito esta entrada, pero estaba demasiado ocupada indignándome.
Pongamos que se llama Chuky y que ha venido hace poco más de quince días de un viaje de tres meses por Estados Unidos para partir en dos la increíble armonía femenina (sí, esas palabras son compatibles) que reinaba en nuestra casa.
Los rastros de una presencia masculina fueron fácilmente discernibles tan pronto como puso uno de sus pies chez nous, que ahora es también chez lui (para ser fiel a la verdad, ya lo era antes porque, para más inri, Chuky es el propietario).
Un macuto con ropa sucia y libros desperdigados encima de la cama de NUESTRO salón, que, a partir de ahora es, además, SU dormitorio, nos dieron la bienvenida de forma física. Cuatro llamadas a la una de la noche anunciando borracho su llegada para las cinco de la mañana hicieron el resto. Desde ese momento lo esperamos con los brazos abiertos (con los brazos abiertos bajando 16 pisos para poder abrir al propietario sin llave de la casa sin porterillo). Chuky, y él lo sabe, es como las lentillas: uno necesita acostumbrarse a ellas poco a poco, por lo que hay que ponerlas en contacto con el cuerpo de forma gradual. Por eso, el primer día sólo lo vimos una hora, tiempo suficiente para vaciar los bolsillos de sus pantalones guarros de dólares americanos, preguntar qué habíamos hecho con su colonia de Hugo Boss y reírse felizmente cada vez que una de nosotras abría la boca (Chuky es feliz, siempre). Al segundo día me lo encontré en el portal como oveja descarriada esperando a que alguien le abriese, después de haber pasado la noche fuera. Ese día le aguantamos más de tres horas. Recuerdo que por aquella época yo aún me preguntaba si al día siguiente lavaría toda su ropa, sucia desde Nueva York. Ahora, cuando la miro, pienso en lo ingenua que era y me pongo nostálgica por la inocencia perdida.
Chuky no ha fregado un solo plato desde que semivive con nosotras (aclaro que a veces no le vemos el pelo en varios días), pero tiene una sonrisa encantadora.
Chuky ya terminó de estudiar y, a parte del alquiler que le soltamos menstrualmente (hasta ahora no ha sido muy regular), no tiene ingresos. Al poco tiempo de llegar estuvo toda una mañana pegado al teléfono. Como le escuchaba decir “llamo por lo del anuncio”, le pregunté que si buscaba trabajo. “No, es que quiero comprarme un coche”.
La tercera noche invitó a sus amigos a casa. Yo ese día tenía otra fiesta. A la mañana siguiente, el olor a cerveza llegaba hasta mi habitación. El espectáculo del salón era desolador. Mientras estaba aún semidormidaenpijama preguntándome si el contenedor de vidrio del edificio tendría espacio para todas esas botellas, Chuky se me acerca y dice “¿Sabes que anoche vomité?”. Acto seguido anuncia que se va y que volverá tarde. La respuesta a mi indignada exclamación de “¡¡Chuky has visto cómo está esto!!” fue “tengo que irme a comprar un coche”. “¿Otro?”. “Sí, éste es para un amigo”.
Creo que es el primer chico que me deja sin palabras a la segunda conversación que mantenemos.
Chuky sólo se alimenta de pasta, cocerla es la única actividad en vertical que le he visto hacer en la casa. Mi compañera de piso inglesa, que tiene un gran espíritu maternal, le aconsejó que tenía que comer fruta. “No me interesa comer sano y, además, la fruta hay que pelarla.” Pero todo lo adereza con una gran sonrisa y una simpática mirada de ojos azules. Tiene el perfil del novio encantador que a la primera de cambio se liga a tu mejor amiga pero sin mala intención.
Mi colloc francesa se horroriza cada vez que Chuky entra a ducharse porque utiliza su delicado jabón facial exfoliante piel sensible para restregárselo por el cuerpo y olvidarlo en el fondo de la bañera que nunca lava. A mí, que sólo uso gel, me preocupan más los continuos y abundantes pelos de su barba por todo el lavabo o el espejo blanqueado cada noche de pasta de dientes.
Chuky dice que va a arreglar pronto la cisterna del aseo que lleva más de un mes cerrado por motivos obvios y cuyo olor comienza a percibirse ya desde el pasillo. También asegura que llamará bientot a un electricista para que nos proporcione la maravillosa oportunidad de ducharnos con luz. Pero el tiempo para Chuky es un concepto relativo.
La continuación de la historia de los calzoncillos sucios que va amontonando al lado de la almohada me intriga bestialmente. Cuando se agote toda su provisión, ¿les dará la vuelta o esperará a que se sequen para reutilizarlos?
Chuky, por otra parte, está convencido de que los recipientes que se utilizan para beber tienen incorporado el GPS hasta la cocina. Ante tanta seguridad, nos hizo dudar, e hicimos la prueba de no mover su taza de café del suelo del salón hace una semana. No sé qué pasará; de momento mantenemos la fe.
El otro día, una lista que decía “Cosas que hacer” imantada en la puerta del frigorífico me hizo pensar que aún podía reformarse. Las actividades que no debía olvidar eran: correr, llamar a Steve por lo de la fiesta, hacer arreglar la cisterna y la luz (nótese la forma impersonal del verbo) comprar vodka, ir a por el coche nuevo y ¿lavar la ropa de la cama? (así, tal y como lo he escrito, con signos de interrogación incluidos).
Ante tal despliegue de actividades, ¿cómo no perdonarle que aparezcan en la maison mochilas asquerosas por doquier que sólo recuerda de quiénes son pasados dos días, que el olor de la parte del salón que rodea su cama se empiece a extender por el resto del piso, que no sepa cómo funciona el lavavajillas, que me avergüence en fiestas de mis amigos entrando por la ventana, que transmita en voz alta reflexiones del tipo “estoy pensando que nunca te he visto borracha” o que aún no haya hecho una puñetera copia de la llave de la casa?

A Chuky, con su sonrisa amplia y su take it easy... ¿cómo reñirle una a Chuky? (quiero decir más de trescientas veces por segundo)


Pido perdón por el título del post. Parece resolutivo pero no lo es, yo aún no tengo la respuesta.

7 comentarios:

Marta dijo...

Pobre Marta... espero que ahora aprecies valores como el orden y el no invadir la cama de las demas con toallas mojadas en la primera salida juntas :) Pero bueno, si no lo has aprendido igual aun puedes volver a vivir la experiencia en el viaje de fin de curso o en verano a muy tardar. Lo mismo para entonces haberte echado (un poco casi minimo) de menos hace que te lo perdone. Un beso:
MARTA (la rubia)

manu dijo...

Pero vamos a ver : para que quiere un tipo con ojos azules y bonita sonrisa ser ordenado, lavar la ropa y recoger las tazas , en una casa, que además es la suya, con 3 maravillosas muchachas que conviven con él ? Supongo que yo haría lo mismo.
Además no creas que eso es exclusiva de los hombres. Yo conozco una que su cuarto es una verdadera leonera, que cuando su madre le dice algo utiliza la vieja arma de autodefensa de hablar muy alto y muy ligero argumentando excusas insostenibles.
Es de las que piensan que también la ropa tienen un GPS para el armario y la lavadora y que los papeles y los libros se ordenan solos. Por cierto, también es guapa y tiene una maravillosa sonrisa.

Amandine dijo...

Gracias Marta para haber escrito lo que pienso au fond de mon coeur!!!

Marta Rojas dijo...

Marta: aún espero salvarme de la hoguera por lo de la toalla. Espero ansiosa que me comuniques tu perdón(si quieres puedes hacerlo subrayándolo en cuatro colores distintos)

Manu: no se puede tener todo: o se es guapa o se es una maniática compulsiva del orden y la limpieza.

Amandine: je sais, je sais. Mais... qu'est-ce que on va faire avec la tasse?

Marta dijo...

:)
Si quieres q sea melosa puedo serlo... podría escribir mis comentarios en rosa y decirte que te quiero o cosas asi... Pero entonces no seríamos amigas, pq nos aburriríamos la una de la otra. Confio en que seas capaz de devolvermela mejorada...
Un besito:
MARTA (la rubia)

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fINO dijo...

Enorme